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Sus ojos se encontraron en una lucha amistosa. Sobre sus cabezas, el viento hizo sonar unas campanillas.

– Está bien. Gracias.

Una hora más tarde, cuando hubieron cruzado la costa rocosa hasta la isla Cana, visitado el faro, explorado la orilla, nadado y comido en el picnic contemplando el lago Michigan, Maggie se tendió de espaldas sobre una manta; se había puesto anteojos oscuros para protegerse del sol.

– Eh, Brookie -dijo.

– ¿Mmm?

– ¿Te puedo contar algo?

– Claro.

Maggie se bajó los anteojos y escudriñó una nube por encima de ellos.

– Es cierto lo que te dije allí en la tienda de antigüedades, ¿sabes? Soy tremendamente rica y ni siquiera me importa.

– No me molestaría probar la sensación por un tiempo.

– Es el motivo, Brookie. -Volvió a colocar en su sitio los anteojos. Me dieron más de un millón de dólares por la muerte de Phillip, pero yo devolvería cada centavo si pudiera hacerlo volver a la vida. Es una sensación extraña… -Maggie rodó sobre un costado para mirar a Brookie y apoyó la mandíbula sobre una mano. -Desde el momento en que llegó el veredicto de la FCC -error del piloto; la tripulación de tierra dejó un alerón abierto en el avión- supe que jamás tendría que volver a preocuparme por dinero. No sabes las cosas que te cubren estas indemnizaciones. -Las contó con los dedos. -Sufrimiento de los hijos, su mantenimiento y educación universitaria, el dolor y sufrimiento de los sobrevivientes, hasta el sufrimiento de la víctima mientras el avión caía… ¡Me pagan por eso, Brookie, a mí! -Se tocó el pecho con desesperación. -¿Puedes imaginar cómo me siento al aceptar dinero por el sufrimiento de Phillip?

– ¿Hubieras preferido que no te dieran nada? -preguntó Brookie.

La boca de Maggie se curvó hacia abajo mientras ella miraba a su amiga con aire pensativo. Se volvió a tender de espaldas y se tapó la frente con un brazo.

– No lo sé. No. Es una tontería decir que sí. Pero… ¿no comprendes? Me pagan todo: la casa de Seattle, la carrera de Katy, automóviles nuevos para ambas. Y estoy cansada de enseñar a adolescentes cómo preparar masa de tarta cuando probablemente la comprarán hecha. Y estoy harta de ruidosos niños de edad preescolar, y de enseñar desarrollo infantil cuando las estadísticas muestran que un tercio de las parejas que se casan en estos días decide no tener hijos y la mayoría del resto termina en un tribunal de divorcio. Tengo todo este dinero y nadie con quien gastarlo y todavía no estoy preparada para salir con hombres, y aun si saliera, cualquier hombre que me invitara me resultaría sospechoso pues creería que anda detrás de mi dinero. ¡Ay, Dios, no sé ni qué quiero decir!

– Yo sí. Necesitas motivación. Necesitas un cambio. -Brookie le se irguió.

– Eso es lo que todos me dicen.

– ¿Quiénes son todos?

– El psiquiatra. Eric Severson.

– Bueno, si todos lo dicen, debe de ser cierto. Lo único que necesitamos es encontrar el tipo de cambio. -Brookie miró el agua con expresión ceñuda, sumida en sus pensamientos.

Maggie la espió con un ojo, luego lo cerró y masculló:

– Mmm, esto sí que va a ser bueno.

– Bien, veamos… todo lo que tenemos que hacer es pensar en algo para lo que serías buena. Un momento… un momento… se me está ocurriendo algo… -Brookie se levantó de un salto y quedó de rodillas. -¡Lo tengo! ¡La vieja casa Harding allí en Cottage Row! Estuvimos hablando de eso el otro día durante la cena. ¿Sabías que el viejo Harding murió la primavera pasada y la casa ha estado vacía desde entonces? ¡Podría ser una fantástica hostería con desayuno incluido! Está esperando que…

– ¿Estás loca? ¡Yo no soy posadera!

– …venga alguien y se tome la molestia de arreglarla.

– No quiero estar atada.

