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– No, eso era lo que pensabas, Eric, no yo. fuiste el que trazó el plan de los cinco años, no yo. Cada vez que yo decía que no estaba interesada en tener hijos tú hacías oídos sordos.

– Y es evidente que es lo que pretendes que siga haciendo. Pues bien, Nancy, el tiempo se nos está yendo. Ya tengo, cuarenta años.

Ella le dio la espalda para alejarse.

– Lo sabías cuando nos casamos.

– No. -Eric la tomó del brazo y la obligó a quedarse. -No, nunca lo supe. Supuse…

– ¡Bueno, pues supusiste mal! ¡Nunca dije que quería hijos! ¡Nunca!

– ¿Por qué, Nancy?

– Ya sabes por qué.

– Sí, lo se, pero me gustaría oírte decirlo.

– Sé sensato, Eric. ¿De qué crees que estamos hablando? Tengo un empleo que me encanta, con beneficios que miles de mujeres matarían por tener: viajes a Nueva York, pasajes de avión gratuitos, reuniones de ventas en Boca Ratón. He trabajado mucho para con seguirlos y tú me pides que renuncie a todo para clavarme aquí en esta… en esta caja de zapatos a criar bebés?

Las palabras elegidas lo hirieron profundamente. Como si fueran a ser bebés de cualquiera, como si para ella no fuera importante que los bebés fueran de ambos. Eric suspiró y se rindió. Podría arrojarle su narcisismo en cara, pero ¿de qué serviría? La amaba y no deseaba herirla. Para ser franco, él también había amado su belleza, pero con el correr de los años, esa belleza física cada vez le importaba menos. Mucho tiempo atrás se había dado cuenta de que la amaría igual -o más- si engordaba unos kilos y perdía la esbeltez que tanto cuidaba con dietas. La amaría igual si apareciera en la cocina a las siete de la mañana con un bebé gritando en sus brazos y sin maquillaje. Si se vistiera con jeans y un buzo en lugar de creaciones exclusivas de Saks y Neiman-Marcus.

– Vayamos a la cama -dijo, desconsolado, corriendo la sábana. Se dejó caer con pesadez sobre el colchón para sacarse las medias. Las arrojó a un lado y se quedó mirándolas, con los hombros caídos. Nancy lo observó largo rato desde el otro extremo de la habitación, sintiendo que las estructuras de su matrimonio se rajaban, preguntándose qué, salvo hijos, podría apuntalarlas. Se acercó a él descalza y se arrodilló entre sus piernas.

– Eric, por favor, comprende. -Lo rodeó con ambos brazos y apretó el rostro contra su pecho. -No es bueno que una mujer conciba un bebé al que luego le guardaría rencor.

Abrázala, Severson, es tu mujer y la amas y está tratando de hacer las paces. Pero no pudo. O no quiso. Se quedó sentado con las manos sobre el borde del colchón, sintiendo el horrible peso de lo definitivo en sus entrañas. En el pasado, cuando habían discutido por ese tema, nunca le habían dado un final sucinto, sino que los ánimos se habían ido aplacando con los días. Esa falta de final siempre le había dejado la sensación de que volverían a hablar -a discutir- antes de dar el tema por terminado en forma definitiva.

Esa noche, sin embargo, Nancy presentó una defensa calma y razonable contra la que era imposible discutir. Porque a él le hubiera parecido tan mal como a ella forzar un niño dentro de una madre que le guardaría rencor.

