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– Maggie tiene novedades -anunció Eric, llenando el silencio-. Me dice que acaba de señar la vieja casa Harding. Quiere convertirse en posadera. ¿Qué opinas, Mike, se mantendrá esa vieja casa en pie lo suficiente como para que valga la pena?

Anna respondió.

– ¡Pero claro que sí! La construyeron en los tiempos en que sabían cómo edificar casas. Cortaron toda la madera en la Bahía Sturgeon y trajeron un tallador polaco de Chicago para que viviera allí mientras la construían y tallara todas las columnas y repisas de las chimeneas y qué sé yo qué más. ¡Solamente los pisos de esa casa valen su peso en oro! -Anna se interrumpió y miró a Maggie con atención. -¿Así que posadera, eh?

– Si es que puedo conseguir un permiso zonal. Hasta ahora ni siquiera pude averiguar a quién se lo debo pedir.

– Muy fácil -dijo Eric-. A la Junta de Planeamiento de Door County. Se reúnen una vez por mes en el tribunal de Bahía Sturgeon. Lo sé porque solía formar parle de ella.

Radiante por haberlo podido averiguar por fin, Maggie se volvió hacia Eric.

– ¿Qué tengo que hacer?

– Presentarte ante ellos y solicitar un permiso condicional de uso y explicarles para qué será.

– ¿Crees que tendré problemas?

– Bueno… -Eric adoptó una expresión de duda y se pasó una mano por la nuca. -Espero que no, pero será mejor que te advierta que es posible.

– ¡Ay, no! -Maggie pareció alicaída. -Pero la economía de Door County depende del turismo, ¿no? ¿Y qué mejor para atraer turistas que una hostería B y B?

– Estoy de acuerdo contigo, pero por desgracia ya no estoy en la junta. Hace cinco años lo estaba y tuvimos una situación en que…

Brookie interrumpió en ese momento.

– Ya nos vamos para la recepción, Maggie. ¿Vienes con nosotros? Hola, todo el mundo. Hola, señora Severson. ¿Les importa que me lleve a Maggie?

– Pero… -Maggie miró a Brookie y a Eric, que puso fin a su consternación, diciendo:

– Ve tranquila. Nosotros también estaremos en la recepción. Podremos terminar de hablar allí.

El Yacht Club estaba sobre el lado de la península que daba al Lago Michigan, a veinte minutos de automóvil. Durante todo el trayecto Maggie habló animadamente con Brookie y Gene, trazando planes, proyectándose a la primavera y al verano siguientes en los que esperaba haber abierto la hostería, preocupándose por su contrato en la escuela de Seattle, por las dificultades que podría tener para rescindirlo, y por la venta de su casa. Al llegar al club y ver el embarcadero, exclamó: -¡Y nuestro barco! ¡Me olvidé del barco! ¡Tengo que venderlo, también!

– Tranquila, querida, tranquila -le aconsejó Brookie con una sonrisa torcida-. Primero vamos a pasarlo bien en la fiesta, luego podrás preocuparte por tu nuevo negocio y hacer planes.

El Yacht Club del puerto Bailey siempre había sido uno de los sitios preferidos de Maggie y al entrar después de tanto tiempo, sintió otra vez su familiaridad. Enormes ventanales rodeaban el edificio amplio y bajo, brindando un cautivante panorama del embarcadero y los muelles donde los lujosos cruceros con cabina, traídos desde Chicago para el fin de semana, compartían las amarras con veleros más modestos. Junto a los tablones desteñidos de los muelles sus cubiertas blancas relucían como un collar de perlas flotando sobre las cristalinas aguas azules. Entre el club y los muelles, un jardín bien cuidado descendía suavemente hasta el agua.

Adentro, la alfombra era mullida y el aire estaba saturado con el aroma de calentadores recién encendidos en una extensión de cinco metros de mesas de bufé colocadas contra los ventanales. Llamas azules ondeaban bajo brillantes fuentes plateadas. Una hilera de cocineros con altos gorros blancos aguardaban con las manos cruzadas detrás de la espalda, saludando a los invitados con la cabeza a medida que éstos entraban. En el salón adyacente, un grupo tocaba perezosas melodías de jazz que llegaban hasta el comedor, volviendo el ambiente aún más agradable. Las mesas estaban cubiertas por manteles de hilo blanco; sobre cada plato del mismo color había una servilleta coral prolijamente doblada y las copas de cristal aguardaban que las llenaran.

