Llegaba el soberano de su reino.
Estaba oscuro, las opacas cortinas echadas, y olía a humo de tabaco y a los malditos gatos que ella insistió en que rondaran el lugar.
– ¿Eres tú, cariño? -murmuró ella, con el rostro enterrado en la almohada.
– Oh, sí -contestó él-, claro que soy yo, y estoy tan caliente que voy a reventar. He atrapado un jodido caimán de dos pares.
– ¡Oh, vaya!
Él rozó su muslo con un dedo y ella se apartó, con un sonido quejumbroso y cansado. No se lo tragaba. Arrodillándose a su lado, sobre el colchón, con la polla dura como una piedra, volvió a tocarla.
– ¿Me has oído? Es una buena pieza. -Deslizó una mano sobre su cuerpo, y tocó sus pechos.
– ¡Oh, Boomer! Ahora no. Déjame en paz.
– Ni hablar, nena -replicó él, y ella suspiró, ya despierta. A lo mejor tenía suerte. A lo mejor se la chupaba.
– ¡Oooh, Dios!, apestas. -Ella se dio la vuelta hacia él, con la boca a tan solo unos centímetros de su polla-. ¿No te has duchado?
– Qué va.
– ¡Por Dios, Boomer! ¡Ve a lavarte!
Pero él ya se había inclinado para besarla, y tomó una de sus pequeñas y suaves manos y la puso sobre su pene.
– No puedo esperar, nena. Eres tan jodidamente hermosa.
– Y tú eres un mentiroso hijo de puta. Aquí está demasiado oscuro para ver nada.
– Te veo en mi cabeza, cariño.
– Menuda sarta de gilipolleces -dijo ella, pero sus dedos ya se movían a su alrededor y, cuando se arrimó hacia ella, abrió su boca para besarle con una intensidad que siempre tenía por las mañanas. Una y otra vez parecía que por la noche estaba demasiado cansada para el sexo y se lo quitaba de encima, pero se despertaba cachonda por las mañanas y a él le parecía bien.
Se puso encima de ella y decidió que, ya que había estado despierto toda la noche, no emplearía demasiado tiempo en complacerla. No señor. Lo haría de forma rápida y dura; tocaría todos sus puntos erógenos y, una vez que sintiera su cuerpo empezar a moverse contra él, profiriendo esos gemidos suaves, terminaría el trabajo. Sin embargo, había acelerado las cosas. Juzgó mal su reacción. Ella estaba un poco rígida esa mañana, algo adormilada o sin poner de su parte como normalmente hacía y, para cuando la tuvo bien mojada por dentro, no pudo esperar y se corrió en un suspiro, antes de que estuviese lista, montado sobre ella justo igual que con el caimán muerto.
Lo cual la sacó de sus casillas.
– Pedazo de inútil -espetó, empujándolo a un lado de la cama-. ¿Qué coño te crees que estás haciendo?
– No importa, nena, me ocuparé de ti.
– Olvídalo. No estoy de humor. -Él intentó besarla rudamente y ella lo apartó-. Déjalo Boomer. Ya has descargado tus pelotas, ahora déjame tranquila. -Rodó hasta un lado de la cama y palpó con sus dedos sobre la mesita de noche, buscando a tientas sus cigarrillos. Uno de sus estúpidos gatos anduvo sobre la almohada rozando la nariz de Boomer con su cola, y recordándole que nunca estaban solos, no con todos esos malditos felinos paseándose por la casa.
Boomer cerró los ojos y pensó en dormir unas cuantas horas. El caimán estaba a buen recaudo, metido en hielo como debía ser. Oyó el chasquido de un encendedor, después olió el tabaco ardiendo cuando ella dio una calada. Estaba tan cansado que se durmió y tan solo abrió un ojo cuando la sintió moverse casi seis horas más tarde. Él quería seguir durmiendo; demonios, se lo merecía; pero tenía que comprobar el estado del caimán y asegurarse de que aún estaba frío y, además, los condenados gallos de Banty que pertenecían a Jed Stomp, el gilipollas de su vecino, estaban cantando en un tono tan estridente como para despertar a los muertos.
Al levantarse de la cama, le sobrevino un ligero dolor de cabeza. Le propinó una juguetona palmadita al redondeado trasero desnudo de Mindy Jo antes de dirigirse a la cocina, donde volvió a vestirse con su ropa de caza.
