¿Cómo esperabas que reaccionara?
¡Es mi madre! Debería ser mi apoyo y mi consuelo en un momento como este.
¿En qué momento de la vida fue un apoyo o un consuelo?
El ruido electrónico de la línea cortada comenzó a sonar, pero Maggie seguía inmóvil; tragó con fuerza hasta que reprimió el deseo de llorar. De algún rincón de su interior sacó una reserva de fuerzas mezclada con una buena dosis de indignación, tomó la guía telefónica, buscó el número del periódico Door County Advocate y pidió:
– Quiero poner un aviso, por favor.
Luego de dictar el aviso para la sección EMPLEOS OFRECIDOS, vació el lavaplatos, cambió las sábanas de cuatro camas, limpió tres dormitorios, lavó dos cargas de toallas, barrió las galerías, preparó la masa de los panecillos, levantó las flores aplastadas por la tormenta, comió un pedazo de sandía, dio la última mano de pintura a una silla de mimbre, atendió ocho llamados telefónicos, se bañó, se puso ropa limpia (esta vez, eligió las cómodas prendas de futura mamá que había estado escondiendo) y a las 16:45 volvió a llenar el frasco de golosinas del comedor. Sin derramar ni una lágrima.
Lo concebí. Lo aceptaré. Me sobrepondré. Seré una supermujer. ¡Lo haré todo sola, qué demonios!
Mantuvo su fortaleza toda esa noche, aunque Katy no llamó ni volvió y durante la mañana siguiente, al afrontar su segundo día sin ayuda doméstica; durante el almuerzo rápido (un sandwich de pavita en una mano, una franela en la otra); mientras los huéspedes se retiraban y en las benditas horas de paz que siguieron a la partida y precedieron la llegada del lote siguiente.
Seguía rígidamente decidida a no llorar cuando a las dos de la tarde, la puerta de tela metálica de la cocina se abrió y entró Brookie. Encontró a Maggie inclinada sobre el lavaplatos semivacío, sacando unas fuentes plateadas. De pie en el umbral, en el estilo samurai, Brookie le dirigió una mirada de monumental pugnacidad.
– Me enteré -anunció-. Supuse que estarías necesitando una amiga.
Las defensas de Maggie se desmoronaron como los cimientos de un fuerte bajo fuego de cañón. Las fuentes cayeron al piso y Maggie se arrojó en brazos de Brookie, sollozando como una criatura de cinco años que se ha raspado la rodilla.
– Ay, Brookiiiie -lloró.
Brookie la abrazó con fuerza; el corazón le galopaba de compasión y alivio.
– ¿Por qué no viniste a verme? He estado tan preocupada por ti. Pensé que estabas ofendida por algo que dije o que hice. Que quizá no estabas satisfecha con el trabajo de Todd y no sabías cómo decírmelo. Imaginé cualquier cosa. Ay, Maggie, no puedes pasar por esto sola. ¿Acaso no sabías que podías confiar en mí?
– ¡Ay, Br… Brookie! -sollozó Maggie, dando rienda suelta a su desesperación en un acceso feroz de llanto. Se abrazó a su amiga mientras sus hombros se sacudían. -Tenía t…tanto mié… miedo de contárselo a… a… alguien.
– ¿Miedo? ¿De mí? Vamos -dijo con tono apaciguador-, ¿hace cuánto tiempo que conoces a la vieja Brookie?
– Lo… lo sé… -Las palabras brotaban cortadas por el llanto. -Pero debo pa… parecerte una i…idiota de lo peor.
– No eres ninguna idiota, así que deja de hablar así.
– Pero ya tengo edad co… como para… no cometer errores. Y le… le creííííí. -Aullando como una sirena, Maggie lloró con todas sus fuerzas.
– Así que le creíste -repitió Brookie.
– Dijo… dijo que se ca… se casaría conmigo en cuanto con… consi… guiera el div… div… -Un nuevo acceso de sollozos la sacudió y el llanto resonó en la cocina como gaitas en una pradera.
Brookie le frotó la espalda.
– Vamos, llora tranquila. Luego nos sentaremos a hablar y te sentirás mejor.
Como una niña, Maggie protestó:
– Ja… jamás volveré a sentirme bien.
Brookie la quería lo suficiente como para sonreír.
