– Maggie, estás… espléndida.
Tú también. No iba a decírselo, no lo miraría siquiera. Maggie se concentró en los afiches de BUSCADO que colgaban de la pared mientras se escudaba tras una barrera de conversación.
– El médico dice que estoy muy sana y papá accedió a estar presente en el parlo y ayudarme. Vamos a clases del método Lamaze dos veces por mes y los ejercicios de relajación me salen bien así que… yo… nosotros…
Él le tocó el brazo y Maggie calló; ya no podía resistirse al magnetismo de sus ojos. Al mirarlo, perdió las fuerzas, porque vio que los sentimientos de él no habían cambiado. Sufría tanto como ella.
– ¿Sabes qué es, Maggie? -susurró Eric-. ¿Un varón o una mujer?
¡No hagas esto! ¡No demuestres interés! ¡No puedo tolerarlo si no puedo tenerte!
En un instante, la garganta de Maggie se cerraría por completo. En un instante, las lágrimas comenzarían a brotar. En un instante, se comportaría como una idiota peor de lo que ya era, en el vestíbulo del correo.
– ¿Maggie, lo sabes?
– No -susurró ella.
– ¿Necesitas algo? ¿Dinero, alguna otra cosa?
– No. -Sólo a ti.
La puerta se abrió y entró Althea Munne, seguida por Mark Brodie, que estaba hablando.
– Me enteré de que el entrenador Beck va a poner a Mueller en el equipo mañana por la noche. Debería ser un buen partido. Esperemos que con este calor… -Levantó la mirada y enmudeció.
Mantuvo la puerta abierta mucho después de que Althea hubiera pasado. Su mirada pasó de Maggie a Eric y viceversa.
Ella se recuperó lo suficiente como para decir:
– Hola, Mark.
– Hola, Maggie. Eric. -Saludó con la cabeza y dejó que se cerrara la puerta. Los tres eran la viva imagen del bochorno, observados de cerca por Althea Munne y Hattie Hockenbarger, que había vuelto a la ventanilla al oír abrirse la puerta.
La mirada de Mark bajó al vientre de Maggie y se ruborizó. No la llamaba desde que habían empezado a circular rumores sobre ella y Eric.
– Mira, debo irme. Están por llegar huéspedes -dijo Maggie, esbozando una sonrisa forzada-. Fue un gusto verte, Mark. Hola, Althea, ¿cómo está? -Se dirigió a la puerta, sofocada por las emociones, enrojecida, temblorosa, al borde del llanto. Afuera, chocó con dos turistas mientras caminaba atolondradamente por la acera.
Había pensado detenerse en el almacén y comprar unas hamburguesas para la cena, pero sin duda su padre la vería alterada y le haría preguntas.
Trepó la colina, indiferente a la tarde hermosa, al aroma de las hojas caídas.
Eric, Eric Eric.
– ¿Cómo podré vivir aquí el resto de mi vida, encontrándomelo de tanto en tanto como hace unos minutos? Ya hoy fue un suplicio; verlo con la mano de su hijo en la mía, sería intolerable. Una imagen le pasó por la mente: ella y el niño, un varón de unos dos años, entrando en el correo y encontrándose con el hombre alto y rubio con ojos atormentados que no podría quitarles la mirada de encima. Y el niño preguntaría: ¿mami, quién es ese señor?
Sencillamente, no podía hacerlo. No tenía nada que ver con la vergüenza. Tenía que ver con el amor. Un amor que obstinadamente se negaba a morir, por más que estuviera en falta. Un amor que, con cada encuentro casual, anunciaría los sentimientos de ambos en forma tan inequívoca como esas hojas anunciaban el final del verano.
No puedo hacerlo, pensó Maggie mientras se acercaba a la casa que tanto amaba. No puedo vivir aquí con su hijo pero sin él, y mi única alternativa es marcharme.
Capítulo 19
Fue un verano tenso para Nancy Macaffee. Fingir el embarazo la había puesto nerviosa y no le había devuelto el afecto de Eric, como había esperado. Él se mantenía distante y preocupado; casi nunca la tocaba y sólo le hablaba de cosas triviales. Pasaba más tiempo que nunca en el barco y la dejaba sola la mayoría de los fines de semana. Demostró sentimientos sólo cuando ella lo hizo llamar del "Hospital Saint Joseph" en Omaha para decirle que había perdido el bebé. Él sugirió el viaje a las Bahamas para levantarle el ánimo y de buen grado canceló una semana de excursiones de pesca para llevarla allí. En las islas, sin embargo, bajo el encanto del trópico, donde el amor debería haber vuelto a florecer, él se mantuvo cerrado e incomunicativo.