El sol estaba en lo alto de aquel cielo invernal; el día prometía ser algo caluroso para el mes de enero. Un cuervo permanecía posado sobre el pico del tejado, vigilándolo y emitiendo molestos graznidos.
– Oh, cállate -gruñó, deseando tener a mano su calibre veintidós. Maldito bicho ruidoso.
Una vez en el garaje, abrió la parte de atrás de la camioneta y después arrastró al caimán con la lona hasta la gravilla del camino de entrada. Los graznidos del cuervo fueron acompañados por el canto de un arrendajo. Para mayor ruido, oyó el maldito estruendo del molinillo de café, que provenía del interior de la casa. Mindy Jo se había levantado y realizaba su acostumbrado ritual de moler café, lo que él consideraba una innecesaria molestia cuando podías comprar una lata de Folgers por menos dinero en el Piggly Wiggly.
Haciendo caso omiso de la cacofonía mañanera, Boomer cogió su cuchillo más afilado y se dispuso a cortar al caimán. Era un duro trabajo, pero él ya se imaginaba contando los dólares en su cabeza y pensando en ir a comprobar las demás trampas más tarde. Quizá hubiera tenido suerte. Justo al acabar la pringosa tarea, oyó el crujido de la puerta exterior antes de cerrarse de golpe.
Mindy Jo, ataviada con una especie de bata oriental, zapatillas rosas y un echarpe de falsas plumas de avestruz, caminó sobre el porche protegido por una mampara. Sostenía una humeante taza de café en una mano y un cigarrillo encendido en la otra. Tres de aquellos miserables gatos zigzagueaban entre sus piernas. El macho gris, sin cola y con tan solo un ojo, tuvo el valor de mirarlo. Dios, cómo odiaba a ese estúpido felino.
– Es una buena pieza -dijo ella, sin poner un pie fuera del porche al ver el cadáver del caimán-. ¿Solo uno? -Le dio una calada a su cigarrillo y echó la cabeza hacia atrás para exhalar una bocanada de humo por un lado de la boca.
– Por ahora. Volveré a mirar las trampas algo más tarde. -Estaba sudando, esforzándose en destripar al animal-. Y no tiene demasiadas marcas. La piel es buena. Este pellejo me hará ganar una pasta.
– Estupendo -comentó ella, inhalando con fuerza su cigarrillo. El gallo de Banty empezó de nuevo con su cantinela. Mindy Jo ignoró el molesto sonido-. ¿Quieres cereales y beicon?
– Sí.
– ¿Y huevos?
– Claro… oye… ¿Qué demonios? -Vio algo que parecía no estar bien. Había destripado un jodido montón de caimanes en toda su vida y jamás había visto un estómago tan extrañamente deformado-. ¿Con qué cojones te has estado alimentando, grandullón?
– ¡Ni se te ocurra abrirle las tripas aquí! -chilló Mindy Jo.
Pero ya era tarde. La curiosidad de Boomer ya había podido con él. Abrió en canal el estómago y su interior, que apestaba a ácidos estomacales y a pescado muerto, se descubrió.
Boomer se retiró de un salto.
– ¡Santo Dios! -Casi vomitó ante aquel panorama.
– ¿Qué? -inquirió Mindy Jo.
– Creo que tenemos problemas -dijo él, preguntándose cómo demonios iba a explicar que obviamente había cazado al caimán, e inmediatamente comenzó a inventarse varias mentiras para salvar su propio pescuezo. Pero Boomer tenía conciencia-. Problemas gordos. -¿Cómo podía explicar aquello?-. Llama al sheriff.
– ¿Al sheriff?-Mindy Jo bajó en zapatillas los dos escalones y recorrió el camino de ladrillos hacia él.
– Haz lo que te digo. Este caimán no ha estado picoteando en el Fig Newton, eso seguro.
El ruido de las pisadas se extinguió y la sombra de Mindy Jo pasó por encima de él y del interior del estómago del reptil muerto.
– ¡Señor Jesús! -murmuró, con los ojos clavados en el nauseabundo contenido de las vísceras del animal. Entre los cangrejos, ranas, tortugas y peces yacía un brazo, un verdadero brazo de mujer y su mano, con las uñas pintadas y todo.
Flap, flap, flap.
Kristi se desplazaba limpiamente a través del agua de la piscina, respirando rítmicamente, sintiendo la tensión en sus músculos. Llevaba algo más de media hora, ya casi para cuarenta minutos.