– Sí, verás que sí. Vamos, me estás llenando de mocos. Suénate la nariz y sécate los ojos. Prepararé té helado. -Extrajo dos pañuelos de papel de una caja y guió a Maggie a una silla. -Siéntate aquí. Vacíate la nariz y respira hondo.
Maggie obedeció las órdenes mientras Brookie abría la canilla y los armarios. Mientras su amiga preparó té con limón y luego lo bebieron, Maggie fue recuperando el control de sí misma y contó sus emociones, sin ocultar nada, confesando su dolor, su desilusión y sus propias culpas en un torrente ininterrumpido.
– Me siento tan crédula y estúpida, Brookie; no sólo le creí, sino que pensé que ya no podía quedar embarazada. Cuando se lo conté a Katy me dio un sermón sobre preservativos y sentí tanta vergüenza que me quise morir. Luego me gritó que jamás consideraría hermano suyo al bastardo y ahora empacó sus cosas y se fue a casa de mi madre. Y mamá… Dios, no deseo siquiera repetir las cosas que me dijo, aunque merecí cada palabra.
– Bueno, ¿ya terminaste? -preguntó Brookie con ironía-. Porque tengo algunos comentarios que hacer. En primer lugar, conozco a Eric Severson de toda la vida y no es el tipo de hombre que utilizaría a una mujer y le mentiría en forma deliberada. Y en cuanto a Katy, tiene que madurar, todavía. Sencillamente necesita tiempo para acostumbrarse a la idea. Cuando nazca el bebé, cambiará de parecer, ya verás. Y respecto de Vera… bueno, nadie dijo que educar a las madres fuese fácil, ¿no?
Maggie esbozó una sonrisita.
– ¡Y tú no eres ninguna estúpida! -Brookie señaló con el dedo la nariz de Maggie. -Yo también hubiera pensado lo mismo si hubiera tenido calores y menstruaciones irregulares.
– Pero la gente dirá…
– A la mierda con ellos. Que digan lo que quieran. Los que realmente importan te otorgarán el beneficio de la duda.
– Brookie, mírame. Tengo cuarenta años. Además de que el bebé es ilegítimo, ya no tengo edad para quedar embarazada. Soy demasiado vieja para hacer de madre y hay muchos riesgos de defectos de nacimiento a mi edad. ¿Y si…?
– ¡Ah, por favor! Piensa en Bette Midler y Glenn Close. Ambas tuvieron su primer hijo después de los cuarenta y sin ningún problema.
La actitud positiva de Brookie era contagiosa. Maggie ladeó la cabeza y dijo:
– ¿En serio?
– Sí. Así que dime: ¿Qué será, parto natural? ¿Necesitas entrenadora, o algo así? Soy profesional en lo que a partos se refiere.
– Gracias por ofrecerle, pero me ayudará papá.
– ¡Tu papá!
Maggie sonrió.
– Papá es un ángel.
– Estupendo. Pero si sucede algo y él no puede, llámame.
– Ay, Brookie -suspiró Maggie. Lo peor había pasado, la tormenta se había calmado. -Te quiero mucho.
– Y yo a ti.
Esas palabras, más que otras, curaban, devolvían la autoestima y hacían que el panorama fuera más alentador. Las dos mujeres estaban sentadas en ángulo recto, con los antebrazos apoyados sobre la mesa, junto a un jarrón con flores que Maggie había cortado durante su anterior ataque de furiosas energías.
– Creo que nunca lo dijimos antes -dijo Maggie.
– Tienes razón.
– ¿Crees que hay que envejecer antes de poder decírselo con comodidad a una amiga?
– Puede ser. Sencillamente hay que aprender que te sientes mejor diciéndolo en lugar de manteniéndolo callado.
Sonrieron y compartieron unos instantes de afecto silencioso.
– ¿Sabes una cosa, Brookie?
– Mmm…
Maggie hizo rodar el vaso frío entre las palmas de las manos, contemplando el té helado.
– Mi madre nunca me lo dijo.
– Querida… -Brookie le tomó una mano.
Maggie levantó su mirada preocupada y se permitió enfrentarse con el tremendo vacío que Vera había dejado en su interior. La habían educado cristianamente. Todas las cosas, desde los comerciales de televisión hasta las tarjetas de felicitación, le habían inculcado la norma de que no amar a un progenitor era la peor depravación.