Выбрать главу

El camarero, que mostraba una sonrisa sospechosa y un peinado digno de la Pompadour, le preguntó:

– ¿Qué le sirvo?

– Cerveza -contestó Myron.

Pompadour siguió mirándole y esperando.

– Cerveza -repitió Myron.

– Si, ya le he oído. Es que no había oído a nadie pedir eso antes.

– ¿Una cerveza?

– Sólo la palabra cerveza. Aquí la costumbre es decir la marca. Bud, Michelob, o lo que sea.

– Oh, ¿qué marcas tiene?

El camarero comenzó a recitar algo así como un millón de marcas. Myron le interrumpió cuando dijo Flying Fish Pale Ale, más que nada porque le gustó el nombre. La cerveza resultó ser horrible, pero Myron no era un experto. Se sentó en un reservado de madera, cerca de un grupo de encantadoras mujeres jóvenes. Era difícil adivinar sus edades. Las mujeres hablaban en algo que sonaba a escandinavo.

Myron no era lo bastante bueno con las lenguas extranjeras para saber en qué idioma hablaban. Varios de los hombres de rostro rubicundo las arrastraban a la pista de baile. Niñeras, comprendió Myron, o, más exactamente, chicas au pair.

Al cabo de unos pocos minutos se abrió la puerta del bar. Entraron dos hombres fornidos con unos andares que parecía que estuviesen apagando incendios. Ambos llevaban gafas de sol estilo aviador, vaqueros y chaquetas de cuero, pese a que afuera hacía cuarenta grados. Gafas de sol para entrar en un bar en penumbra; eso sí que es querer hacerse el duro. Uno de los hombres dio un paso a la izquierda y el otro a la derecha. El de la derecha asintió.

Lex entró con aspecto muy comprensible de sentirse avergonzado por el espectáculo de los guardaespaldas. Myron levantó una mano y le hizo señas. Los dos guardaespaldas se acercaron hacia él, pero Lex les detuvo. No parecían muy contentos, pero se quedaron junto a la puerta. Lex se acercó y se sentó en el reservado.

– Los tipos de Gabriel -dijo Lex a modo de explicación-. Insistió en que viniesen.

– ¿Por qué?

– Porque es un psicópata y cada día está más paranoico, por eso.

– Por cierto, ¿quién es el tipo de la entrada?

– ¿Qué tipo?

Myron se lo describió. El color desapareció del rostro de Lex.

– ¿Estaba en la entrada? Habrás puesto en marcha un sensor cuando llegaste. Por lo general está dentro.

– ¿Quién es?

– No lo sé. No es lo que se dice un tipo amistoso.

– ¿Le habías visto antes?

– No lo sé -contestó Lex un poco demasiado rápido-. Mira, a Gabriel no le gusta que hable de su seguridad. Como te acabo de decir, es un paranoico. Olvídalo, no es importante.

A Myron no le importaba demasiado. No había venido aquí para aprender nada sobre el estilo de vida de una estrella del rock.

– ¿Quieres beber algo?

– No, esta noche trabajaremos hasta tarde.

– ¿Entonces por qué te escondes?

– No me escondo. Estamos trabajando. Es lo que hacemos siempre. Gabriel y yo nos encerramos solos en su estudio. Componemos música. -Miró a los dos fornidos guardaespaldas-. ¿Qué haces aquí, Myron? Ya te lo dije: Estoy bien. Esto no te concierne.

– Ahora ya no se trata sólo de ti y Suzze.

Lex soltó un suspiro y se echó hacia atrás. Con el pelo recogido en una coleta, los mechones grises se hacían más pronunciados. Lex, como muchos viejos rockeros, tenía aspecto consumido, con la piel como la corteza de un árbol viejo.

– ¿Qué, ahora es por ti?

– Quiero saber más sobre Kitty.

– Tío, tampoco soy su guardián.

– Sólo dime dónde está, Lex.

– No tengo ni idea.

– ¿No tienes una dirección o un número de teléfono?

Lex sacudió la cabeza.

– ¿Entonces cómo acabó contigo en el Three Downing?

– No sólo ella -respondió Lex-. Éramos una docena.

– No me importan los demás. Sólo quiero saber cómo Kitty acabó con vosotros.

