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Levantó el teléfono y marcó el número antes de poder arrepentirse. La voz que respondió decididamente no era la de Anna.

– Excursiones Severson.

– Ah… hola… ¿Eric?

– ¿Maggie?

– Sí.

– ¿Pero cómo estás? Oí que habías vuelto y cerrado el trato con la casa.

Maggie se tapó un oído.

– ¿Podrías hablar un poco más fuerte, Eric? Estoy en la casa y están martillando por todas partes.

– Dije que me enteré de que habías vuelto y cerrado trato con la casa.

– Antes de lo que sería prudente, pero la nieve puede llegar en menos de un mes, de modo que pensé que sería mejor poner a los Lavitsky a destruir las paredes sin demora.

– Así que los Lavitsky, ¿eh?

– Son ellos los que están haciendo todo este ruido. Estuve averiguando y parecen tener buena reputación -dijo por encima de los golpes de martillo.

– Son honestos y trabajan bien. La velocidad con que lo hacen es otro asunto.

– Prevenir es curar. Lo tendré en cuenta y me encargaré de apurarlos. -En ese momento Bert se metió el martillo en un bolsillo del mameluco y salió a sentarse con Joe en el escalón de la galería para tomarse un café matinal.

– Ay, qué alivio -suspiró Maggie ante el repentino silencio-. Es hora del recreo, así que ya puedes dejar de gritar.

Oyó reír a Eric.

Luego de una pausa, añadió.

– Tuve noticias de la junta. Quieren que me presente ante ellos el martes por la noche.

– ¿Sigues con ganas de que te acompañe?

– Si no es demasiada molestia.

– No. Eh absoluto. Será un gusto.

Maggie suspiró, obligándose a relajarse.

– Qué suerte. Te lo agradezco de veras, Eric. Bien, te veré allí, entonces. A las siete y media en el tribunal.

– Espera, Maggie. ¿Vas a ir sola hasta allí?

– Era lo que había pensado.

– Pues no tiene sentido que vayamos en dos coches. ¿Quieres que te lleve?

Tomada por sorpresa, Maggie balbuceó:

– Bueno… sí… claro, es una buena idea.

– ¿Te paso a buscar por la casa de tus padres?

A Vera le daría un ataque, pero ¿qué podía decir Maggie?

– Perfecto.

La noche del martes no se puso gel en el pelo y eligió la ropa con cuidado para causar una impresión favorable ante la junta. Quería parecer madura, elegante y -tenía que admitirlo- suficientemente adinerada como para tener la solvencia necesaria para restaurar un sitio del tamaño de la Casa Harding. Pero no demasiado llamativa. Eligió una falda plisada con los colores del otoño, una blusa color marfil con la parte delantera bordada, un cinturón de cuero con hebilla grande y, en el cuello, un broche ovalado con una amatista. Sobre el conjunto, se puso una chaqueta entallada de gamuza color ciruela.

Cuando bajó, su madre le dirigió una mirada y comentó:

– Un poco demasiado elegante para una reunión en el pueblo, ¿no crees?

– No es una reunión en el pueblo, es una presentación ante la junta que me juzgará a mí tanto como al negocio que les propongo. Quería dar a entender que sabría cómo devolver su atractivo a una casa decrépita. Me pareció que el broche ovalado era un bonito toque pintoresco ¿y a ti?

– Pintoresco es, no cabe duda -replicó Vera-. Ya no sé adonde iremos a parar. Una mujer sola corriendo por todo el distrito con un hombre casado, y en las narices de su propia madre.

Maggie sintió que se ruborizaba.

– ¡Mamá!

– Vamos, Vera -dijo Roy, pero ella no le prestó atención.

– Bueno, eso es lo que haces, ¿no?

– Eric va a tratar de convencer a la junta para que me aprueben, ¡nada más!

– Pues ya sabes lo que dirá la gente. La mujer nunca está en casa y él hace de escolta a una viuda recién llegada.

