Eric, entusiasmado por la conversación, la dejó marchar, luego volvió a apuntar con el escarbadientes.
– Debes recordar que estarás frente a un grupo de residentes de Door que deben velar por los intereses de todos. En este momento, en la junta están: un granjero de Sevastopol, una profesora de la secundaria, un pescador comercial, un periodista, el dueño de un restaurante y Loretta McConnell. ¿Recuerdas a Loretta McConnell?
Maggie sintió que su entusiasmo se desvanecía.
– Lamentablemente, sí.
– Quería ser dueña de Fish Creek. Su familia ha estado aquí desde que Asa Thorpe construyó su cabaña. Si decide votar en contra de tu permiso, la cosa se te complicará. Tiene dinero y poder, y a menos que me equivoque, a pesar de sus ochenta años, usa muy bien ambas cosas.
– ¿Qué hago si me lo niegan?
– Vuelves a solicitarlo. Pero la mejor forma de evitar eso es presentarte ante ellos con todos los datos y cifras que puedas reunir. Diles cuánto piensas gastar para restaurar el sitio. Tráeles presupuestos reales. Consigue estadísticas sobre la cantidad de unidades de hospedaje que se llenan aquí en la temporada turística pico y cuántos turistas se tienen que ir por falta de alojamiento. Tranquilízalos respecto del estacionamiento. Consigue que residentes locales te apoyen y se presenten ante la junta.
– ¿Tú lo harías?
– ¿Haría qué cosa?
– Apoyarme ante ellos.
– ¿Yo?
– Fuiste miembro de la junta. Te conocen, te respetan. Si consigo que creas que alteraré el ambiente lo menos posible con mi negocio, que no llenaré Cottage Row de automóviles ¿te presentarías conmigo ante la junta y les recomendarías que me otorgaran el permiso?
– Bueno, no veo por qué no. Me vendría bien también a mí cerciorarme de lo que piensas hacer con la casa.
– Desde luego. En cuanto tenga planos y presupuestos, serás el primero en verlos.
– Otra cosa.
– ¿Qué?
– No estoy tratando de entrometerme y no necesitas contestarme si no quieres, pero ¿tienes dinero para hacer todo eso? Cuando la Northridge solicitó el permiso, lo que convenció a la junta fue la cantidad de dinero que destinó al proyecto.
– El dinero alcanza y sobra, Eric. Cuando cae un avión de esas dimensiones, a los sobrevivientes se les paga bien.
– Bien. Ahora cuéntame a quién conseguiste para que te pasara presupuestos de la obra.
La conversación pasó a ingenieros, obreros, arquitectura, nada más personal que eso. Maggie le dijo que se pondría en contacto con él cuando llegara el momento en que necesitaría su ayuda, le agradeció y se despidieron con un muy recatado apretón de manos.
Poco después de la medianoche, Eric y Nancy se estaban desvistiendo en extremos opuestos de la habitación cuando ella comentó:
– Bueno, la tal Maggie No-sé-cuánto no perdió el tiempo para venírsete encima ¿no te parece?
Eric se detuvo con la corbata a medio aflojar.
– Imaginé que llegaríamos a esto.
– ¡Claro que lo imaginaste! -Nancy lo miró por el espejo mientras se quitaba los aros. -¡Casi me muero de mortificación! ¡Mi marido flirteando con su antigua novia ante los ojos de medio pueblo!
– Ni yo ni ella estábamos flirteando.
– ¿Cómo lo llamarías, entonces? -Nancy arrojó los aros dentro de un platito de porcelana y se arrancó una pulsera de la muñeca.
– Estabas allí, oíste de qué hablábamos. Sólo de la hostería que piensa poner.
– ¿Y de qué hablaban cuando estaban junto al ventanal? ¡No me vas a decir que también era de negocios!
Eric se volvió hacia ella, levantando las palmas de la mano para detenerla.
– Escucha, ambos hemos bebido un par de martinis. ¿Por qué no hablamos de esto mañana?
– ¿Eso te gustaría, verdad? -Nancy se quitó el vestido por encima de la cabeza y lo arrojó a un lado. -Así podrías escapar a tu precioso barco y no tener que responderme.
