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– Brookie -dijo con solemnidad-, ¿te puedo confesar algo?

– Tus secretos son mis secretos.

– Me parece que no quiero a mi madre.

Con ojos firmes, Brookie sostuvo la mirada triste de Maggie.

Acarició la mano de su amiga en forma tranquilizadora.

– No estoy escandalizada, si eso era lo que esperabas.

– Calculo que debería sentirme culpable, pero no es así.

– ¿Qué tiene de bueno la culpa que todos creemos que debemos sentir en casos como este?

– Me he esforzado muchísimo, pero ella no devuelve nada, no da nada. Y sé que eso también es egoísta de mi parte. Uno no debería evaluar el amor a base de lo que se recibe.

– ¿Y de dónde sacaste eso, de alguna tarjeta de saludos?

– ¿No piensas que es horroroso de mi parte?

– Te conozco demasiado. Te sientes herida, lo sé.

– Es verdad. Brookie, me siento tan dolida. Ella debería estar teniéndome la mano ahora. ¿No te parece? Quiero decir, si Katy es tuviera embarazada, yo jamás le volvería la espalda. Estaría allí con ella cada instante y ocultaría mi desilusión, porque he aprendido algo en este último tiempo. Las personas que se quieren de tanto en tanto se desilusionan mutuamente.

– Bien, ese tipo de cosas sensatas me resulta mucho más creíble. Está mucho más cerca de la realidad.

– Cuando me mudé de regreso aquí, creí que sería una oportunidad para construir alguna clase de relación con mi madre, si no de franco cariño, al menos de aceptación. Siempre tuve la sensación de que no me aceptaba y ahora, bueno… dejó muy en claro que jamás lo hará. Brookie, te aseguro que me da lástima, es tan fría, tan cerrada a todo lo que sea cariño y amor. Lo peor es que tengo miedo de que Katy se vuelva igual que ella.

Brookie le soltó la mano y volvió a llenar los vasos de ambas.

– Katy es joven e impresionable, pero por lo que he visto cuando está con Todd, es cualquier cosa menos fría.

– No, creo que no. -Maggie dibujó anillos mojados sobre la mesa con el fondo del vaso. -Esto trae a colación otra cosa de la que necesitaba hablarte. Se trata de ellos dos. Creo que… que están… que son…

Levantó la vista hacia Brookie y encontró una sonrisa en los ojos de su amiga.

– Creo que la palabra que buscas es "amantes".

– De modo que tú también lo piensas.

– Me basta con ver a la hora que vuelve a casa cada noche y cómo devora la cena para salir corriendo a buscar a Katy.

– Esto me da vergüenza. Yo… -Otra vez, Maggie calló, buscando una forma delicada de expresarse. Brookie llenó el vacío.

– ¿No sabes cómo decirle a tu hija que se cuide, cuando tú estás llevando un inesperado bollo en el horno, verdad?

Maggie sonrió con pesar.

– Exactamente. Vi lo que estaba sucediendo, y no dije nada por miedo a quedar como una hipócrita.

– Bien, puedes dejar de preocuparte. Gene y yo hablamos con Todd.

– ¿En serio?

– Sí, es decir, el que habló con él fue Gene. Tenemos un acuerdo: él hablará con los varones y yo con las chicas.

– ¿Qué dijo Todd?

Brookie levantó una palma con aire displicente.

– Dijo: "Tranquilo, pa. Todo está bajo control."

Los rostros de las dos mujeres se iluminaron y ambas rieron. Bebieron té, colando sus experiencias de madres a través de los recuerdos de sus primeras incursiones sexuales. Finalmente, Maggie dijo:

– Cómo cambiaron las cosas, ¿no? ¿Puedes creer que estamos aquí sentadas hablando tranquilamente de la vida sexual de nuestros hijos como si se tratara del precio de las verduras?

– Vamos, ¿quiénes somos nosotras para acusar? Justo nosotras dos, que una vez nos arriesgamos a que nos descubrieran, en el mismo barco.

– ¿Nosotras dos? ¿Quieres decir que tú y Arnie… también?

– Sí. Arnie y yo, también.

Sus miradas se encontraron y ambas se remontaron a aquel día luego de la graduación, a bordo del Mary Deare, cuando eran jóvenes, ardientes y daban sus primeros pasos decisivos en la vida.