– Kitty es una vieja amiga -afirmó Lex, y se encogió de hombros de forma exagerada-. Apareció de la nada, llamó y comentó que le apetecía salir. Le dije dónde estábamos.

Myron le observó.

– Bromeas, ¿no?

– ¿Qué?

– ¿Que llamó de la nada para salir? Por favor.

– Oye, Myron, ¿por qué me haces todas estas preguntas? ¿Por qué no le preguntas a tu hermano dónde está?

Silencio.

– Ah -dijo Lex-, ya veo. ¿Entonces haces esto por tu hermano?

– No.

– Sabes que me encanta el rollo filosófico, ¿verdad?

– Sí.

– Aquí tienes un pensamiento muy sencillo: las relaciones son complicadas. Sobre todo los asuntos del corazón. Tienes que dejar que la gente arregle sus propias cosas.

– ¿Dónde está, Lex?

– Ya te lo he dicho. No lo sé.

– ¿Le preguntaste por Brad?

– ¿Su marido? -Lex frunció el entrecejo-. Ahora me toca a mí decir «bromeas, ¿no?».

Myron le dio una copia de la foto del tipo de la coleta que había sacado con la cámara de seguridad.

– Kitty estaba con ese tipo en el club. ¿Le conoces?

Lex le echó una mirada y sacudió la cabeza.

– No.

– Era parte de tu grupo.

– No -dijo Lex-, no lo era.

Suspiró, cogió una servilleta de papel y la comenzó a romper en tiras.

– Dime lo que pasó, Lex.

– No pasó nada. Quiero decir, que nada importante. -Lex miró hacia la barra. Un tipo regordete con un polo de golf charlaba con una de las chicas au pair. Sonaba «Shout», de los Tears for Fears, y todos en el bar coreaban «¡Grita!» en el momento correcto. Los tipos que habían estado chasqueando los dedos en la pista seguían chasqueándolos.

Myron esperó; le dio tiempo a Lex.

– Mira, Kitty me llamó -añadió Lex-. Dijo que necesitaba hablar conmigo. Parecía desesperada. Ya sabes que nos conocemos desde hace mucho. Recuerdas aquellos días, ¿no?

Hubo un tiempo en que los dioses del rock salían con las estrellas del tenis. Myron había formado parte de aquello, cuando acababa de salir de la facultad y andaba buscando clientes para su flamante agencia. También su hermano menor, Brad, disfrutaba del verano antes de sus años en la universidad, y era la sombra de su hermano mayor. Aquel verano había comenzado con muchas promesas. Había acabado con el amor de su vida y eso le partió el corazón, y Brad desapareció de su vida para siempre.

– Lo recuerdo -asintió Myron.

– En cualquier caso supuse que Kitty sólo quería saludarme. Por los viejos tiempos. Siempre me sentí mal por ella, ya sabes, toda una carrera perdida como si nada. Supongo que también sentía curiosidad. Han pasado quince años desde que renunció.

– Algo así.

– Así que Kitty se reunió con nosotros en el club, y de inmediato noté que algo no iba bien.

– ¿En qué sentido?

– Temblaba como una hoja, tenía los ojos vidriosos. Tío, sé cuándo alguien está colgado en cuanto lo veo. Dejé de consumir hace mucho tiempo. Suzze y yo ya pasamos por aquella guerra. No lo tomes como una ofensa, pero Kitty todavía sigue consumiendo. No vino a decirme hola. Vino a buscar droga. Cuando le dije que ya no estaba en aquello me pidió dinero. Le dije que no también a eso. Así que ella siguió.

– ¿Siguió?

– Sí.

– ¿Qué quieres decir con eso de que siguió?

– ¿Qué parte no entiendes, tío? Es una ecuación sencilla. Kitty es una yonqui y nosotros no le íbamos a dar una dosis. Por lo tanto, se enganchó con algún otro que pudiera ayudarla.

Myron levantó la foto de Coleta.

– ¿Este tipo?

– Supongo.

– ¿Y después qué?

– Después nada.

– Dijiste que Kitty era una vieja amiga.

– Sí, ¿y qué?

– ¿No se te ocurrió intentar ayudarla?