– ¡No me hace de escolta! ¡Además, no me gustan tus insinuaciones!

– Puede ser que no te gusten, Margaret, pero soy tu madre y mientras estés en esta casa…

El timbre la interrumpió y Vera se apresuró a ir a la puerta antes de que pudieran adelantársele. Para angustia de Maggie, resultó ser Eric, de pie en el pórtico con un rompevienlos azul que decía EXCURSIONES SEVERSON en el pecho. Si solamente hubiera estacionado y tocado la bocina, Maggie se habría sentido menos culpable. Pero allí estaba, sonriente y de buen humor, como en los días en que pasaba a buscarla cuando salían juntos.

– Hola, señora Pearson. ¿Cómo está?

– Hola -respondió Vera sin sonreír.

– Maggie viaja a Bahía Sturgeon conmigo.

– Sí, lo sé.

Maggie tomó su cartera y pasó velozmente junto a Vera.

– Ya estoy lista, Eric. Será mejor que nos apresuremos o llegaremos tarde. -Pasó junto a él como un rayo y bajó trotando los escalones. Estaba de pie junto a la camioneta, intentando en vano abrir la puerta, cuando él se acercó y le hizo a un lado la mano.

– Esta vieja cosa es un poco rebelde. A veces hay que hablarle y suavizarla un poco. -Empujó con el cuerpo y abrió la puerta. Al subir, Maggie sintió los ojos de su madre sobre ella, observando cada movimiento desde la ventana de la sala. Eric cerró la puerta, dio la vuelta y subió.

– Discúlpame por el vehículo -dijo, poniéndolo en movimiento-, es como una vieja mascota familiar: sabes que deberías ponerlo a dormir para siempre, pero te cuesta tomar la decisión.

Maggie permaneció tiesa y silenciosa, mirando por la ventanilla con expresión furibunda.

Cuando la camioneta tomó envión, Eric le echó una mirada y preguntó:

– ¿Qué sucede?

– ¡Es mi madre! -respondió Maggie con la voz tensa de indignación-. ¡Es una harpía!

– Es difícil vivir con ellos una vez que te has ido.

– Era difícil vivir con ella antes de irme.

– Reconozco que en mi vida me han recibido en formas más calidas que esta noche. ¿Está molesta porque vamos juntos a Bahía Sturgeon? -Ante el silencio obstinado de Maggie, comprendió que había adivinado. -Maggie, debiste haberme dicho algo, debiste haberme llamado y hubiéramos ido cada uno por su cuenta. Sólo pensé que como íbamos al mismo sitio…

– ¿Por qué debería decir algo? ¿Por qué tendría que dejarla interpretar mal un encuentro perfectamente inocente? ¡Vamos juntos al tribunal y me niego a dejar que me haga sentir culpable por eso! Caray, no tengo nada de que avergonzarme. Es sólo su mente retorcida, su curiosidad maliciosa. Piensa que todos son como ella, que piensan lo peor de la gente.

Eric la miró fijamente.

– El problema es que probablemente sea así y nunca se me ocurrió hasta este momento. ¿Quieres regresar, Maggie, y buscar tu coche?

– ¡De ninguna manera!

– Todo el pueblo conoce esta vieja camioneta. Diablos, hasta tiene mi nombre en la puerta.

– No le daría esa satisfacción a mi madre. Además, como dijo Brookie, ¿no pueden dos personas adultas ser amigos? Necesito tu ayuda esta noche. Me alegro de que me la brindes. Dejémoslo así y que mi madre piense lo que se le antoje. -Ansiosa por cambiar de tema, Maggie miró alrededor con curiosidad. -Así que ésta es tu vieja camioneta. -Observó los asientos gastados, la ventanilla rajada, el tablero cubierto de polvo.

– Le he puesto un nombre, pero no te lo diré, porque no es muy educado.