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Él le entregó el paquete y ella desapareció. Abandonado en los escalones, Roy se encogió de hombros y sonrió resignadamente a su hija.

– Ven -dijo ella-. Muéstrame qué hay de nuevo en tu taller.

Una vez que estuvieron dentro de la habitación con aroma a madera fresca, preguntó:

– ¿Por qué permites que te haga eso, papá?

– Bah, tu madre es una buena mujer.

– Es buena ama de casa y buena cocinera. Pero nos vuelve locos a los dos. Yo ya no tengo que vivir con ella, pero tú sí. ¿Por qué lo toleras?

Él pensó un momento y dijo:

– Creo que nunca me pareció que valiera la pena enfrentarla.

– Pero te refugias aquí.

– Bueno, es que lo paso bien aquí. Estuve haciendo pajareras y comederos para vender en el negocio.

Maggie le apoyó una mano en el brazo.

– ¿Pero nunca tienes ganas de decirle que se calle la boca y te deje en paz? Papá, te da órdenes todo el tiempo.

Él tomó un trozo de madera de roble y la acarició con los dedos.

– ¿Recuerdas a la abuela Pearson?

– Sí, un poco.

– Era igual. Manejaba a mi padre como un sargento a los reclutas. No conocí otra cosa.

– Pero eso no hace que esté bien, papá.

– Celebraron sus bodas de oro antes de morir.

Sus miradas se encontraron durante varios segundos.

– Eso es perseverancia, papi. No felicidad. Existe una diferencia.

Él dejó el trozo de madera.

– Es en lo que cree mi generación.

Quizá tuviera razón. Quizá su vida fuera apacible aquí en el taller y en su trabajo del negocio. Por cierto, su mujer le proveía un hogar impecable, buena comida y ropa limpia: las tareas tradicionales de la esposa en las que también creía su generación. Si él las aceptaba como suficientes, ¿quién era ella para sembrar desconformidad?

Le tomó la mano.

– Bueno, olvida que lo mencioné. Vayamos a cenar.

Capítulo 4

Glenda Holbrook Kerschner vivía en una casa de campo de noventa años de antigüedad rodeada de veinte acres de cerezos Montmorency, sesenta de praderas y bosques, un venerable granero rojo, un no tan venerable granero de chapa y una telaraña de senderos marcados por niños, máquinas, perros, gatos, caballos, ciervos, zorrinos y ardillas.

Maggie había estado allí años antes, pero la casa era más grande ahora, con una ampliación de madera que sobresalía de la construcción original de piedra caliza. La galería, en un tiempo cercada con baranda blanca, había sido cerrada con vidrio y se había convertid en parte de la sala. Una huerta inmensa se extendía por una colina al este detrás de la casa y en la soga de la ropa (casi tan grande como el jardín) colgaban cuatro alfombritas. Maggie entró el coche en el jardín poco antes de las ocho esa noche.

Todavía no había apagado el motor cuando la puerta se abrió con violencia y Brookie salió a la carrera, gritando:

– ¡Maggie, viniste!

Dejando la puerta abierta, Maggie corrió. Se encontraron en el jardín junto a la casa y se abrazaron con fuerza y ojos húmedos.

– ¡Brookie, qué bueno es verte!

– ¡No lo puedo creer! ¡Sencillamente no lo puedo creer!

– ¡Estoy aquí! ¡Te juro que estoy aquí!

Apartándose por fin, Brookie dijo:

– ¡Por Dios, déjame mirarte! ¡Estás flaca como un palo! ¿No te dan de comer en Seattle?

– Vine aquí a que me engorden.

– Pues has dado con el sitio indicado, como podrás ver.

Glenda dio una vueltita y exhibió su cuerpo regordete. Cada embarazo la había dejado con dos kilos de más, pero tenía aspecto de agradable matrona, con el cabello corto y rizado alrededor del rostro, una sonrisa contagiosa y atractivos ojos castaños.

Apoyó ambas manos sobre su generosa cintura y se miró.

