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Pero ella no lo quería.

– Si vas a quedarte, te toca el sillón. Puedes usar la mesita del café para apoyar los pies. -Ella le lanzó la almohada y el saco de dormir antes de detenerse durante un segundo, mirándolo seriamente.

– ¿Qué?

– Solo para dejarlo claro. Necesito una semana más antes de contarle a mi padre o a Portia Laurent lo que pasa. Para entonces, debería tener más información para la policía, pero si acudimos a ellos con lo que sabemos ahora, tendré las manos atadas. Para la detective Laurent y el departamento de policía de Baton Rouge, tan solo seré la hija de Rick Bentz jugando a ser una detective aficionada. Para mi padre, estaré otra vez jugándome el cuello y se horrorizará.

– Debería.

– Necesito algo de tiempo.

– No puedo dártelo, Kris.

– Claro que puedes. Al final hará que el caso sea más sólido.

– Eso no lo sabes.

– Sí, lo sé. Eres tú quien tiene dudas.

– Ambos deberíamos tenerlas -replicó Jay-. Hay un montón de cosas que no sabemos. Tan solo estamos especulando. Deja que la policía se encargue de esto.

– Solo estoy pidiendo una semana. Nadie parece haberse preocupado por esas chicas durante todo este tiempo. Una semana. -Se acercó a él cruzando la habitación, deteniéndose solo cuando las puntas de sus pies tocaron las de él.

Jay intentó que no le afectara, pero captó cierto aroma a jabón mezclado con el sudor de su piel. Estaba tan cerca y, bajo aquella luz, su pelo emitía destellos rojizos. Era una poderosa combinación. Kristi agachó la cabeza para mirarlo y le ofreció la más sutil de las sonrisas; esa pequeña y atractiva sonrisa que siempre resquebrajaba sus defensas.

– Por favor Jay, es importante. Puedes quedarte el vial y todas las cosas de Tara, si eso te hace sentir mejor. Pero dame unos días más, una mísera semana.

– ¿Y luego cederás y desistirás?

– Luego le dejaré mi sitio a los polis.

¡Oh, claro. Como si ese fuera su estilo!

– Puede ser peligroso.

– No haré ninguna estupidez.

Eso no se lo creía.

– Kris…

– Vamos… -le rogó.

Fue entonces cuando lo sintió, aquel pequeño pellizco de deseo cuando miró sus grandes ojos, esas enormes y oscuras pupilas que le pedían su ayuda. Vaya con la señorita. Ella sabía lo que le estaba haciendo. Sintió un nudo en las tripas y el anhelo surgió en su interior, un pequeño tatuaje que palpitaba dentro de su cráneo, una ola de calor que se extendía desde su pecho. El deseo creció al percibir momentáneamente la curva de sus pómulos, la inteligencia en su mirada y la inclinación de sus labios.

– Estás tratando de seducirme para esto -sentenció con frialdad, intentando no perder las riendas de sus emociones.

– Eso es simplemente insultante.

– ¿Lo es?

– ¡Sí! ¿Cuándo te has convertido en un ególatra? -inquirió ella. Sus ojos verdes ardían de furia, mirándolo como si fuera a abofetearle. Pero no lo hizo-. Por si no lo recuerdas, fui yo la que rompió contigo, ¿verdad? No fue al revés.

– Fue el mayor error de tu vida -le aseguró con calma.

– ¡El mayor error de mi vida ha sido volver a mezclarme contigo! -espetó. Al momento de que esas palabras salieran de su boca, Kristi se arrepintió de haberlas pronunciado, deseó poder silenciarlas. Él la estaba mirando como si de verdad pudiera leer su mente, pedazo de cretino. ¡Oh, maldita sea! ¿Qué era lo que pasaba con Jay para que siempre la sacara de sus casillas?

– He cambiado de idea. Vete.

– No.

– ¡Vete!

– Quieres que me quede, solo que eres demasiado cabezota para admitirlo.

– ¡Me estás volviendo loca!

– Bien.

