Se abrazaron. Saltaron. Lloraron. Se besaron. Hablaron todas al mismo tiempo. Se llamaron por los sobrenombres olvidados de la adolescencia. Dijeron obscenidades con sorprendente facilidad luego de años de eliminar esos epítetos poco femeninos de su vocabulario. Admiraron a Lisa (todavía la más bonita), se conmiseraron con Maggie (la viuda), rieron de Brookie (la más prolífica) y de Carolyn (ya abuela) y de Tani (la más canosa).
Compararon fotografías familiares, personalidades de sus hijos, recuerdos obstétricos; anillos de casamiento, maridos y empleos; viajes, decoraciones de casas y problemas de salud; comieron ensalada de pollo, bebieron vino y se alborotaron todavía más; se pusieron al día sobre las familias: madres, padres, hermanos; chismearon sobre antiguas compañeras de clase; revivieron recuerdos adolescentes. Sacaron el anuario de Brookie y rieron ante los anticuados peinados y el excesivo maquillaje; criticaron a los profesores que habían odiado y alabaron a los que les habían tenido cariño allá por l965; trataron de cantar el himno de la escuela, pero no recordaban la letra (Brookie sí, pues seguía yendo a las Fiestas Deportivas). Por fin transaron con una versión de Tres palomas blancas volaron hacia el mar cantada por Lisa, Brookie y Maggie a tres dudosas voces.
Pusieron rayados discos de los Beatles y bailaron el watusi. Caminaron por la pradera de Brookie tomadas del brazo, cantando canciones groseras por las que hubieran castigado a sus hijos, canciones groseras que los varones les habían enseñado en la escuela secundaria.
A la hora de la cena fueron al centro y comieron en The Cookery, atendidas por Todd, el hijo de Brookie, que recibió la mayor propina de su carrera. Circularon por la calle principal entre turistas, bajaron a la playa y se sentaron sobre rocas para ver ponerse el sol por encima del agua.
– ¿Por qué no hicimos esto antes? -quiso saber una de ellas.
– Deberíamos hacer un pacto para juntarnos todos los años así.
– Deberíamos.
– ¿Por qué de pronto hablan con tanta tristeza? -preguntó Lisa.
– Porque decir adiós es triste. Ha sido un día tan divertido.
– Pero no es una despedida. Van a venir al casamiento de Gary, ¿no es así?
– No estamos invitadas.
– ¡Claro que sí! ¡Uy, casi me olvido! -Lisa abrió su cartera. -Gary y Deb me dieron esto para ustedes. -Extrajo una invitación color gris pálido con los nombres de todas en el sobre y la hizo circular.
– Gene y yo iremos -confirmó Brookie, mirando el círculo de rostros. Ya saben… pueblo pequeño… todo el mundo va.
– Y Maggie se queda hasta el domingo -razonó Lisa- y ustedes dos viven lo suficientemente cerca como para venir con el coche. Gary me pidió que insistiera. Él y Deb quieren que vayan. La recepción será en el Yacht Club de Puerto Bailey.
Se miraron entre ellas queriendo decir que sí.
– Yo iré -anunció Tani-. Me encanta la comida del Yacht Club.
– Yo también -la respaldó Fish-. ¿Y tú, Maggie?
– ¡Pero por supuesto que iré si ustedes estarán allí!
– ¡Fantástico!
Se levantaron de las rocas, se limpiaron la ropa y regresaron hacia la calle.
– ¿Qué haremos mañana, Maggie? -preguntó Brookie-. Planeemos algo. ¿Nadar? ¿Ir de compras? ¿Caminar hasta la isla Cana? ¿Qué me dices?
– Me siento culpable por alejarte de nuevo de tu familia.
– ¡Culpable! -chilló Brookie-. Cuando tienes una familia tan numerosa como la mía, aprendes a aprovechar cualquier oportunidad para estar sola. Gene y yo hacemos mucho por los niños, ellos bien pueden darme un día para mí de vez en cuando.
El plan quedó confirmado y fijaron la hora antes de despedirse.
A la mañana siguiente, Maggie se sentó a beber té en la cocina, intentando mantener una conversación con su madre sin perder los estribos.
– Brookie tiene una familia maravillosa y me encanta su casa.
