– Yo también. -Le tendió una mano. -Felicitaciones, Maggie Mía.
Ella le dio la mano y él se la estrechó. Y se la sostuvo un poco más de lo necesario o prudente. El apodo había salido de no se sabe dónde, un eco de un tiempo pasado. Sus miradas se encontraron en la noche de octubre que los envolvía; junto a ellos, la luz caía por la ventana de la gran puerta del tribunal. La sensación de la mano delgada de ella en la más fuerte de él era demasiado placentera.
Maggie, actuando con sensatez, la retiró.
– Así que ahora eres posadera -comentó Eric.
– Todavía no lo puedo creer.
– Pues créelo.
Maggie se puso de pie, juntó las manos y las colocó sobre su cabeza. Luego giró en un círculo lento, contemplando las estrellas.
– ¡Oh! -suspiró.
– ¿Viste la cara de Loretta McConnell cuando ponías todos esos papeles sobre la mesa?
– ¡Cielos, no! Tenía miedo de mirarla.
– Bueno, pero yo la miré y pude contar los dientes que le fallaban, de tan abierta que tenía la boca. Y luego, cuando le dijiste lo de los colores de la casa… ¿Maggie, cómo diablos averiguaste de qué color había sido?
– Leí un artículo en el New York Times sobre restauración y análisis de pinturas. Daba el nombre de fabricantes de pintura que se especializan en analizar la pintura antigua de edificios y producir auténticos colores Victorianos. Me puse en contacto con uno de Bahía Green. Lo que no le dije a Loretta McConnell es que no hice lodo esto en las últimas tres semanas. Comencé no bien llegué a Seattle. Gasté en llamadas de larga distancia sumas que te harían descomponer.
Él rió por lo bajo y sonrió a las estrellas.
– Casa Harding, hostería -musitó-. Ya lo veo.
– ¿Quieres verla? -La pregunta brotó sola, obediente al entusiasmo de Maggie.
– ¿Ahora?
– Ahora. ¡Necesito verla ahora que sé que realmente va a suceder! ¿Quieres venir conmigo?
– Por supuesto. Estaba esperando que me invitaras.
Eric tuvo que apurar el paso para mantenerse a la par de Maggie mientras se dirigían a la camioneta.
– ¡Voy a tener la hostería más elegante que jamás hayas visto! -proclamó Maggie mientras avanzaban a paso rápido-. Scons de crema, sábanas con puntilla y antigüedades por todas partes. ¡Espera y verás, Eric Severson!
Él rió.
– ¡Maggie, no corras así, te vas a matar con esos tacos altos!
– Esta noche no. ¡Esta noche estoy hechizada!
Conversó animadamente durante todo el trayecto hasta Fish Creek, trazando planes, desde los más básicos como dónde instalaría la lavandería hasta los más detallistas, como el de poner un plato de caramelos siempre a disposición de los huéspedes en la sala y servirles un licor antes de que se acostaran. Amaretto, quizás o crema de cacao con crema flotando encima. Siempre le había gustado la crema de cacao con crema, le dijo, y le encantaba ver cómo los dos colores se mezclaban después del primer sorbo.
En la casa, Eric estacionó junto a la hilera de árboles y la siguió por unos anchos escalones hasta la galería trasera recién reparada. Maggie destrabó la puerta y lo guió adentro.
– Quédate aquí mientras busco el interruptor de luz.
Eric oyó un clic, pero todo quedó a oscuras. Maggie volvió a accionar el interruptor, cuatro veces.
– ¡Ay, diablos!, deben de haber desconectado algo. Los Lavitsky estaban usando las herramientas eléctricas cuando estuve aquí hoy, pero… espera, iré a probar con otra luz. -Un instante más tarde, él oyó un ruido sordo y el ruido de madera contra madera.
– ¡ Ay!
– ¿Maggie, te lastimaste?
– No, me golpeé un poco, nada más. -Más clics. -Caray, no funciona nada.
– Tengo una linterna en la camioneta. Espera, la traeré.