Hablar con él, tratar de razonar con él, solo consiguió empeorar las cosas. De alguna manera, él tenía la sartén por el mango. Ella se la había entregado. Y ahora le mostraba aquella maldita sonrisa juvenil que le resultaba tan estúpidamente irresistible. Una de las comisuras de su boca se levantó y, en ese instante, Kristi supo que Jay iba a besarla. Oh, Dios; no podía permitir que eso ocurriese. Jamás.

– Ni se te ocurra… -le advirtió.

Demasiado tarde. En un instante, Jay había soltado la manta y la almohada y estrechó con fuerza a Kristi contra él. Sus labios se inclinaron sobre los de ella con un beso que le quitó el aire de los pulmones y le dejó los huesos temblando.

¡Lo cual era endiabladamente ridículo!

¿Y ese cálido cosquilleo que recorría sus venas?

¡Era totalmente inesperado!

¡Totalmente!

Aun así, Kristi no se apartó cuando la lengua de Jay se apretó contra sus dientes y pudo oír un suave y casi impaciente gemido escapando por su garganta. Oh, por el amor de Dios ¡Detén esto, Kristi, detenlo ahora!

Las manos de Jay se extendieron sobre su espalda, acercándola aún más a él, y Kristi comenzó a perderse en el momento, en el deseo que atravesaba su interior.

Finalmente encontró la fuerza para rechazarlo.

– Mal hecho, McKnight -dijo ella dando un paso hacia atrás, consciente de que su pecho subía y bajaba más rápidamente de lo normal, y de que su voz era desagradablemente jadeante-. Eres mi profesor.

– Y tú tienes mi edad -dijo entre risas-. Prueba con otra excusa.

– Tenemos un pasado, Jay. Y no es bueno.

– Tampoco es malo. -La miraba sin ceder ni un solo centímetro, con sus melosos ojos cargados de deseo y sus labios finos y duros.

– Mantente alejado… ya pensaré en algo.

– Tus excusas son cada vez más débiles.

– Jay…

– ¿Qué? -Su boca se acercaba de nuevo a la de ella.

– Estás equivocado -espetó ella, apartándose con brusquedad-. Eso es lo que eres, McKnight. Un maldito estúpido equivocado. E incluso aunque estuviera interesada en ti, que no lo estoy, pero si lo estuviera, no sería tan estúpida como para volver a iniciar una relación contigo. Especialmente ahora. ¿No te lo había dicho ya? Lo sabes tan bien como yo. Tenemos demasiadas cosas que hacer. Y por favor… -Forzó una mirada de disgusto-. Podría haber algo muy pequeño ahí, entre nosotros, de acuerdo. Pero no es nada.

– Es algo -protestó él.

– Nada. -Kristi recogió la olvidada ropa de cama y se la volvió a lanzar, apuntando hacia la silla. Después se volvió hacia Bruno y señaló hacia la alfombra-. Y en cuanto a ti, tú duermes ahí. -El perro agachó la cabeza y sacudió el rabo, pero no se movió. Jay silbó.

– Aquí, chico -dijo, y Bruno se movió hasta la alfombra-. La jefa ha hablado.

Kristi ignoró el golpe.

– Tal como yo lo veo, no tenemos mucho tiempo. Me imagino que quien estuviera aquí antes estaba buscando el vial. Apuesto a que no se ha rendido, sino que volverá a la carga y pronto.

– Y puede que tú seas su próximo objetivo. -El tono de Jay había cambiado de bromista a serio-. Ese pudo ser el motivo por el que estaba aquí antes.

– No.

– Esperemos que no. -Jay dio unas palmaditas en la cabeza del can con aire ausente, luego fue hasta la bicicleta y la colocó delante de la puerta. Apoyó el cuadro contra el marco y el picaporte, asegurándose de que caería con un gran estruendo si alguien trataba de entrar. Una vez que la bici estuvo equilibrada a su gusto, Jay se volvió y miró hacia el techo, como si esperase una intervención divina. Sacudió la cabeza-. Tendría que ir a que me vieran la cabeza, pero tú ganas. -Sus ojos volvieron a los de ella, centrando sus melosas pupilas con determinación-. De acuerdo, lo haremos a tu manera. No llamaré a la policía. Por ahora. Tienes una semana, pero ni un día más.