– ¡Mierda! -murmuró. Seguro que cruzaría esa resbaladiza línea cuando llegase el momento.
El móvil vibró en el interior de su bolsillo.
Tras removerse en su silla, sacó el teléfono y vio el número de la casa de Gayle parpadeando en la pantalla. Con un quejido interior, pensó en no contestar, pero sabía que eso sería posponer lo inevitable.
Había intentado ser amable.
No dio resultado.
Aquella mujer no captaba la indirecta.
– ¡Hola! -contestó, detestando el alegre tono de su propia voz. Sonaba tan falso como sus sentimientos.
– ¿Cómo estás? -Su voz también era demasiado animada, algo jadeante. -Ocupado.
– Como siempre. -Dejó escapar un suspiro y él imaginó su cara, cambiando por el enfado. Por Dios, ¿cómo había llegado a pensar que era mona?-. Supongo que estás en Baton Rouge y que no tienes tiempo para tomar una copa ni nada de eso.
– Me temo que no, Gayle.
– Yo podría ir para allá.
Jay no le dijo que se encontraba en Nueva Orleans. No tenía pensado pasar la noche allí de todas formas, y desde luego que no tenía pensado pasarla con Gayle.
– Estoy trabajando.
– Bueno -continuó ella, y él la imaginó caminando sobre la mullida alfombra de su casa, probablemente ante los amplios ventanales para contemplar la noche. La sugerencia no fue inesperada-. No vas a estar trabajando toda la maldita noche, ¿verdad? Podría quedarme…
De no ser tan terriblemente patético, tendría gracia. Gayle, acostumbrada a vivir lujosamente, pasando la noche en la destartalada cabaña de la tía Colleen, sin agua caliente ni otras muchas cosas.
– Las condiciones son rústicas. Duermo metido en un saco de dormir sobre un somier, Gayle.
– Qué acogedor -respondió ella, ignorando deliberadamente lo que él quería decir-. Podría ir a un hotel. Puedes pasar una noche en un lugar un poco menos primitivo.
– No lo creo. -Se reclinó de nuevo en su sillón del escritorio; su peso lo hizo protestar con un crujido mientras apoyaba uno de sus pies sobre el tablero. Pensó en Kristi, en la diferencia que había entre aquellas dos mujeres, y en el hecho de que jamás había llegado a sentir lo mismo por Gayle. Ni siquiera algo parecido. Gayle había tenido razón en eso; su intuición femenina estaba en forma.
– Me estás evitando -protestó con un matiz de tristeza en su voz. Jay se mantuvo firme. No había forma de suavizarlo.
– Ahora mismo no tengo tiempo para ti. Escuchó su inmediata bocanada de aire.
– Vaya. Supongo que eso no me lo esperaba. Pensaba que íbamos a ser amigos.
Oyó unas pisadas al otro lado de la puerta de su oficina y una tenue conversación cuando pasaron por allí dos de sus compañeros. Un teléfono sonó a lo lejos.
– Creo que tenemos una opinión muy distinta de lo que significa ser amigos.
– No quieres que aparezca por allí -atacó ella.
– No sería una buena idea. -Hubo una pausa. En realidad no sabía cómo hacer aquello sin herirla, entonces decidió que, si quería ser sincero, tendría que ser cruel-. Gayle, no creo que debamos volver a vernos. Ni siquiera como amigos.
– ¿Por qué haces esto? -espetó horrorizada.
– Ambos acordamos que se había terminado.
– Fue idea tuya. ¡No mía!
– No eras feliz.
– Puedo serlo.
– ¡Oh, demonios, Gayle! Jamás habría funcionado. Ambos lo sabemos.
– Tú no lo habrías permitido.
– No voy a discutir sobre eso.
– Eres un cabrón -dijo ella; su voz cambiaba de tono-. Es por Kristi Bentz de nuevo, ¿verdad? Lo sabía. Por eso estabas ahí, para empezar. Porque iba a matricularse allí… ¿te sorprende que lo sepa?
No le sorprendía. Ese era el problema.
– Se acabó, Gayle.
– Por el amor de Dios, Jay, ¿es que no vas a aprender nunca? -Su voz se elevó y, una vez más, Jay oyó a alguien que pasaba junto a la puerta de su despacho cuando el teléfono sonó un momento, anunciando una llamada entrante.
