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A ella le importaba, pero no lo dijo. Eric le tocó el hombro y la dejó con su madre, diciendo:

– Discúlpame. Enseguida vuelvo.

Al verlo partir, Nancy sintió una punzada de temor, pues supo que iba hacia su novia de la adolescencia. La mujer era una rica viuda que hacía poco tiempo lo había llamado a medianoche y Eric era un hombre atractivo vestido con traje gris nuevo y una camisa blanca que acentuaba su cuerpo musculoso y su tono bronceado. Mientras él avanzaba por entre la gente, dos adolescentes y una mujer de unos setenta años se quedaron mirándolo cuando pasó junto a ellas. Si ellas lo miraban, ¿qué haría su antigua novia?

Eric vio a Maggie desde atrás, vestida de blanco con un chal rosado pálido cubriéndole el cuello y un hombro. Seguía morena, seguía delgada. Estaba conversando animadamente con los demás; movía las manos, aplaudió una vez, luego cambió el peso del cuerpo a una pierna y ladeó el otro zapato de taco alto contra la acera.

Al acercarse, Eric sintió un nudo de tensión… expectativa y curiosidad. Maggie clavó un dedo en el tórax de Brookie, sin dejar de hablar y el grupo rió. Cuando Eric llegó a ella, estaba exclamando:

– …¡el inspector de leche del estado de Wisconsin, por favor!

Eric le tocó un hombro.

– ¿Maggie?

Ella miró hacia atrás y quedó inmovilizada. Se miraron largamente. Habían pasado los años, pero la antigua intimidad los mantuvo atrapados por un instante en el que ninguno supo qué hacer ni qué decir.

– Eric… -Maggie fue la primera en recuperarse y sonreír.

– Me pareció que eras tú.

– Eric Severson, qué gusto me da verte. -Maggie habría abrazado a cualquier otra persona, pero a él sólo le tendió las manos.

Él se las tomó y las apretó con fuerza.

– ¿Cómo estás?

– Bien. Mucho mejor. -Maggie se encogió de hombros y sonrió ampliamente. -Feliz.

Estaba delgada como un junco. El hoyuelo todavía le daba forma de corazón al mentón, pero junto a él había dos líneas profundas que le encerraban la boca entre paréntesis cuando sonreía. Tenía las cejas más finas y le habían aparecido patas de gallo alrededor de los ojos. Vestía ropa elegante y tenía el pelo -todavía castaño- peinado con estudiado descuido.

– Feliz… bueno, qué alivio. Se te ve fantástica.

– A ti también -respondió ella.

El azul del Lago Michigan todavía se veía en sus ojos y tenía la piel lisa y tostada. El pelo, en algún tiempo casi amarillo y largo hasta el cuello de la camisa, se le había oscurecido a un color sidra y ahora estaba corto y bien peinado. Había madurado de su apostura juvenil para convertirse en un hombre atlético y buen mozo. Su cuerpo estaba más ancho; la cara, más llena; las manos eran firmes y grandes.

Maggie las soltó con discreción.

– No sabía que estarías aquí -dijo Eric.

– Yo tampoco. Brookie me convenció de que regresara y Lisa insistió en que viniera a la boda. Pero tú… -Rió, sorprendida y feliz. -Tampoco esperaba encontrarte.

– Gary y yo somos miembros de la Asociación Cívica de Fish Creeck. Trabajamos juntos para evitar que demolieran el antiguo edificio del municipio. Cuando pasas tanto tiempo con un proyecto, te haces amigos o enemigos. Gary y yo nos hicimos amigos.

En ese momento Brookie dio un paso adelante e interrumpió.

– ¿Y a nosotros, el resto de tus amigos, Severson? ¿Ni siquiera vas a saludarnos?

Eric se volvió hacia ellos.

– Hola, Brookie. Gene.

– Y este es Lyle, el marido de Lisa.

Se estrecharon la mano.

– Soy Eric Severson, un viejo amigo de la escuela.

– Cuéntale las novedades, Maggie -dijo Brookie con satisfacción.

Eric bajó la mirada cuando Maggie levantó el rostro para sonreírle.

– Voy a comprar la vieja casa Harding.

– ¡Mentira!