Eric se quitó la corbata de un tirón y la colgó de la puerta del placard. Luego colgó la chaqueta del traje.
– Éramos amigos en la secundaria. ¿Qué pretendías que hiciera? ¿Que le diera la espalda?
– ¡No pretendía que babearas junto a ella frente a la maldita iglesia ni que me dejaras sola en medio de una recepción para ir a mirarla con ojos tiernos!
– ¡Ojos tiernos! -Eric irguió la cabeza. Se quedó inmóvil, con la cola de la camisa a medio sacar de los pantalones.
– ¡No mientas, Eric, te vi! No dejé de observarlos en ningún momento.
– Me estaba contando cómo extrañaba al marido y que era la primera vez que se había atrevido a salir sin él.
– ¡Pues no parecía extrañarlo mucho cuando te devolvía la mirada tierna!
– ¿Nancy, qué diablos te pasa? En todos los años que llevamos de casados, ¿cuántas veces he mirado a otra mujer? -Con los hombros erguidos y las manos sobre las caderas, la enfrentó.
– Nunca. Pero hasta ahora no te encontraste con ninguna antigua novia ¿verdad?
– No es mi antigua novia. -Comenzó a desvestirse otra vez.
– Pues nadie lo hubiera dicho. ¿Fueron amantes en la secundaria?-preguntó Nancy con amargura, sentándose en la cama para quitarse las medias.
– Nancy, por Dios, termina de una vez.
– ¿Lo fueron, no? Lo supe en cuanto te vi acercarte a ella allí frente a la iglesia. Cuando se volvió y te vio quedó claro como el hoyuelo que tiene en el mentón. -Vestida con elegante ropa interior azul de raso, Nancy fue hasta el espejo del tocador, levantó el mentón y se pasó las puntas de los dedos por el cuello. -Bueno, tengo que admitir que tienes buen gusto. Las eliges bonitas.
Mirándola, Eric pensó que era demasiado hermosa para su propio bien. La idea de que él pudiera prestar un mínimo de atención a otra mujer se convertía en una amenaza desproporcionada. Nancy siguió admirando su imagen y pasándose los dedos por el cuello.
Aparentemente encontró intacta su belleza; bajó el mentón y se soltó el pelo, para cepillarlo vigorosamente.
– No quiero que ayudes a esa mujer.
– Ya le dije que lo haría.
– ¿Es así, entonces? ¿Lo harás aunque yo me oponga?
– Nancy, estás haciendo un escándalo por nada.
Ella arrojó el cepillo y se volvió hacia él.
– ¿Ah, sí? ¿Viajo cinco días a la semana y debería dejarte aquí para que acompañes a tu antigua amante a reuniones de la junta mientras yo no estoy?
– Viajas cinco días a la semana por tu propia elección, querida. -Eric apuntó un dedo hacia ella con fastidio.
– Ah, ahora vamos a empezar otra vez con eso ¿no?
– No hables en plural. ¡Tú fuiste la que empezó todo, así que terminemos de una buena vez! ¡Dejemos bien en claro que me gustaría que mi mujer viviera conmigo, no que cayera de visita los fines de semana!
– ¿Y qué pasa con lo que yo quiero? -Se apoyó la mano contra el pecho. -Me casé con un hombre que decía que quería ser ejecutivo de una gran empresa y vivir en Chicago, y de pronto anuncia que deja todo para convertirse en… en ¡pescador! -Levantó las manos. -¡En pescador por todos los Santos! ¿Acaso me preguntaste si yo quería ser la mujer de un pescador? -Se apoyó una mano contra el pecho y se inclinó hacia adelante. -¿Me preguntaste si quería vivir en este maldito rincón olvidado por el mundo, a cien kilómetros de la civilización y…?
– Tu idea de la civilización y la mía son diferentes, Nancy. Ése es el problema.
– ¡El problema, señor Severson, es que cambiaste de rumbo en la mitad de nuestro matrimonio, y de pronto ya no te importó que yo tuviera una carrera floreciente que era tan importante para mí como tu maldita pesca lo era para ti!
– Si haces un esfuerzo, querida, recordarás que hablamos de tu carrera y que en aquel entonces creíamos que sólo duraría un par de años hasta que tuviéramos hijos.