– Tengo que colgar. Hay otra llamada.
– ¡Os estáis viendo! Por Dios, Jay, yo tenía razón, ¿no? Lo menos que puedes hacer es admitirlo. ¡Aún estás enamorado de ella!
– Adiós Gayle -se despidió y colgó, pero la acusación persistía en su cabeza, resonando con fuerza. Aún estás enamorado de ella.
– Jodidamente correcto -se dijo a sí mismo. De acuerdo, ahí estaba. Todavía se sentía fascinado por cómo iban las cosas con Kristi. Más que nunca-. ¡Mierda!
Apretó un botón para contestar a la otra llamada.
– ¿Diga?
– ¿McKnight? -La voz de Rick Bentz le cogió por sorpresa.
– Sí.
– Necesito un favor. -Bentz no se andaba por las ramas.
– ¿Cuál?
– Kristi necesita su bicicleta. Si aparezco por allí, ella me acusará de meterme en su vida personal. Sé que estás impartiendo clase en All Saints y que tienes una camioneta. A lo mejor puedes llevársela.
Hay veces que el destino tiene un curioso sentido del humor, pensó Jay.
– Claro. -Decidió confiar en el detective; después de todo, Bentz era el padre de Kristi, y ella parecía destinada a meterse en problemas. Al pensar en ella, contuvo su lengua. Por el momento.
Acordaron que Jay recogería la bicicleta de quince velocidades de Kristi en la comisaría algo más tarde, y Jay se abstuvo de mencionar nada sobre el hecho de que Kristi era su alumna, que le había pedido ayuda, que estaba indagando en cultos vampíricos o que Jay pretendía verla más a menudo.
Colgó y se preguntó si había tomado la decisión correcta. ¿Qué le contaría a Bentz si Kristi se metía en verdaderos problemas? ¿O en peligro? ¿Y si acababa secuestrada? ¿Cómo se sentiría entonces?
Maldijo para sí. Kristi lo mataría si descubría que le había pedido ayuda a su padre y aquello sería la gota que colma el vaso. Jamás se reconciliarían.
– Mierda. -Allí era donde se dirigía todo. ¡Qué desastre! Apagó el ordenador y se puso en pie. Puede que fuera el momento de volver a Baton Rouge.
¡Nada!
Kristi no encontró ni una sola cosa entre las pertenencias de Tara que le ayudase a imaginar lo que le había ocurrido a la chica.
– Al infierno con todo. -Apoyada sobre sus tacones, Kristi examinaba las cosas de Tara, las cuales se encontraban esparcidas sobre la lona que había tendido sobre el suelo. Si había esperado que el joyero contuviese un collar con un vial de sangre, ahora no le quedaba más que una amarga decepción. Si había creído que encontraría un mapa del tesoro que llevaba hasta un punto de reunión secreto de un culto vampírico, también se había equivocado en eso.
– Aquí tiene que haber algo -protestó en voz alta-. Solo hay que encontrarlo.
Pero faltaban los objetos más obvios: ordenador, bolso, teléfono móvil o una BlackBerry. No había diario secreto. Ni cartas de amor. Ni agenda de direcciones o teléfonos. En el interior de las cajas de ropa había encontrado una mochila que ya había abierto, registrado e incluso puesto del revés. Una de las correas estaba rota, pero en el interior no había nada, excepto un paquete de cigarrillos vacío, dos chicles, medio paquete de pastillas de menta, un par de recibos de un supermercado local, un tampón arrugado y una goma elástica.
Se sentía un poco como Geraldo Rivera cuando abrió lo que se suponía que fue el escondite de Al Capone, en directo para la televisión nacional durante los años ochenta, esperando encontrar toda clase de tesoros o pruebas en contra del gánster, para terminar hallando tan solo unos residuos. Lo cual era justo lo que tenía Kristi: nada, excepto residuos de una chica desaparecida.
Tras casi haber sido descubierta por Hiram, había realizado tres viajes escaleras abajo con su bolsa de ropa sucia, cargando con las cosas de Tara montón tras montón, luego registró los bolsillos de sus pantalones y chaquetas, en busca de cualquier cosa que pudiera servir de pista. Pero no había aparecido nada.