¡Ah, la nostalgia!
Pero él era un hombre casado y feliz con su matrimonio. Y si volviera a verlo, probablemente tendría doce kilos de más, poco pelo y a ella le resultaría agradable verlo casado con otra persona.
No obstante, hablar con él traía recuerdos de casa y al mirar el jardín en el atardecer, vio no una terraza de madera rodeada de siemprevivas, sino una alfombra azul de achicoria cocinada por el sol. Nada era tan intensamente azul como un campo de achicoria en flor bajo el sol de agosto. Y al anochecer se tornaba violeta, creando a veces la ilusión de que tierra y cielo eran uno solo. Las llores silvestres estarían en todo su esplendor, adornando los campos y los caminos. ¿Había acaso otro sitio en el mundo donde las llores silvestres crecieran con tanta profusión como en Door?
Vio, también, graneros rojos de techos a la holandesa e hileras de trigo verde y cabañas de un siglo de antigüedad con calafateado blanco; cercos de madera y muros de piedra bordeados de flores. Velas blancas sobre el agua azul y playas limpias que se extendían por kilómetros. Sintió el sabor del pan casero y oyó el gruñido de embarcaciones de motor que regresaban al caer la noche y olió el aroma de pescado cocinado elevándose por sobre los poblados en una noche de sábado como esa, saliendo de restaurantes donde sonaban guitarras y manteles a cuadros rojos y blancos ondeaban en la brisa nocturna.
A más de dos mil kilómetros de distancia, Maggie lo recordó todo y sintió una oleada de nostalgia que no había experimentado en años.
Pensó en llamar a casa de su madre. Pero quizá respondiera ella y nadie como su madre para estropear un estado de ánimo nostálgico.
Se apartó de la puerta y fue al escritorio. Buscó un libro llamado Viajes a Door County. Durante casi media hora se quedó sentada en la silla de Phillip contemplando fotografías en color hasta que las imágenes brillantes de faros y cabañas de troncos la obligaron a levantar el teléfono.
Marcó el número de sus padres y rogó para que atendiera su padre.
Pero oyó la voz de su madre decir:
– ¡Hola!
Disimulando su desilusión, Maggie respondió:
– Hola, mamá.
– ¿Margaret? -Sí.
– Bueno, era hora de que llamaras. Hace más de dos semanas que no sabemos nada de ti y dijiste que nos avisarías cuándo llegaría Katy. ¡He estado esperando y esperando que llamaras!
No decía: ¡Hola, querida, qué bueno oír tu voz!, sino Era hora de que llamaras, obligando a Maggie a comenzar la conversación con una disculpa.
– Lo siento, mamá, sé que debería haber llamado, pero estuve ocupada. Y me temo que Katy no pasará por allí, después de todo. Le queda fuera de camino y estaba con su amiga y con el automóvil cargado hasta el techo, de modo que decidieron ir directamente a la universidad y dormir allí.
Maggie cerró los ojos y aguardó la lista de quejas que seguiría. Fiel a sí misma, Vera comenzó a desgranarlas:
– Bueno, no voy a decirte que no me siento decepcionada. Después de todo, hace una semana que estoy cocinando y amasando. Puse dos tartas de manzana en el freezer y compré un pedazo grande de carne. No sé qué voy a hacer con tanta carne sola aquí con tu papá. ¡Además, limpié tu antigua habitación de arriba abajo y lavé el cubrecama y las cortinas y me dio muchísimo trabajo plancharlos!
– Mamá, te dije que llamaríamos si Katy decidía parar en tu casa.
– Bueno, sí, pero yo estaba segura de que vendría. Al fin y al cabo, somos los únicos abuelos que tiene.
– Lo sé, mamá.
– Supongo que los jóvenes ya no tienen tiempo para sus abuelos como cuando yo era chica -se quejó Vera con mal humor.
Maggie apoyó la frente sobre la punta de cuatro dedos y sintió que empezaba a dolerle la cabeza.