Brookie suspiró, apoyó la mandíbula sobre un puño y distraídamente frotó la condensación del borde de su vaso. Maggie adoptó una posición similar.

– ¿Eric fue el primero para ti, no?

– El primero y el único, aparte de Phillip.

– ¿Phillip lo sabía?

– Sospechaba. -Maggie levantó la mirada. -¿Gene sabe lo de Arnie?

– No. Yo tampoco sé sobre sus antiguas novias. ¿Por qué deberíamos contárnoslo? Fueron cosas insignificantes. Parte de nuestro paso a la madurez, pero hoy, insignificantes.

– Por desgracia, no puedo decir que mi primer amante sea hoy insignificante.

Brookie caviló un poco, luego dijo:

– Pensar que fui yo la que te di su número y te dije: "No seas tonta, ¿qué tiene de malo llamar a un viejo amigo?"

– Sí, vieja, es todo culpa tuya.

Intercambiaron sonrisas.

– ¿Qué te parece entonces si te dejo el bebé de tanto en tanto cuando tenga que salir?

Brookie rió.

– Esa es la primera cosa sensata que te oigo decir sobre el bebé. Debes de estar acostumbrándote a la idea.

– Es posible.

– ¿Sabes una cosa? No deseaba a mis dos últimos hijos, pero de algún modo se te van metiendo adentro.

La elección de palabras de Brookie las hizo reír nuevamente. Cuando terminó, Maggie se enderezó en la silla y se puso seria otra vez.

– Te voy a hacer una última confidencia, luego daré por terminada la sesión -anunció.

Brookie también se enderezó.

– Adelante.

– Lo sigo queriendo.

– Sí, eso es lo más difícil, ¿no?

– Pero estuve pensando y decidí que si me llevó seis meses enamorarme de él, debería darme por lo menos un lapso igual para desenamorarme.

¿Cómo hace uno para desenamorarse? Cuanto más tiempo pasaba Maggie sin ver a Eric, más lo extrañaba. Aguardaba el fin de su amor como un granjero aguarda el fin de su cultivo durante las semanas de sequía, viéndolo luchar y pensando: "Muere de una vez y acabemos con esto". Pero como maleza que sobrevive sin agua, el amor que sentía Maggie por Eric se negaba a marchitarse.

Pasó agosto, un mes tórrido, cansador y opresivo. Katy volvió a la universidad sin despedirse, Todd se marchó a hacer el entrenamiento básico y Maggie contrató a una mujer de más edad, llamada Martha Dunworthy, para que viniera todos los días a hacer la limpieza. A pesar de la ayuda de Martha, los días de Maggie eran largos y cansadores.

Se levantaba a las seis y media para hornear los panecillos, preparar jugo y café, poner la mesa y arreglarse. Desde las ocho y treinta hasta las diez y treinta tenía disponible el desayuno y se aseguraba de sentarse un rato con cada huésped mientras comían, pues sabía que de su hospitalidad y simpatía dependía el hecho de que regresaran. Una vez que el último terminaba de comer, ordenaba la sala, luego la cocina, se despedía de los que se iban (con frecuencia eso le tomaba tiempo, pues casi todos se marchaban sintiéndose amigos personales de ella). Aceptaba los pagos, llenaba recibos y les daba postales de la Casa Harding, su tarjeta y abrazos en la galería trasera. Las partidas por lo general se superponían con las llamadas para pedir información, que comenzaban cerca de las diez y eran numerosas, pues se avecinaba el otoño, la estación de más auge de turismo en Door County. Las llamadas locales no daban trabajo; por lo general eran de la Cámara de Comercio para ver si había cuartos disponibles. Las de larga distancia, sin embargo, le llevaban mucho tiempo, pues había que responder a docenas de preguntas repetitivas antes de que hicieran las reservas. Cuando los huéspedes se habían marchado, anotaba los ingresos en los libros de contabilidad, contestaba cartas, pagaba cuentas, lavaba toallas (la lavandería se ocupaba sólo de las sábanas), cortaba flores y las ponía en floreros, supervisaba el trabajo de limpieza de Martha e iba al correo. Cerca de las dos de la tarde, comenzaban a llegar los huéspedes de la noche, con las inevitables preguntas sobre dónde comer, pescar y comprar provisiones para picnics. Entre esas tareas diarias tenía que prepararse la comida, ir al Banco y hacer los mandados particulares que necesitara ese día en particular.