– No, gracias, es todo.
– Se paga adelante. ¿Quién sigue? -rugió Roy.
Un hombre de unos sesenta años con pantalones bermuda y salida de baño de toalla pidió dos sandwiches de pastrami.
Mientras observaba a su padre prepararlos, Maggie se sorprendió de nuevo ante su personalidad comercial, tan diferente de la que mostraba en su casa. Era entretenido y sorprendentemente eficiente. La gente se encariñaba con él al sólo verlo. Los hacía reír y regresar a la tienda.
Se mantuvo apartada, sin llamar la atención, viéndolo trabajar con la gente como un prestidigitador, corriendo de un lado a otro, envolviendo sandwiches, cortando fiambres, abriendo la pesada puerta de la conservadora, la misma que cuando Maggie era una niña. Había que esperar -en verano siempre había que esperar- pero él mantenía a todos de buen humor con su eficiencia y teatralidad.
Después de observar durante varios minutos, Maggie se acercó al mostrador cuando él estaba de espaldas.
– Quiero una moneda para un helado -dijo en voz baja.
Él miró por encima del hombro y la sorpresa le dejó el rostro en blanco.
– ¿Maggie? -Se volvió, secándose las manos en el delantal blanco. -Maggie, tesoro, ¿acaso estoy viendo visiones?
Ella rió, feliz de haber venido.
– No, estoy aquí de veras. -Si el mostrador hubiera sido más bajo, él lo habría saltado. En cambio, dio la vuelta por un extremo y la levantó en un abrazo de oso.
– ¡Maggie, qué sorpresa!
– Para mí también lo es.
La apartó, sosteniéndola de los hombros.
– ¿Qué haces aquí?
– Brookie me convenció de que viniera.
– ¿Lo sabe tu madre?
– No, vine directamente a la tienda.
– ¡Diablos… no lo puedo creer! -Rió, feliz, la volvió a abrazar y luego recordó a los clientes. Con un brazo alrededor de sus hombros, se volvió hacia ellos. -Para aquellos que creen que soy un viejo verde, ésta es mi hija Maggie, de Seattle. Acaba de darme la sorpresa de mi vida. -La soltó y le preguntó: -¿Vas para casa, ahora?
– Sí, creo que sí.
Roy miró su reloj.
– Bien, todavía me quedan cuarenta y cinco minutos aquí. Estaré en casa a las seis. ¿Cuánto tiempo te quedas?
– Cinco días.
– ¿Nada más?
– Me temo que no. Tengo que estar de vuelta el domingo.
– Bueno, cinco días es mejor que nada. Bien, vete así me encargo de esta gente. -Se dirigió de nuevo a su puesto de trabajo diciendo por encima del hombro: -Dile a tu madre que llame si necesita algo para la cena.
Cuando Maggie encendió el motor del automóvil y tomó el camino hacia su casa, sintió que su entusiasmo se desvanecía. Condujo despacio, preguntándose, como lo hacía siempre, si era su tendencia a pretender demasiado de su madre lo que hacía que las vueltas a casa fueran invariablemente una desilusión. Al detenerse delante de la casa donde había crecido, Maggie se inclinó y la contempló durante unos instantes antes de descender del coche. No había cambiado en absoluto. De estilo campestre, dos plantas, techo bajo con aleros, hubiera sido perfectamente cuadrada de no haber sido por el porche delantero con sus macizas columnas de la piedra caliza característica de la zona. Robusta y sólida, con arbustos de corona de novia a cada lado de los escalones y olmos simétricos a los costados, la casa hacía pensar que seguiría allí dentro de cien años.
Maggie apagó el motor y se quedó unos minutos sentada: desde cuando ella tenía memoria, su madre había corrido hacia la ventana del frente al oír cualquier ruido en la calle. Vera se ponía detrás de las cortinas y observaba a los vecinos descargar a sus pasajeros o paquetes, y a la hora de la cena daba un informe detallado, intercalado de comentarios negativos.
"Elsie debe de haber ido a Bahía Sturgeon, hoy. Tenía paquetes de Piggly Wiggly. No entiendo por qué compra en ese negocio. ¡Tiene un olor espantoso! Las cosas nunca son frescas allí. Pero por supuesto, a Elsie no se puede decirle nada."