– Dijo que viajará desde Chicago dentro de un par de semanas, una vez que se haya instalado en la universidad. Mencionó que quizá lo haría en octubre, cuando los árboles empiezan a cambiar de color.
– ¿Qué maneja? ¿No le habrás comprado ese convertible, no?
– Sí.
– Margaret, ¡esa chica es demasiado joven para tener un automóvil extravagante como ése! Deberías haberle comprado algo más sensato o mejor aún, haberla hecho esperar hasta que saliera de la universidad. ¿Cómo va a aprender a valorar las cosas si le das todo cu bandeja de plata?
– Pienso que Phillip hubiera deseado que lo tuviera y Dios sabe que puedo permitírmelo.
– Ese no es motivo para excederte con la chica, Margaret. Y hablando de dinero, ten cuidado con quién andas. Los hombres divorciados de hoy en día están a la pesca de viudas ricas y solitarias. Te buscarán por lo que tienes y usarán tu dinero para mantener a sus propios hijos.
– Me cuidaré, mamá -prometió Maggie, sintiendo que el dolor de cabeza se intensificaba.
– Vaya, recuerdo hace unos años cuando ese sujeto Gearhart engañaba a su mujer y ¿a quién crees que estaba viendo? A una extravagante turista que vino por el verano desde algún sitio de Louisiana en un llamativo crucero con cabina. Dicen que los vieron besándose en la cubierta un sábado por la noche y luego el domingo por la mañana él apareció en misa muy beato y puro con su mujer y sus hijos. Cielos, si Betty Gearhart hubiera sabido…
– Mamá, dije que me cuidaría. No estoy saliendo con nadie, así que no te preocupes.
– Bueno, uno nunca puede cuidarse demasiado, sabes.
– Sí.
– Y hablando de divorciados, Gary Eidelbach se casa de nuevo la semana que viene.
– Lo sé, hablé con Lisa.
– ¿De veras? ¿Cuándo?
– Hoy. Últimamente me he puesto en contacto con las chicas.
– No me lo contaste. -Había un dejo de frialdad en la voz de Vera, como si pensara que le correspondía enterarse de todo antes que sucediera.
– Lisa quiere que yo vaya allá para la boda. Bueno, no para la boda, exactamente, pero como ella viajará desde Atlanta, quería que nos encontráramos todas en casa de Brookie.
– ¿Y vas a venir?
Entonces podrías usar tu carne y tu pastel de manzanas, ¿no es así, mamá?
– No, no puedo.
– ¿Por qué? ¿Qué otra cosa vas a hacer con todo ese dinero? Sabes que tu padre y yo no podemos permitirnos viajar hasta allá en avión y al fin y al cabo, hace tres años que no vienes.
Maggie suspiró, deseando poder cortar sin una palabra más.
– No es una cuestión de dinero, mamá, es una cuestión de tiempo. Pronto empiezan las clases y…
– Bueno, pero el tiempo pasa, y no nos ponemos más jóvenes. Tu padre y yo con gusto recibiríamos una visita tuya de tanto en tanto.
– Lo sé. ¿Está papá allí?
– Sí, anda por algún sitio. Aguarda un momento. -El teléfono golpeó contra algo y Vera se alejó, gritando: -¿Roy, dónde estás? ¡Margaret está en el teléfono! -Su voz se tornó más fuerte cuando se acercó a tomar de nuevo el teléfono. -Espera un minuto. Está afuera en el garaje, afilando la cortadora de césped. No sé cómo todavía queda algo de cuchilla, con todo el tiempo que pasa allí. Aquí viene. -Cuando el teléfono cambió de manos, Maggie oyó a Vera decir: -¡No me toques la mesada con esas manos sucias, Roy!
– ¿Maggie, tesoro? -La voz de Roy tenía toda la calidez de la que carecía la de Vera. Al oírlo, Maggie sintió que le volvía la nostalgia.