De regreso en casa, Nancy se tomó un mes de licencia, dispuesta a probar las ciencias domésticas en un último intento por recuperar su estima. Pasaba los días llamando a su suegra para pedirle recetas de pan casero, poniendo suavizante en el lavarropas y cera en los pisos, pero detestaba cada minuto de ellos. Su vida le parecía no tener sentido sin el desafío de las ventas y el ritmo alocado de los horarios de viajes semanales; sin tener que vestirse con elegancia todos los días y sumergirse en la corriente empresaria donde la gente tenía clase y estilo y el mismo tipo de ambición que le daba vida a ella.
Sus días en la casa resultaron inútiles, pues Eric intuyó su frustración y dijo:
– Será mejor que vuelvas a trabajar. Me doy cuenta de que estás enloqueciendo aquí.
En octubre, ella le hizo caso.
Pero siguió buscando formas de ganarse nuevamente su cariño. Su campaña más reciente involucraba a su familia.
– Tesoro -dijo, una noche de viernes cuando él regresó a la casa temprano-, pensé que podríamos invitar a Mike y a Barbara el domingo por la noche. Ha sido culpa mía que no hayamos tenido más relación con ellos pero pienso remediarlo. ¿Qué te parece si les decimos que vengan a cenar? Podríamos hacer tallarines con salsa de almejas.
– Muy bien -dijo Eric con indiferencia. Estaba sentado a la mesa de la cocina haciendo trabajo contable de la empresa, con anteojos y el pelo recién cortado, lo que le daba un aspecto de prolijidad militar. Tenía un perfil estupendo. Nariz recta, labios arqueados, mentón agradable… como un Charles Lindbergh joven. Al mirarlo, se le tensaban las entrañas cuando recordaba cómo habían sido las cosas entre ellos. ¿Acaso jamás volvería a tener una relación sexual con ella?
Se agazapó junto a la silla de Eric, le pasó la muñeca sobre el hombro y le tocó el lóbulo de la oreja.
– Eh…
Él levantó la mirada.
– Estoy haciendo un gran esfuerzo…
Eric se levantó los anteojos. El lápiz siguió moviéndose.
– Nancy, tengo que trabajar.
Ella insistió.
– Dijiste que querías un bebé… lo intenté. Dijiste que yo despreciaba a tu familia. Admito haberlo hecho y estoy tratando de remediarlo. Dijiste que querías que me quedara en casa. Lo hice, también, pero no sirvió para nada. ¿Qué estoy haciendo mal, Eric?
El lápiz volvió a detenerse, pero él no levantó la mirada.
– Nada… -respondió-. Nada.
Nancy se puso de pie, deslizó las manos dentro de los bolsillos de la falda, oprimida por la realidad que había estado negando todas esas semanas, la realidad que la hacía temblar de temor e inseguridad.
Su marido no la amaba. Lo sabía con la misma certeza con la que sabía a quién amaba realmente.
Maggie se despertó a la una de la madrugada del 8 de noviembre con una fuerte contracción que le abrió los ojos de golpe como el ruido de una puerta. Se apretó el vientre y permaneció inmóvil, concentrándose para que desapareciera, pues faltaban dos semanas para la fecha. Que no le pase nada al bebé. Cuando el dolor cedió, cerró los ojos, absorbiendo la oración que le había brotado sin voluntad consciente. ¿Desde cuándo había comenzado a desear ese bebé?
Encendió la luz y miró el minutero del reloj, luego se quedó esperando, recordando su primer parto. ¡Qué diferente había sido, con Phillip a su lado! Fue largo, trece horas de trabajo de parto en total. En casa habían caminado, luego bailado, riendo entre contracción y contracción ante el aspecto de Maggie. Él le llevó la valija al auto y condujo con una mano sobre la pierna de ella. Cuando un agudo dolor la dejó tiesa como una cuchilla, Phillip bajó las ventanillas y cruzó un semáforo en rojo. Lo último que Maggie vio antes de que la llevaran a la sala de parto fue el rostro de su marido, y también fue lo primero que vio al despertar en la sala de recuperación. Todo había sido tan tranquilizadoramente tradicional.