– No, de veras. Acabo de pagar la seña y firmar un contrato de compra condicional.

– ¿Esa vieja y enorme monstruosidad?

– Si todo va bien será la primera hostería con desayuno incluido de Fish Creek.

– Eso sí que fue rápido.

– Brookie me obligó a hacerlo. -Se tocó la frente como si estuviera mareada. -Todavía no puedo creer que lo hice… ¡que lo estoy haciendo!

– La casa parece estar a punto de desmoronarse.

– Puede que estés en lo cierto. La semana que viene irá un ingeniero a echarle un vistazo y si las estructuras no están buenas, el negocio se anula. Pero por ahora, estoy entusiasmadísima.

– Pues no te culpo. ¿Y hace cuánto tiempo que estás aquí?

– Llegué el martes. Me voy mañana.

– Un viaje corto.

– Pero intenso.

Se encontraron mirándose otra vez: dos viejos amigos y algo más que eso. Ambos comprendieron que siempre serían algo más.

– Oye -dijo él de pronto, mirando por encima del hombro-. Ven a saludar a mi madre. Sé que le encantaría verte.

– ¿Está aquí? -preguntó Maggie con entusiasmo.

Una sonrisa trepó por la mejilla izquierda de Eric.

– Se hizo rulos especiales para la ocasión.

Maggie rió mientras se volvían hacia un grupo que estaba a unos metros de distancia. Reconoció a Anna Severson de inmediato, canosa, de pelo rizado, y rellena como un cono de helado de dos gustos. Estaba con el hermano de Eric, Mike, y su mujer, Barbara, a quien Maggie recordaba como una colegiala mayor que ella que había desempeñado el papel de asesina en una obra de teatro de la escuela. Con ellos, también, había una bellísima mujer. Maggie adivinó enseguida que era la mujer de Eric.

Eric la impulsó hacia adelante tomándola del codo.

– Ma, mira quién está aquí.

Anna interrumpió lo que estaba diciendo, se volvió y levantó las manos.

– ¡No lo puedo creer!

– Hola, señora Severson.

– ¡Margaret Pearson, ven aquí!

Anna la abrazó con fuerza y le golpeó la espalda tres veces antes de apartarla y mirarla con atención.

– No se te ve muy diferente de lo que eras cuando venías a mi cocina y me liquidabas medio pan recién horneado. Un poco más delgada, sólo.

– Y un poco más vieja.

– Sí, bueno, ¿a quién no le pasa? Todos los inviernos digo que no voy a manejar la empresa de nuevo en la primavera, pero cuando se derrite el hielo comienzo a sentir ganas de ver llegar a los turistas llenos de entusiasmo y excitación por el pez que han sacado y de ver entrar y salir a los barcos. Te pasas mirando barcos toda tu vida y luego no sabes hacer otra cosa. Los muchachos tienen dos ahora, sabes. Mike se encarga de uno. ¿Recuerdas a Mike, no? Y a Barbara.

– Claro que sí. Hola.

– Y ella -interrumpió Eric, apoyando una mano posesiva sobre la nuca de la mujer más impresionantemente bella que Maggie jamás había visto-…es mi esposa, Nancy. -Sus facciones tenían una simetría natural casi sorprendente en su perfección, acentuada por el maquillaje aplicado con maestría, cuyas sombras se mezclaban como en una obra de arte. El peinado era estudiadamente sencillo, para que no distrajera los ojos de su belleza. Añadido a lo que la naturaleza le había dado había una esbeltez cuidadosamente lograda, acentuada por ropa cara llevada con elegancia.

– Nancy… -Maggie le estrechó la mano con calidez y la miró a los ojos, notando las pestañas finamente pintadas sobre su párpado inferior. -Media docena de personas me han hablado de su belleza y veo que tenían razón.

– Gracias. -Nancy retiró su mano. Las uñas eran rojas, bien formadas, largas como almendras.

– Quiero disculparme de inmediato por despertarla la otra noche cuando llamé. Debería haber mirado la hora antes.

Nancy curvó los labios, pero la sonrisa no llegó a sus ojos. Tampoco hizo ningún comentario conciliatorio, dejando un incómodo vacío en la conversación.