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– ¿Dónde habéis encontrado el coche, Jack? -quiso saber Abe.

– Aparcado cerca del gimnasio adonde suele ir. Es uno de esos que está abierto las veinticuatro horas.

– Su esposa me ha dicho que le gusta hacer ejercicio antes de empezar la jornada -aportó Spinnelli-. ¿Habéis visto algo raro en el vídeo de seguridad del local?

Los ojos de Jack emitieron un destello.

– Una furgoneta blanca. La matrícula pertenece a un Oldsmobile propiedad de Paul Worth.

Se oyó un suspiro colectivo.

– ¡Por fin, información útil! -exclamó Mia.

– Pero él no sale en la grabación -dijo Jack, disgustado-. La furgoneta lo tapa.

Spinnelli se frotó las manos.

– Tendremos que conseguir una orden para registrar la casa de Paul Worth. Kristen, ¿tienes el nombre de su procurador?

– Lo tengo yo -intervino Abe. De entre las hojas de su cuaderno, extrajo la nota que ella le había entregado el día anterior-. Solicitaré la orden de registro.

La puerta de la sala de reuniones se abrió y apareció Murphy; tenía bolsas en los ojos. Mia hizo una mueca.

– No tienes muy buen aspecto, Todd.

– Gracias por comentarlo -dijo Murphy con ironía-. He encontrado a June Erickson, la chica que presentó la demanda por intento de violación contra Aaron Jenkins. Estudia en la Universidad de Colorado.

Spinnelli se irguió un poco.

– ¿Cuándo has dado con ella?

– De madrugada, a eso de las cuatro.

Mia lanzó un silbido.

– ¿Te dedicas a llamar a la gente a esas horas? Ahora entiendo por qué los amigos no te duran muchos años.

Murphy hizo una mueca.

– Sí me duran.

– Gracias, Todd -dijo Spinnelli-. Aprecio la dedicación.

– No soporto que me consideren un incompetente -dijo Murphy con el entrecejo fruncido-. Al principio los padres de June no querían hablar con nosotros pero cambiaron de opinión en cuanto estuvieron un poco más despiertos y les dije que Jenkins había muerto. Tengo los números de teléfono de la residencia de estudiantes donde se aloja June y de la casa de sus padres. Esperan nuestra llamada a las siete y media, hora de las Montañas Rocosas; así June no se perderá la primera clase. Me parece que lo más efectivo sería establecer una conferencia a tres bandas. Casi es la hora.

Spinnelli colocó el altavoz y el micrófono en el centro de la mesa.

– Empecemos.

Kristen cogió la mano de Abe por debajo de la mesa y le dio un ligero apretón mientras Murphy marcaba un número, luego el otro y por fin hacía las presentaciones.

– Gracias por dedicarnos su tiempo -dijo Abe-. Soy el detective Reagan. La detective Mitchell y yo estamos trabajando en un caso de homicidios en serie desde hace una semana.

En el otro extremo de la línea solo le respondió el silencio. Al cabo de un rato se oyó la voz desconcertada del señor Erickson.

– ¿Qué tiene eso que ver con nosotros?

– A Aaron Jenkins lo mataron como consecuencia de los otros asesinatos. Tras su muerte, pudimos abrir el expediente confidencial y vimos el nombre de June. Esperamos que puedan proporcionarnos información que nos ayude a descubrir la relación entre Jenkins y el asesino.

– ¿Es el caso del asesino que salió en la CNN? -preguntó la señora Erickson.

– Sí, señora; es ese caso -respondió Abe-. En el expediente consta que su hija presentó una denuncia contra Jenkins por agresión sexual.

De nuevo se hizo el silencio. Al fin se oyó hablar a una joven.

– Me arrinconó en el hueco de la escalera del instituto. -La voz se le quebró-. No me apetece nada recordarlo.

Kristen se inclinó sobre el micrófono.

– Te entiendo muy bien, June -la tranquilizó-. Soy la fiscal del caso, ayudo a la policía. Me llamo Kristen. Continuamente trato con jóvenes que están en tu misma situación y sé que es muy duro recordarlo, pero tu ayuda es imprescindible. ¿Podrías decirnos cómo ocurrió?

