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– ¡Brookie!

Brookie ya estaba de pie, doblando una toalla.

– Recoge lodo, dije. ¿Qué otra cosa tienes para hacer esta tarde? Puedes quedarte aquí si quieres. Yo me voy a ver la casa Harding, aunque sea sola.

– ¡Brookie, espera!

Pero Brookie ya estaba a diez metros, con la toalla bajo un brazo y el bolso vacío bajo el otro, dirigiéndose hacia tierra firme. Mientras Maggie se levantaba lentamente y la miraba con fastidio, Brookie le gritó por encima del hombro:

– ¡Apuesto a que ese sitio tiene más de cien años y es lo suficientemente antiguo como para estar en el Registro Nacional! ¡Piénsalo, podrías estar en la lista de Hosterías de Estados Unidos!

– ¡Por última vez, no quiero estar en la lista de Hosterías…! -Maggie se golpeó los muslos con los puños. -¡Al diablo contigo, Brookie! -exclamó y empezó a seguirla.

En Propiedades Homestead, Althea Munne levantó la vista mientras lamía y cerraba un sobre.

– Enseguida estoy con ustedes, señoras. Ah, hola, Glenda.

– Hola, señora Munne. ¿Recuerda a Maggie Pearson, no?

– Claro que sí. -Althea se levantó y se adelantó, mirando a Maggie a través de anteojos cuyos bordes tenían más ángulos que los techos del Vaticano. Los cristales eran color frambuesa, sin marcos y sobre la izquierda, una pequeña A de oro descansaba justo encima de la mejilla de Althea. Estaban montados en lo que parecían ser las joyas de la corona y Althea resplandecía como un salón de baile espejado, y descansaban sobre una pequeña nariz de búho por encima de un par de labios ridículamente pintados con lápiz labial que se le había corrido hasta las arrugas alrededor de la boca.

La ex maestra estudió a Maggie y recordó:

– Clase 64, Sociedad de Honor, coro y bastonera.

– Todo correcto, menos el año. Era clase del 65.

Sonó el teléfono y mientras Althea se disculpaba para atender, Maggie echó una mirada a Brookie, que sonrió con satisfacción y masculló.

– A que en Seattle no tienes agentes inmobiliarios así.

La señora Munne regresó en ese momento y preguntó:

– ¿En qué puedo ayudarlas?

– ¿A qué precio está la casa Harding? -preguntó Brookie.

– La casa Harding… -Althea se humedeció los labios. -Sí. ¿Cuál de las dos está interesada en verla?

– Ella.

– Ella.

Maggie señaló a Brookie y Brookie señaló a Maggie. Althea frunció los labios. Aguardó como podría aguardar una antigua maestra a que la clase hiciera silencio. Maggie suspiró y mintió.

– Yo.

– La casa cuesta noventa y seis mil novecientos dólares. Tiene más de medía hectárea y sesenta metros de costa. -Althea se apartó para buscar las hojas de información sobre la casa y Maggie fulminó a Brookie con la mirada. -La mujer regresó y preguntó: -¿El precio está dentro de lo que pensabas gastar?

– Eh… -Maggie dio un respingo. -En… sí… está dentro de lo que pensaba gastar.

– Está vacía. Necesita reparaciones, pero sus posibilidades son ilimitadas. ¿Te gustaría ir a verla?

– Bueno… -Maggie vaciló y recibió un golpe de Brookie en la rodilla. -Sí… ¡Por supuesto!

Condujo Althea, y les hizo una breve reseña de la historia de la casa mientras iban hacia allá.

La casa Harding había sido construida en 1901 por un magnate naviero de Chicago llamado Throckmorlon para su mujer, que murió antes que la casa estuviera terminada. Entristecido inconsolablemente por la pérdida, Throckmorton vendió la casa a un tal Thaddeus Harding, cuyos descendientes la ocuparon hasta la muerte del nieto del viejo Thaddeus, William, ocurrida la primavera anterior. Los herederos de William vivían en distintas partes del país y no tenían interés en mantener ese elefante blanco. Lo único que deseaban era recibir la parte que les correspondía por la venta.