O:
"Toby Miller trajo a esa chica Anderson a media tarde cuando sé perfectamente que su madre estaba trabajando. Dieciséis años y solos en la casa durante una hora y media. ¡A Judy Miller le daría un ataque si lo supiera!"
Maggie cerró la puerta del coche con fuerza y caminó de mala gana hacia la entrada. En los parapetos al pie de los escalones, un par de urnas de piedra ostentaba los mismos geranios rosados y las mismas vincas de siempre. El piso de madera del pórtico brillaba con su capa anual de pintura gris. El felpudo de bienvenida parecía no haber sido pisado nunca por nadie. La puerta de tela metálica seguía teniendo la misma "P" en la rejilla.
Maggie la abrió sin hacer ruido y se quedó en el vestíbulo, escuchando. En el fondo de la casa se oía una radio y el correr de la canilla de la cocina. La sala estaba silenciosa, impecable. Jamás se había permitido que estuviera de otra manera, pues Vera hacía saber a todos que los zapatos debían dejarse en la puerta, que estaba prohibido poner los pies sobre la mesa ratona y fumar cerca de las cortinas. El hogar tenía la misma pila de troncos de abedul que habían tenido durante treinta años, pues Vera no permitía que se encendieran: el fuego hacía cenizas y las cenizas ensuciaban. Los caballetes de hierro y la pantalla protectora en forma de abanico jamás habían sido manchados con humo ni los ladrillos, decolorados por el calor. La repisa de caoba brillaba y, más allá de una arcada cuadrada, la mesa de comedor lucía la misma carpeta de encaje y el mismo recipiente plateado de siempre: uno de los regalos de casamiento de Vera y Roy.
A Maggie la falta de cambios le resultó reconfortante y abrumadora a la vez.
Sobre el reluciente piso del corredor se reflejaba la luz de la cocina, que estaba atrás, y a la izquierda, la escalera de caoba subía junto a la pared y hacía una curva hacia la derecha en un descanso con una ventana alta. Mil veces Maggie había bajado corriendo sólo para oír a su madre ordenarle desde abajo:
– ¡Margaret, quieres bajar caminando, por favor!
Maggie estaba de pie contemplando la ventana del descanso cuando Vera entró por el extremo opuesto del corredor, se detuvo en seco, ahogó una exclamación y luego emitió un chillido.
– Mamá, soy yo, Maggie.
– ¡Santo Cielo, muchacha, me diste el susto de mi vida! -Se había apoyado contra la pared con una mano sobre el corazón.
– Lo siento, no fue mi intención.
– ¿Pero qué estás haciendo aquí?
– Vine. Sencillamente… vine. -Maggie levantó las manos y se encogió de hombros. -Me subí a un avión y vine.
– Bueno, por Dios, podrías avisar. ¿Qué te has hecho en el pelo?
– Probé algo nuevo. -Maggie levantó una mano, inconscientemente tratando de achatar los mechones parados que solamente el día anterior la habían hecho sentir tan audaz.
Vera apartó la vista del pelo de Maggie y se abanicó el rostro con una mano.
– Todavía tengo el corazón en la boca. Una persona de mi edad podría tener un infarto a causa de un susto como este: parada allí delante de la puerta donde no se te puede ni ver la cara. Lo único que vi eran esos pelos parados. Cielos, podrías haber sido un ladrón buscando algo que llevarse. En estos tiempos, uno lee cada cosa en los periódicos que ya no sabe qué pensar, y este pueblo está lleno de desconocidos. Uno tendría que cerrar las puertas con llave.
Maggie se acercó a Vera.
– ¿No me das un abrazo?
– Sí, por supuesto.
Vera se parecía mucho a su casa: era robusta y regordeta, meticulosamente prolija y sin gracia. Usaba el mismo peinado desde 1965: un rodete hacia atrás con dos prolijos rulos en forma de media luna sobre los costados de la frente. El peinado recibía una dosis de fijador semanal en el Rincón de belleza de Bea, de manos de la propia Bea, que tenía tan poca imaginación como sus clientas. Vera usaba pantalones gruesos color turquesa, un pulóver blanco y zapatos blancos de enfermera con suela de crepé, anteojos sin marco con una banda plateada en la parte superior, y un delantal. El abrazo fue más de Maggie que de su madre.