Regresó al cabo de un instante, iluminando la cocina, capturando a Maggie dentro del haz de luz. Se la veía incongruente con su ropa elegante y zapatos de taco alto, de pie junto a una mesa de carpintería con una pila de yeso roto a sus pies.
Se quedaron en la habitación oscura, con las facciones iluminadas por la tenue luz de la linterna, igual que lo habían estado años atrás por las luces del tablero cuando se quedaban hasta altas horas de la noche dentro del coche estacionado.
Eric pensó: No deberías estar aquí, Severson.
Y ella: Será mejor que te muevas. Rápido.
– Ven, vamos a ver la casa.
Él le entregó la linterna.
– Te sigo.
Maggie le mostró la cocina, donde pronto habría armarios blancos con puertas de vidrio; la habitación de servicio cuya pared exterior ya había sido cambiada; el pequeño baño que sería para su uso privado, oculto bajo una escalera junto a la cocina, con techo inclinado y revestimiento de madera de la mitad de la pared hacia abajo; la sala principal con el hermoso piso de arce que utilizaría para los huéspedes, y la sala de música que se convertiría en su propio saloncito; las puertas corredizas que los dividirían; el comedor donde serviría scons calientes y café para el desayuno; la escalera principal con su baranda llamativa; los tres dormitorios para huéspedes en la Planta superior y un cuarto dormitorio, que se dividiría para construir la escalera nueva y el baño adicional.
– Dejé lo mejor para lo último -dijo Maggie, guiando a Eric por una última puerta- Ésta… -Entró. -… es la Habitación del Mirador. -Paseó la luz de la linterna por las paredes y cruzó hasta una puerta en la pared de enfrente. -Mira. -La abrió y salió a la fresca brisa de la noche. -Éste es el mirador. -¿No es hermoso? Durante el día se puede ver la bahía, los barcos y la isla Chambers desde aquí.
– He visto esto desde el agua muchas veces y siempre me imaginé que debería de tener una vista espectacular.
– Será mi mejor habitación. Me encantaría guardarla para mí, pero me doy cuenta de que no tendría sentido. Sobre todo porque puedo utilizar la habitación de servicio y tener mi propio baño con acceso a la cocina y a la salita. De modo que he decidido convertir la Habitación del Mirador en la Suite Nupcial. -Lo guió de nuevo adentro. -Voy a ponerle una gran cama de bronce y llenarla de almohadones con encaje. Quizás un ropero antiguo contra esa pared y allí un espejo de pie, y encaje blanco en las ventanas para que no se pierda la vista. Por supuesto, va a haber que reparar toda la carpintería y los pisos. Y bien, ¿qué opinas?
– Creo que vas a tener un invierno muy ocupado.
Maggie rió.
– No me importa. No veo la hora de comenzar.
– Y… -Eric miró la esfera iluminada de su reloj. -Creo que es hora de que te lleve de regreso a tu casa o a tu madre le dará un ataque.
– Tienes razón. Debe de estar esperándome levantada, lista para tratarme como si tuviera otra vez catorce años.
– ¡Ah, las madres! Todas se tornan un castigo a veces.
Bajaron la escalera juntos con la luz de la linterna bailando delante de ellos.
– No me imagino a la tuya siéndolo.
– No con frecuencia, pero tiene sus momentos. Se pone pesada respecto de que Nancy trabaja y no está nunca. Piensa que no es forma de llevar adelante un matrimonio. -Al llegar abajo, Eric añadió: -El problema es que yo opino lo mismo.
En la oscuridad, Maggie se detuvo. Era la primera vez que Eric había insinuado que algo podía no andar del todo bien en su matrimonio y dejó a Maggie sin saber qué decir.
– Oye, Maggie, olvida que dije eso. Lo siento.
– No, no… Está bien, Eric. Es sólo que no sabía qué decir.
– Amo a Nancy, te juro que la amo. Es que parecemos habernos alejado tanto el uno del otro desde que regresamos aquí. Viaja cinco días por semana y cuando está en casa, yo salgo en el barco. Ella odia el barco y yo odio su trabajo. Es algo que tenemos que solucionar, nada más.