Capítulo 6

Cuando Maggie regresó a Seattle, su vida cobró un ritmo frenético. El director de la escuela dijo que lamentaba verla partir, pero que no le resultaría un problema contratar una profesora en su reemplazo. Antes de abandonar el edificio, ya había desocupado su escritorio. En su casa, rastrilló las agujas de pino secas, podó los arbustos, llamó a Elliot Tipton, un conocido que trabajaba en bienes raíces, y antes de que él se fuera, ya colgaba un letrero de la puerta. Siguiendo el consejo de Elliot, contrató obreros para que pintaran el exterior de la casa y volvieran a empapelar un baño. Llamó al embarcadero Waterways Marina y les dio la orden de que rebajaran el precio del velero en dos mil dólares: quería venderlo rápido. Llamó a Allied Van Lines y pidió un presupuesto para la mudanza. Recibió noticias de Thomas Chopp, que le informó que la Casa Harding tenía podredumbre seca en los pisos del porche; humedades en una de las paredes (en un rincón de la habitación de servicio, donde había habido pérdidas de un caño y las hormigas carpinteras se habían dado un festín); no tenía aislación; la instalación eléctrica era inadecuada, la caldera, demasiado pequeña y también que necesitaría tapajuntas y respiraderos nuevos en el techo. Éste, sin embargo, dijo, estaba en condiciones sorprendentemente buenas, al igual que los durmientes del piso y las paredes interiores. Por lo tanto, opinaba que se podía renovar la casa pero que costaría mucho dinero.

Maggie recibió el folleto de Salud y Servicios Sociales que regulaba las hosterías del estado de Wisconsin y descubrió que necesitaría otro baño y una salida de incendios arriba para adecuarse al código, pero no encontró ningún otro motivo por el que pudieran negarle el permiso.

Llamó a Althea Munne y le dio orden de preparar los papeles para la compra final y retenerlos hasta volver a tener noticias de ella.

Contrató a tres albañiles de Door County y les pidió que le enviaran dibujos y presupuestos de las remodelaciones.

Llamó a su padre, que le dijo que la recibiría con todo gusto en la casa hasta que la suya se tornara habitable.

Habló con su madre, que le dio una serie de órdenes, incluyendo la advertencia de que no cruzara las montañas sola sí había nieve.

Y finalmente llamó a Katy.

– ¿Vas a hacer qué?

– Mudarme de vuelta a Door County.

– ¿Y vender la casa de Seattle? -La voz de Katy se elevó.

– Sí.

– ¡Mamá, cómo puedes hacer eso!

– ¿Qué me estás diciendo? Sería insensato mantener dos casas.

– Pero es la casa donde nací y me crié. ¡Ha sido mi hogar desde que tengo memoria! ¿Quieres decir que no tendré la oportunidad de volver a verla?

– Podrás venir a mi casa de Fish Creek cada vez que lo desees.

– ¡Pero no es lo mismo! Mis amigos están en Seattle. Y ya no tendré mi antigua habitación ni… ni… ni nada.

– Katy, me tendrás a mí, cualquiera que sea el sitio donde viva.

La voz de Katy sonó rabiosa.

– No me vengas con tu psicología maternal, mamá. Me parece que es hacerme una porquería, vender la casa no bien me voy de allí. A ti tampoco te gustaría.

Maggie disimuló lo horrorizada que se sentía ante la furia de Katy.

– Katy, pensé que te gustaría tenerme más cerca, así podrías regresar a casa con más frecuencia. ¡Si es tan cerca que hasta puedes venirte en automóvil los fines de semana! Y en las vacaciones podemos estar con los abuelos, también.

– Los abuelos. Casi no los conozco.

Por primera vez la voz de Maggie se tornó áspera.

– ¡Bueno, quizá sea hora de que los conozcas! Me parece, Katy, que te estás comportando con bastante egoísmo respecto de todo esto.

Se oyó un sorprendido silencio del otro lado de la línea. Después de unos segundos Katy dijo con voz tensa:

– Tengo que irme, mamá. En diez minutos empieza una clase.

– Muy bien. Llama cuando quieras -respondió Maggie con serena indiferencia.

Después de colgar, se quedó junto al teléfono, apretándose el estómago. Le temblaba. Podía contar con los dedos de una mano las veces que había antepuesto sus deseos a los de Katy y no recordaba la última vez que se habían hablado de mal modo. Sintió una profunda desilusión. ¡Cuan increíblemente egoístas podían ser los hijos a veces! Por lo que a Katy le concernía, Maggie podía hacer cualquier cosa para recobrar la felicidad… siempre y cuando no le resultara inconveniente a ella.