Althea se apresuró a explicar:
– El señor Harding vivió solo aquí durante casi veinte años luego de la muerte de su mujer y, lamentablemente, dejó que la casa se viniera abajo. Clausuró muchas de las habitaciones. Pero cualquiera que tenga ojo reconocerá la calidad bajo la tierra.
La planta principal contenía una sala formal con un pequeño hogar de piedra, y un "salón de música" adyacente. Del otro lado de vestíbulo estaba el comedor, que se conectaba a través de una despensa con la cocina que estaba atrás. Frente a la despensa estaba la habitación de servicio. Cuando Althea abrió la puerta una ardilla huyó por entre voluminosas pilas de periódicos que parecían haberse mojado y secado muchas veces.
– La casa necesita una buena limpieza -murmuró Althea, abochornada, y siguió hacia la cocina.
Ésta era horrorosa, con pintura verde descascarándose en un rincón, delatando malas cañerías. La pileta estaba más oxidada que un petrolero y los armarios -solamente un metro y medio de armarios-eran de una madera horrible, pintada del mismo verde amarillento que las paredes. Dos ventanas largas y estrechas ostentaban cortinas desgarradas de encaje del color del diente de un viejo caballo, mientras que detrás de ellas colgaban persianas color verde militar. Entre las dos ventanas había una desvencijada puerta que daba a la pequeña galería podrida que habían visto desde afuera. La cocina hizo que Maggie recuperara la cordura.
– Señora Munne, me parece que la estamos haciendo perder el tiempo. Esto no es lo que tenía en mente.
Althea prosiguió, sin amilanarse.
– Uno tiene que imaginarla como podría ser, no como es. Esta cocina es un espanto, pero ya que estamos, podríamos echar un vistazo a la planta superior.
– No va a ser necesario.
– Sí, vamos. -Brookie tomó a Maggie del brazo y la obligó a seguir. Mientras subían la escalera detrás de la señora Munne, Maggie pellizcó el brazo de Brookie y masculló:
– Este sitio es un desastre y huele a mierda de murciélago.
– ¿Cómo sabes qué olor tiene la mierda de murciélago?
– Porque es el mismo olor que había en el desván de mi tía Lil.
– Hay cinco dormitorios -dijo la señora Munne-. El señor Harding clausuró todos salvo uno.
El que había dejado en uso resultó ser el del mirador y en cuanto Maggie pisó la habitación sintió que estaba perdida. Ni el papel manchado de humedad, ni la alfombra con olor a moho ni la desagradable colección de muebles viejos comidos por las ratas podían ocultar el encanto del cuarto. Éste se debía a la vista al lago obtenida desde unas altas ventanas profundas y las columnas exquisitamente talladas de la terraza. Como hipnotizada, Maggie abrió la puerta y salió. Presionó las rodillas contra la baranda de madera, mirando hacia el oeste. El sol hacía que la superficie de Bahía Green pareciera una joya. Debajo, el jardín era un desastre; un muelle podrido se hundía a medias en el agua. Pero los árboles eran arces frondosos y antiguos. El mirador era sólido, elegante, evocativo, un sitio desde donde las mujeres quizás hubieran oteado el horizonte esperando los barcos que traerían de regreso a sus maridos.
Maggie sintió tristeza por el suyo, que jamás caminaría por ese jardín, ni compartiría con ella la habitación que había a sus espaldas ni bajaría corriendo la magnífica escalera.
Pero, con la misma certeza con la que supo que se arrepentiría mil veces, supo que cometería la locura que Brookie le había metido en la cabeza: viviría en la Casa Harding.
– Muéstreme los otros dormitorios -ordenó al regresar adentro.
No tuvieron ninguna importancia. Eran encantadores, pero palidecían en comparación con la habitación del mirador. Al regresar del altillo (que demostró que Maggie tenía razón: había estado compartiendo la casa con cientos de murciélagos), entró de nuevo en su habitación preferida.
He vuelto a casa, pensó sin lógica alguna, y se estremeció.
