Los labios de Kristen se curvaron hacia arriba.
– ¿De verdad?
– Sí. -Le puso la mano en la nuca y la atrajo hacia sí-. ¿Quieres estar conmigo?
A Kristen se le iluminaron los ojos.
– Delante de casa de tus padres, no. Más tarde, tal vez.
Él se echó a reír y le besó la mano.
– Mala, más que mala. Vamos dentro con los demás.
En la cocina reinaba un ligero caos, como de costumbre. Los niños de Sean corrían en círculo; la madre de Abe agitaba la mano para ahuyentar a Aidan de la tarta que acababa de sacar del horno; Annie pelaba patatas en el fregadero, y el televisor de la sala emitía a todo volumen la sintonía de la ESPN. La tarta era de cerezas. Todo iba de maravilla.
– Hola, mamá -saludó Abe-. ¿Hay comida para dos invitados más?
– En mi casa no podemos cocinar -explicó Kristen con ironía en la voz-. Alguien ha hecho desaparecer la encimera.
Aidan y Annie se miraron el uno al otro. Kristen sorprendió a todo el mundo al acercarse a Aidan, bajarle la cabeza y estamparle un beso en la mejilla.
– Gracias -dijo. Pasó el brazo por los hombros de Annie y apretó con cariño-. Es lo mejor que me ha pasado en la vida.
En el rostro de Annie se dibujó una sonrisa radiante. Aidan se recuperó enseguida de la sorpresa y esbozó una sonrisa pícara.
– Si eso es lo mejor que te ha pasado, tengo que hablar con Abe.
Kristen se volvió hacia la madre con las mejillas de color carmesí.
– Haga el favor de darle un cachete.
Becca arqueó las cejas.
– Ya eres de la familia, dáselo tú. -Recobró la seriedad y se dirigió a Abe-. Te está esperando una visita en la sala de estar.
– Ya lo sé. Vuelvo enseguida.
Kristen lo vio alejarse, decidido a deshacerse de los restos desagradables de su pasado para empezar a construir su futuro, un futuro que quería compartir con ella. «¿Quieres estar conmigo?», le había preguntado. Kristen sabía muy bien lo que aquello significaba. Abe Reagan no era hombre de aventuras amorosas. Lo que quería era una esposa; una familia. Cuántas ganas le entraron de responderle que sí de inmediato; pero antes tenía cosas que contarle. Y cuando las supiera, tal vez cambiase de idea. Así que decidió tomarse con calma la atractiva proposición. Tenía que contárselo, y pronto. Si después aún quería estar con ella, pronunciaría la respuesta que su corazón se moría de ganas de dar.
Sacudió la cabeza para volver en sí y se dirigió a Annie.
– Dime, ¿tú qué harías con la cocina? ¿Te gusta más el estilo rústico o el provenzal?
Viernes, 27 de febrero, 18.30 horas
Dar con él no había representado el menor problema. Había muy pocos alcaldes de pueblecitos de Kansas que optaran a ocupar un puesto en la Asamblea Legislativa del Estado y, de estos, solo uno había estudiado en la Universidad de Kansas. Le había llevado una hora deducir que el hombre que había agredido a Kristen era Geoffrey Kaplan. Por desgracia, desplazarse desde Chicago hasta Kansas le había llevado catorce. Aun así, había podido dormir un rato mientras Kaplan cumplía con sus obligaciones de alcalde en el pueblo.
Aguardaba a que el hombre regresase a su bonita casa, aislada en medio de un terreno de cuarenta mil metros cuadrados. El viejo cobertizo le vino de perlas para ocultar la furgoneta. La confiada esposa de Kaplan dejaba abierta la puerta del garaje todo el día, así que no le costó colarse dentro para esperarlo. El garaje ocupaba la planta del sótano, como en su casa, y había un montón de rincones donde esconderse. Arriba había por lo menos dos televisores encendidos a todo volumen, y su pistola tenía silenciador. No se oiría ningún ruido.
Cuando aquel hijo de puta entró con el coche, el corazón le dio un vuelco; por fin vería el rostro del hombre que había violado a una joven en la feria del condado y la había dejado tirada en el suelo. Se apagaron los faros y todo quedó sumido en la oscuridad. Se abrió la puerta del coche, el piloto iluminó el interior del vehículo, y vio a Kaplan salir de él. Su primer pensamiento al observarlo le confirmó que Kristen tenía razón; era un hombre de aspecto totalmente corriente. Debía de medir un metro ochenta; era de complexión mediana, con un poco de barriga. Su calvicie resultaba muy evidente.