– En el verano. Estarías atada en el verano. En invierno podrías tomar tus montañas de dinero e irte a las Bahamas en busca de un hombre más rico que tú. Dijiste que te sentías sola. Que odiabas tu casa vacía. Pues cómprate una donde puedas poner gente.

– ¡De ninguna manera!

– Siempre te encantó Cottage Row, y la vieja casa Harding debe de tener mucho encanto potencial entre los tablones del piso.

– Y corrientes de aire, ratas y termitas, sin duda.

– Tienes talento. Caramba, ¿de qué se trata la economía doméstica, de todos modos? De cocinar, limpiar, decorar. Apuesto que hasta les diste cursos de buen gusto a esos punks de pelo grasiento, ¿eh?

– Brookie, no quiero…

– Y te encanta revolver las antigüedades. Te volverías loca revolviendo con miras a comprar de veras y llenar ese lugar. Iríamos a Chicago, a los mercados de pulgas y subastas. A la Bahía Oreen, a los locales de cosas usadas. Recorreríamos todo Door County buscando antigüedades. Con todo el dinero que tienes podrías decorar el lugar como la mansión Biltmore y…

– ¡Me niego a vivir a menos de mil kilómetros de mi madre! Por Dios, Brookie, ¡ni siquiera serían llamadas de larga distancia!

– Es cierto, lo olvidé. Tu madre es un problema… -Brookie se mordió el labio inferior mientras pensaba. De pronto, el rostro se le iluminó: -Pero podríamos solucionarlo. Ponla a trabajar limpiando, fregando, haciendo algo así. Nada pone más feliz a la vieja Vera que tener un trapo de limpieza en la mano.

– ¿Estás bromeando? De ninguna manera tendría a mi madre en la casa.

– Muy bien, entonces Katy podrá limpiar. -El rostro de Brookie se tornó más ávido. -¡Por supuesto! ¡Es perfecto! Katy podría venir durante el verano y ayudarte. Y si vivieras aquí, podría hasta venir los fines de semana o los feriados, que es lo que deseas ¿no?

– Brookie, no seas tonta. Ninguna mujer sola que estuviera en sus cabales se cargaría con semejante casa.

– Sola, un rábano. Los hombres se compran. Obreros, jardineros, yeseros, carpinteros, hasta adolescentes que buscan trabajos durante el verano. Hasta mis adolescentes. Puedes dejar todo el trabajo sucio a los empleados y encargarte tú de la administración. El momento es perfecto. La compras ahora, la arreglas durante el invierno y tienes tiempo de hacer publicidad y abrir para la próxima temporada turística.

– No quiero administrar una hostería.

– ¡Qué buen lugar, justo sobre la bahía! Apuesto a que todas las habitaciones tienen vista al lago. Los clientes te derribarían la puerta para hospedarse en un lugar así.

– No quiero clientes derribándome la puerta.

– Y, si no me equivoco, hay una vivienda para el jardinero sobre el garaje, ¿recuerdas? Está contra la colina del otro lado de la calle. Ay, Maggie, sería perfecto.

– Entonces será perfecto para otra persona. Te olvidas de que soy profesora de economía doméstica en Seattle y que vuelvo a mi trabajo el lunes.

– Ah, sí, Seattle. El sitio donde llueve todo el invierno y donde los mejores amigos de tu marido se te tiran lances en el club y donde te deprimes tanto que tienes que ir a terapia de grupo.

– Ya te estás poniendo grosera.

– ¿Y bueno, no es cierto, acaso? ¿Qué amigos salieron a ayudarte cuando lo necesitaste? Aquí es donde están tus amigos, lo quieras o no. ¿Qué tiene Seattle para hacerte permanecer allí?

Nada. Maggie se mordió los labios para no responder.

– ¿Por qué te empecinas así? Vas a volver a un trabajo que te aburre, a una casa solitaria, a… caray, no sé a qué vas a volver. Tu médico te dice que necesitas un cambio y el problema es dar con el cambio. Pues bien, ¿cómo vas a averiguarlo si no te pones a buscar una nueva vida? Quizá no sea poner una hostería, ¿pero qué tiene de malo probar? Y cuando vuelvas a Seattle, ¿quién tienes allí que te motive y te haga buscar algo? Vamos, ¿qué esperas? Recoge tus cosas. ¡Vamos a ver la casa Harding!