– Me empujó hasta el hueco de la escalera -dijo June con un claro titubeo-. Intentó… propasarse.

– Y tú, ¿qué hiciste? ¿Cómo escapaste, June?

Esta vez el silencio fue más largo. Kristen frunció el entrecejo ante el micrófono.

– June, soy Kristen. ¿Sigues ahí?

– Sí, sí -suspiró-. Justo en aquel momento apareció una chica. Yo chillaba pero nadie me hacía caso porque tenían miedo de Aaron. Aquella chica fue la única que trató de ayudarme. Quiso quitármelo de encima, pero ella era menuda y él muy corpulento.

– Como siempre -dijo Kristen. Abe estuvo a punto de hacer una mueca de dolor cuando le apretó la mano. Sin embargo, su voz era firme; estaba orgullosísimo-. ¿Qué ocurrió después?

– Fue a buscar a un profesor. Llegaron… justo a tiempo. No pasó nada.

Abe sabía por el expediente que sí había pasado algo. Jenkins le había arrancado la ropa y estaba a punto de violarla cuando acudieron en su ayuda. Aun así, no contradijo a la chica. Kristen lo estaba haciendo muy bien.

– Bueno, no estoy del todo de acuerdo contigo -prosiguió Kristen con pragmatismo-. Te habían agredido y estabas asustada. Eso ya es algo.

– Bueno, sí, el profesor dio parte. Dijo que era su obligación. Luego todo se llenó de policías. Fue horrible. Aaron era muy popular. Todos los que se cruzaban con él… Digamos que las cosas no volvieron a ser igual que antes.

Mia entregó una nota a Kristen: «Pregúntale el nombre de la chica y por qué no aparece en el expediente».

Kristen asintió.

– Créeme, June, te entiendo. Uno de los detectives quiere que te haga una pregunta. ¿Quién era la otra chica y por qué no aparece su nombre en el expediente?

– Se llamaba Leah -respondió June; Kristen cerró un instante los ojos al reconocer el nombre-. Después de que apareciera el profesor y Aaron se marchara corriendo, me pidió que no le dijera a nadie que me había ayudado. Ya se reían bastante de ella; no quería que la señalaran con el dedo.

– Eso no nos lo habías contado, cariño -intervino la señora Erickson.

– Ella me pidió que no se lo dijera a nadie, mamá. Insistió mucho. Era lo mínimo que podía hacer. Se había arriesgado para ayudarme.

Kristen trazó un gran círculo alrededor de uno de los listados y lo colocó en el centro de la mesa. Leah Broderick. Era una de las víctimas. Se miraron unos a otros emocionados. Por fin.

– Conocí a Leah -dijo Kristen-. Se convirtió en una mujer extraordinaria.

– Me lo imagino. -A June se le entrecortó la voz-. Si la ve, dele las gracias de mi parte.

El rostro de Kristen se ensombreció.

– Claro. Dime una cosa más, June; con esto acabamos. ¿Qué os ocurrió a Leah y a ti después del incidente?

June suspiró.

– Yo no dije ni una palabra sobre Leah a la policía, y el profesor tampoco, pero no sirvió de nada. Aaron convirtió la vida de Leah en un infierno. Su madre la cambió de escuela. Y a mí mis padres también; nos trasladamos aquí.

– Me lo imaginaba. Nos has ayudado muchísimo, June. Gracias.

– ¿Es la información que necesitaban? -preguntó el señor Erickson.

Abe los miró a todos. Por primera vez, desde que había empezado aquella pesadilla, se respiraba un poco de optimismo.

– Sí, exactamente. Gracias.

– ¿Kristen? -A June le temblaba un poco la voz.

– Sí, dime, June.

– Me daba mucho miedo volver a hablar de esto, pero usted me lo ha hecho más fácil.

Kristen se mordió los labios con fuerza. Aun así, se le llenaron los ojos de lágrimas.

– Me alegro, June. A veces ayuda hablar con alguien que ha pasado por lo mismo. Cuídate.

Murphy se quedó mudo, anonadado. Desconectó a tientas el micrófono. Durante unos instantes, todos los ojos permanecieron posados en Kristen. Ella se levantó.