En el asiento trasero, Maggie viajaba junto a Brookie, con la mente obstinadamente cerrada. Tomaron hacia el extremo oeste de la calle principal, luego hacia el sur, a Cottage Row, por una calle pintoresca que se curvaba y trepaba por un empinado risco; pasaron por un denso bosque de cedros entre viejas propiedades construidas a principios de siglo por los poderosos de Chicago, que viajaban en automóvil por la costa del Lago Michigan para pasar los veranos en las frescas brisas de la Península Door,

El camino boscoso dejaba entrever bonitas casas -todas diferentes-detrás de muros de piedra. Algunas estaban en un nivel más bajo que el camino, con los garajes contra el acantilado a la izquierda, del otro lado de la calle. Otras se elevaban sobre jardines coloridos. Muchas se dejaban ver por entre cercos de enredaderas y arbustos. De tanto en tanto, resplandecían las aguas azules de la Bahía Green, trayendo imágenes de vistas panorámicas desde las casas.

La primera impresión de Maggie no fue de la casa Harding en sí, sino de una cancha de tenis abandonada, protegida en la base del risco del otro lado de la calle. El musgo se había adueñado de los bloques de piedra caliza, que estaban rajados y torcidos. La superficie de juego estaba cubierta con los despojos del bosque circundante: hojas secas, ramas, pinas y latas de aluminio arrojadas por turistas descuidados.

Pero a lo largo del extremo sur de la cancha, una vieja glorieta de madera hablaba de los días en que el ruido de las pelotas de tenis resonaba desde la pared del acantilado y los jugadores descansaban allí entre set y set. Las enredaderas habían crecido con tanta fuerza que habían rajado la madera, pero evocaba imágenes de días de grandeza. Del otro lado de la cancha había un garaje con un apartamento encima, construido años después. Era una reliquia con pesadas puertas de madera. Maggie descubrió que sus ojos volvían a la glorieta mientras seguía a Althea a través de un claro entre los densos arbustos que protegían el jardín y la casa de la ruta.

– Daremos una vuelta por afuera, primero -indicó Althea.

La casa era de estilo Reina Ana, grisácea por la vejez y la falla de reparación y, desde el lado de la tierra, parecía ofrecer muy poco además de una galería trasera pequeña con el piso podrido, barandas rotas y mucha madera que pedía pintura a gritos. Pero ruando siguió a Althea alrededor de la casa, Maggie levantó la vista y vio una colección encantadora de formas asimétricas cubiertas con tejas en forma de escama de pescado, con pequeños porches en lodos los niveles, listones de cornisa a la vista, tablones de madera tallada en los extremos del techo, una amplia galería delantera que miraba al lago y, en la planta superior, en la esquina que daba al sudoeste, la galería más fantasiosa que se pudiera imaginar, redondeada, con columnas de madera bajo un lecho con forma de sombrero de bruja.

– ¡Mira, Brookie! -exclamó Maggie, señalando.

– El Mirador -explicó Althea-. Pertenece al dormitorio principal. ¿Les gustaría entrar a verlo?

Althea no era ninguna tonta. Las hizo entrar por la puerta principal, pasando por la galería delantera cuyo piso estaba en mucho mejor estado que el de la trasera; por una puerta de madera de roble tallado con una banderola de vidrio de colores y costados haciendo juego; a un amplio vestíbulo con una escalera que hizo que Maggie ahogara una exclamación. Miró hacia arriba y la vio curvarse en dos descansos alrededor de un espacio abierto que daba al corredor de la planta superior.

El corazón comenzó a latirle con fuerza aun a pesar del olor a moho.

– La madera de toda la casa es de arce. Se dice que el señor Throckmorton se la hizo cortar por encargo en Bahía Sturgeon.

Desde una puerta a la izquierda, Brookie dijo:

– Maggie, mira esto.

Abrió una puerta corrediza y aparecieron telarañas, polvo y el crujido de metal oxidado.