A medida que entraban los invitados, Maggie reconoció muchos rostros familiares, algo mayores, pero inconfundibles. La vieja señora Huntington, que años atrás había sido cocinera en la escuela secundaria, se acercó a Maggie para saludarla con cariño y ofrecer sus condolencias por la muerte de su marido. Dave Thripton, que cargaba combustible en los muelles de Fish Creek, se acercó y dijo:

– Te recuerdo: eres la hija de Roy Pearson. Cantabas en las reuniones de padres y maestros, ¿no es así? -La señora Marvel Peterson, miembro del grupo de damas de caridad de su madre, la invitó a pasar por su casa cuando quisiera. Clinton Stromberg y su mujer, Tina, que tenían una hostería cerca de Bahía Sister, ya se habían enterado de su intención de comprar la vieja casa Harding y le desearon suerte.

Maggie estaba hablando sobre el tema del hospedaje en Door County cuando por el rabillo del ojo vio llegar a Eric y su familia. Escuchando a Clinton con un oído, vio cómo Eric saludaba y recibía una copa de champagne de una camarera y luego encontraba un sitio para su mujer y su madre en el otro extremo de la habitación y se sentaba con ellas.

Maggie se había dado cuenta perfectamente de que Nancy Severson la había recibido con frialdad, y si bien estaba ansiosa por continuar su conversación con Eric, le pareció mejor no acercarse a él de nuevo. Junto con su grupo, encontró lugar para sentarse lejos de donde estaba Eric.

Sus miradas se encontraron, en una oportunidad, durante la cena. Eric esbozó una sonrisa impersonal y Maggie quebró el contacto volviéndose para decir algo a Brookie, que estaba a su izquierda.

Cenaron los famosos y extravagantes platos de pescado del club: escalopes Mornay, lenguado relleno, siluro a la Cajun, langostinos marinados y pinzas de cangrejo cocinadas al vapor. Más tarde, cuando los invitados volvieron a mezclarse para conversar, Maggie encontró un momento para estar a solas. El baile había comenzado; ella fue a pararse junto al inmenso ventanal para contemplar el sol poniente sobre el agua de la bahía. Apareció un par de veleros, blancos y displicentes como gaviotas. Los camareros se habían llevado las relucientes sartenes y ollas y habían apagado las llamas azules. El fuerte aroma del calentador a alcohol, tan característico de los restaurantes elegantes, le hacía recordar el club de campo de Bear Creek, donde había asistido a una boda antes que Phillip muriera. Habían estado con sus amigos, conversando, riendo, bailando. Seis meses después de su muerte rechazó la invitación a otra boda, pues no se sentía con fuerzas para enfrentarla a solas. Y ahora aquí estaba, disfrutando de un día agradable. Había roto otra de las barreras de la viudez. Quizá, como le habían dicho en el grupo de terapia, fue ella la que se alejó de sus amigos. En aquel entonces ella se había defendido con vehemencia: "¡No, ellos me abandonaron a mí!"

Aquí, en un entorno familiar y entre rostros conocidos, entusiasmada por los cambios inminentes en su vida, por fin admitió ante sí misma una verdad que tendría que haber reconocido hacía un año.

Si hubiera buscado ayuda antes, me habría sentido menos sola y desdichada.

El sol se estaba ocultando. Se había sentado sobre el agua como una enorme moneda. Cruzando su camino, los veleros parecían flotar unos centímetros por encima del agua. Más cerca, alrededor de los barcos amarrados, el agua calma parecía de seda, arrugada sólo por un par de patos que disfrutaban del último baño del día.

– ¿Es hermoso, no te parece? -comentó Eric junto al hombro de Maggie.

Ella controló el impulso de mirarlo, pues supo que sin duda su mujer los estaría observando desde algún rincón del salón.