Aguardó a que el hombre se inclinase sobre el asiento trasero para recoger su maletín y salió de su escondrijo empuñando la pistola. Con la otra mano sostenía en alto una llave inglesa de Kaplan. Se le acercó en silencio.
– Póngase derecho, señor Kaplan. Levante las manos.
Kaplan se quedó paralizado; luego, poco a poco, se irguió y levantó las manos.
– ¿Quién es usted?
– Dese la vuelta, señor Kaplan; despacio.
Kaplan obedeció. Incluso a la tenue luz del piloto observó el terror en los ojos del hombre. Y eso le gustó.
– ¿Quién diablos es usted? -bisbiseó Kaplan. Bajó la mirada, aterrorizado, a la pistola que llevaba en la mano y a continuación la alzó en un movimiento rápido hasta el techo, por encima del cual la señora Kaplan andaba de un lado a otro.
Vaciló un instante pero enseguida se recobró. A fin de cuentas la esposa estaría mejor sola. Quedarse viuda era mucho mejor que estar casada con un monstruo.
– Kristen Mayhew -dijo, y aguardó.
– ¿Qué? -Kaplan sacudió la cabeza; se sentía aterrorizado y aturdido-. ¿Quién es Kristen Mayhew?
Ni siquiera se acordaba. Había arrebatado la inocencia a una hermosa chiquilla que confiaba en él y ni siquiera recordaba su nombre.
– Piense, señor Kaplan. Estudiaba en la universidad. Era verano. Fueron a la feria.
Examinó a Kaplan mientras este asimilaba los datos con desesperación.
– Kristen May… -Su mente dio con la información, aunque de forma muy vaga-. Ah, sí. Ya me acuerdo de ella. Salimos unas cuantas veces juntos cuando íbamos a la universidad. ¿Qué pasa?
«Salimos unas cuantas veces juntos. ¿Qué pasa?»
– Usted la violó.
Kaplan abrió los ojos como platos y al momento los entornó.
– ¿Eso ha dicho? ¡Menuda zorra!
La llave inglesa se elevó en el aire y golpeó a Kaplan justo por encima de la sien derecha. El hombre cayó de rodillas y empezó a gemir.
– Mida sus palabras, señor Kaplan.
Kaplan alzó la cabeza y en la penumbra vio que tenía los dedos ensangrentados.
– Yo no he violado a nadie. Lo juro. Lo dice para arruinarme la carrera. Eso es todo.
«Eso es todo.»
– ¿Y por qué iba a querer arruinarle la carrera?
Kaplan lo miró enfurecido.
– Porque soy el favorito en las encuestas, por eso. Todas las imbéciles a las que me he follado aparecen de no se sabe dónde.
«Imbéciles.» El rostro de Kristen se dibujó ante él. Luego, todo se tiñó de rojo y la llave inglesa cortó el aire una vez, y otra, y otra más.
– ¿Papá?
Se detuvo con el arma en alto y, poco a poco, recobró la visión. Volvió a oír la voz infantil.
– ¿Papá? Hay una furgoneta aparcada detrás del cobertizo.
Preso del pánico y tambaleándose se puso en pie; la pistola y la llave inglesa pendían de sus manos.
Por encima del coche, sus ojos se cruzaron con la mirada horrorizada de una niña.
Se observó. Estaba completamente manchado de sangre, de la sangre de su padre. Lo había descubierto manchado de la sangre de su padre.
Lo había descubierto. Y había salido corriendo. Lo contaría todo. Lo cogerían.
«No puedo dejar que me cojan. Aún no he terminado. Leah.»
Poco a poco, levantó la pistola.
Capítulo 21
Viernes, 27 de febrero, 22.00 horas
Tumbado en la cama de Kristen, Abe observaba cómo ella se preparaba para acostarse. Era la primera vez que tenía la oportunidad de hacerlo; en todas las ocasiones anteriores habían entrado en el dormitorio a trompicones, despojándose de la ropa por el camino y dejándose caer en la cama para hacer el amor de forma increíble. Aquella noche, en cambio, podía dedicarse a contemplarla. Le encantaba mirar a Debra mientras se preparaba para acostarse. Había echado de menos esa intimidad, el hecho de saber que al cabo de un momento ella se tendería a su lado.