Siguiendo a Althea de nuevo escaleras abajo, dijo:
– Lo convertiría en una hostería para dormir y desayunar. ¿Cree que habría problemas zonales?
Brookie tomó a Maggie del brazo desde atrás y la hizo girar, presentando ojos desorbitados y una boca abierta por el asombro.
– ¿Hablas en serio? -susurró.
Maggie se apretó la palma de la mano contra el estómago y contestó en un susurro:
– Estoy temblando por dentro.
– Una hostería… hmmm -dijo Althea al llegar a la planta principal. -No estoy segura. Tendría que verificarlo.
– Y quiero que un ingeniero revise la casa para asegurarse de que las estructuras están en condiciones. ¿Tiene subsuelo?
– Un pequeño sótano. No olvides que estamos sobre suelo rocoso.
Las torturas de la Inquisición podrían haberse llevado a cabo en el sótano, tan húmedo y negro era. Pero había una caldera y Althea alegó que funcionaba. Un nuevo examen de la cocina y la habitación de servicio mostró que había habido pérdidas en las cañerías. Era probable que los artefactos del baño que estaba encima estuvieran a punto de caer por el cielo raso. Mientras Maggie vacilaba, Brookie gritó desde la sala:
– Maggie, ven. ¡Tienes que ver esto!
Brookie había corrido una alfombra apolillada y estaba de rodillas, frotando el piso con un pañuelo de papel humedecido. Escupió, volvió a frotar y exclamó:
– ¡Sí! ¡Es parqué!
El barómetro emocional de Maggie volvió a subir.
Juntas, en cuatro patas, vestidas todavía con trajes de baño y salidas de playa, descubrieron lo que Althea no había adivinado: la sala tenía piso de listones de tres centímetros de madera de arce, dispuestos en forma de nido de pájaro. En el centro exacto de la habitación, encontraron el trozo más pequeño: un cuadrado perfecto. Desde allí, los listones se abrían hacia los extremos de la habitación alargándose cada vez más hasta desaparecer debajo de los zócalos que languidecían bajo años de mugre y polvo.
– Santo Cielo, imagina esto pulido y plastificado -dijo Brookie-. Quedaría reluciente como un violín nuevo. -Maggie no necesitaba más persuasiones. Subió la escalera para ver una vez más la habitación del mirador antes de tener que despedirse de ella por un tiempo.
Una hora después de haber pisado por primera vez la oficina de Propiedades Homestead, Maggie y Brookie estaban de nuevo en el coche alquilado, mirándose y reprimiendo gritos de entusiasmo.
– Por todos los santos, ¿qué estoy haciendo?
– Curándote la depresión.
– Caray, Brookie, esto es una locura.
– ¡Lo sé! ¡Pero estoy tan emocionada que me voy a hacer pipí encima!
Rieron, gritaron y golpearon los pies contra el suelo.
– ¿Qué día es hoy? -preguntó Maggie, demasiado perturba da como para calcular trivialidades como ésa.
– Jueves.
– Me quedan dos días para hacer averiguaciones, uno y medio, si voy a esa boda. Diablos, ojalá no le hubiera dicho a Lisa que iría. ¿Tienes idea de dónde puedo averiguar si hay restricciones zonales para una hostería?
– Podríamos probar en el municipio.
– ¿Hay arquitectos o ingenieros aquí?
– Hay un arquitecto en Bahía Sisler.
– ¿Y abogados?
– Carlstrom y Nevis, como siempre. ¡Por Dios, Maggie, hablas en serio! ¡De veras vas a hacerlo!
Maggie se llevó una mano al agitado corazón.
– ¿Sabes hace cuánto tiempo que no me sentía así? ¡Casi no puedo respirar!
Brookie rió. Maggie apretó el volante, echó la cabeza hacia atrás y hundió los hombros contra el asiento.
– Ay, Brookie, es una sensación fantástica.
Demasiado tarde, Brookie le advirtió:
– Te costará un ojo arreglar esa reliquia.
– Soy millonaria, puedo permitírmelo.