– Como diría Gene: le proporciono calor en invierno y sombra en verano. -Antes que Maggie pudiera dejar de reír, ya la estaba llevando hacia la casa, apretada contra su costado. -Ven a saludarlo.

En el escalón trasero de la casa aguardaba Gene Kerschner, alto, anguloso, vestido con vaqueros y una gastada camisa escocesa. Sostenía la mano de una niñita descalza y en camisón que apenas si le llegaba a la cadera. Tenía el aspecto de un satisfecho granjero, de un padre feliz, pensó Maggie mientras él soltaba la mano de la niña para darle un abrazo de bienvenida.

– Así que ésta es Maggie. Ha pasado mucho tiempo.

– Hola, Gene. -Maggie sonrió al hombre de hablar pausado.

– Quizás ahora que estás aquí Glenda se calmará un poco.

La niñita le tironeó del pantalón.

– ¿Quién es, papi?

Él la levantó en brazos.

– Es Maggie, la amiga de mamá. -A Maggie, dijo: -Ella es Chrissy, una de los menores.

– Hola, Chrissy. -Maggie tendió una mano.

La niña se metió un dedo en la boca y apoyó la frente contra la mejilla de su padre.

Riendo, entraron mientras Glenda añadía:

– El resto está desparramado por allí. Justin tiene dos años y ya está durmiendo, por suerte. Julie y Danny están andando en Penélope, nuestro caballo. Erica salió con un muchacho: tiene dieciséis dulces años y está locamente enamorada. Todd está trabajando en el pueblo, de camarero en The Cookery. Tiene diecinueve y está tratando de decidir si debe alistarse en la Fuerza Aérea. Y Paul, el mayor, ya regresó a la universidad.

La casa era amplia y cómoda, con una cocina enorme dominada por una mesa con patas en forma de garra y ocho sillas. La sala se anexaba a la cocina y estaba amoblada con sofás gastados, un televisor grande y al final, donde había sido cerrada la galería, había un antiguo diván de hierro y dos mecedoras. La decoración no era elegante, pero apenas entró, Maggie se sintió en su casa.

Se dio cuenta de inmediato de que Brookie manejaba a su familia con mano firme pero amorosa.

– Dale un beso a mami -dijo Gene a Chrissy-. Te vas a la cama.

– ¡Noooo! -Chrissy pataleó contra su estómago y arqueó la espalda, fingiendo resistirse.

– Sí, a la cama.

Ella tomó el rostro de su padre entre sus manitos y probó un poco de seducción.

– ¿Por favor, papito, puedo quedarme un ratito más?

– Eres una brujita -dijo Gene, inclinándola hacía su madre-. Dale un beso, rápido.

Chrissy y Glenda intercambiaron un beso y un abrazo.

– Hasta mañana, mi vida.

Sin más protestas, la niña subió en brazos de su padre.

– Bueno -dijo Glenda-. ¡Ahora podemos estar tranquilas! Cumplí con mi promesa -añadió, abriendo la puerta de la heladera y sacando una botella verde de cuello largo-. Algo especial para la ocasión. ¿Qué te parece?

– Me encantaría una copa. Sobre todo luego de estar con mi madre durante las últimas tres horas.

– ¿Cómo está el sargento Pearson? -El apodo se remontaba a los días en que Brookie subía al porche de los Pearson y hacía un saludo militar ante la "P" de la puerta de alambre tejido antes de entrar con Maggie.

– Insoportable como siempre. Brookie, no sé cómo mi padre puede vivir con ella. ¡Seguro que vigila cuando él va al baño para que no le salpique la tapa!

– Qué lástima, porque tu padre es tan buena persona. Todo el inundo lo adora.

– Lo sé. -Maggie aceptó una copa de vino y bebió un sorbo.-¡Mmm, gracias! -Siguió a Brookie al extremo de la gran habitación. Brookie se sentó en una mecedora y Maggie en el diván, abrazando un almohadón. Brindó a Glenda un resumen de las críticas que ella y Roy habían recibido desde que pisaron la casa. Gene regresó, bebió un sorbo del vino de Glenda, le besó el pelo, les deseó que se divirtieran mucho y se marchó, dejándolas solas.