– Es una lástima cómo ha engordado -comentó Vera-. Y en cuanto a familia, diría que es demasiado numerosa. Vaya, debe de haber tenido treinta y ocho años cuando tuvo el último.
Maggie se mordió el labio y defendió a su amiga.
– Pero se llevan tan bien. Los mayores cuidan a los más chicos y guardan todo lo que sacan. Son una familia maravillosa.
– No obstante, cuando una mujer está cerca de los cuarenta, debería tener más cuidado. ¡Podría haber tenido un niño retardado!
– Aun después de los cuarenta, los embarazos ya no son tan raros, mamá, y Brookie dijo que deseó a cada uno de los bebés. El último no fue ningún error.
Vera frunció los labios y arqueó una ceja.
– ¿Y Carolyn?
– Parece feliz casada con un granjero. Ella y su marido van a cultivar ginseng.
– ¿Ginseng? ¿Quién come ginseng?
Una vez más, Maggie tuvo que contenerse para no contestar de mal modo. Con el paso del tiempo, Vera se tornaba cada vez más pedante. Fuera cual fuese el tema, a menos que Vera lo utilizara, o lo aprobara, el resto del mundo no podía hacerlo. Para cuando Vera terminó de preguntar sobre Lisa, Maggie tenía ganas de gritar: ¿para qué preguntas, madre, si ni siquiera te interesa? Pero respondió:
– Lisa sigue hermosa como siempre, quizá todavía más. Su marido es piloto, así que han viajado por todo el mundo. ¿Y recuerdas lo pelirroja que era Tani? El pelo se le ha vuelto de un lindísimo tono durazno. Como una hoja de arce en otoño.
– Oí decir que el marido puso un taller de máquinas y lo perdió en unos años. ¿Te contó algo sobre eso?
Cállate y sal de aquí antes de estallar, se dijo Maggie.
– No, mamá, no me dijo nada.
– Y apuesto a que ninguna tiene tanto dinero como tú.
¿Cómo fue que te volviste así, mamá? ¿Es que acaso no hay generosidad en tu espíritu? Maggie se levantó para dejar la taza en la pileta.
– Hoy voy a salir con Brookie, así que no prepares almuerzo para mí.
– Con Brookie… ¡pero no has pasado más de dos horas en casa desde que llegaste!
Por una vez, Maggie no quiso disculparse.
– Vamos a ir de compras y pasear hasta la isla Cana.
– ¿Para qué quieren ir allí? Han estado en ese sitio miles de veces.
– Es nostálgico.
– Qué tontería. Ese viejo faro se desmoronará un día de estos y todos tendremos que pagar…
Maggie se marchó en medio de la diatriba de Vera.
Llevó su coche. Pasó a buscar a Brookie y juntas fueron a la Tienda de Ramos Generales de Fish Creek donde Roy les preparó gigantescos sandwiches de pavo y queso y, sonriendo, les dijo:
– ¡Que se diviertan!
Pasaron la mañana revolviendo tiendas de antigüedades de la Carretera 57, cabañas de troncos restauradas cuyo encanto cobraba vida detrás de persianas blancas y canteros de flores. Una era un gran granero rojo, con puertas que se abrían a inmensos charcos de sol sobre pisos de madera de pino pintada. De las vigas colgaban ramilletes de hierbas y las buhardillas estaban llenas de colchas hechas a mano y velas rústicas. Examinaron jarras y jofainas, juguetes de hojalata, encaje antiguo, trineos con patines de madera, ollas de barro, mecedoras, urnas y armarios.
Brookie descubrió una encantadora cesta azul con flores y espigas secas y un inmenso moño rosado en la manija.
– Me encanta -dijo, dejándola colgar de un dedo.
– Cómprala -sugirió Maggie.
– No puedo.
– Yo sí. -Maggie se la quitó de la mano.
Brookie la recuperó y la volvió a colocar sobre el soporte.
– Ah, no, ni se te ocurra.
Maggie volvió a tomar la canasta.
– Te digo que sí.
– ¡No y no!
– Brookie -insistió Maggie, mientras las dos sujetaban la canasta-. Tengo cualquier cantidad de dinero y nadie en quien gastarlo. Por favor… déjame.