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– Todos los matrimonios tienen sus problemas.

– ¿El tuyo también los tenía?

– Por supuesto.

– ¿Cuáles? Si no te importa que te lo pregunte, claro.

Permanecieron donde estaban; Maggie apuntó la linterna al suelo entre ambos.

– A él le gustaba jugar y a mí me fastidiaba. Todavía me sigue fastidiando, pues es lo que finalmente lo mató. El avión en el que estaba cuando murió iba a Reno, para una escapada de juego. Iba allí una vez por año, con un grupo de la Boeing.

– ¿Y tú nunca lo acompañabas?

– Una vez fui, pero no me gustó.

– De modo que iba solo.

– Sí.

– ¿Era adicto al juego?

– No, cosa que dejaba una gran zona gris entre los dos. Sencillamente era un escape para él, algo que le gustaba y a mí no. Siempre decía que el dinero con que jugaba era suyo, dinero que había ahorrado para eso. Y decía, ¿hay algo que deseas que no tienes? No lo había, por supuesto, de modo que ¿qué podía decir yo? Pero siempre pensé que era dinero que podríamos haber utilizado juntos, para viajar, o… o…

El silencio los envolvió. Transcurrieron unos segundos en los que estuvieron lo suficientemente cerca para tocarse, pero no lo hicieron. Por fin Maggie emitió un suspiro trémulo.

– ¡Dios, cómo lo amaba! -susurró-. Y realmente teníamos todo. Viajábamos y nos permitíamos lujos, un velero, ser socios de un club exclusivo. Y todavía lo tendríamos todo, juntos, si él no se hubiera ido en ese viaje. No te imaginas la culpa que siento al seguir sintiendo furia cuando él es el que murió…

Eric le apretó el brazo.

– Lo siento, Maggie. No fue mi intención desenterrar recuerdos tristes.

Ella se movió y él supo que se había secado los ojos en la oscuridad.

– Está bien -dijo Maggie-. Aprendí con mi grupo de terapia que es perfectamente normal que sienta enojo hacia Phillip. Del mismo modo que es perfectamente normal que tú lo sientas hacia Nancy.

– Siento enojo, pero también me siento culpable, porque se que adora su trabajo y es excelente en él. Y trabaja mucho. Cuando vuela por todo el país a veces no llega al hotel hasta las nueve o diez de la noche y cuando está en casa los fines de semana tiene que hacer una cantidad increíble de papelerío. Pero eso también me molesta. Sobre todo durante el invierno cuando podríamos estar juntos los sábados. Pero tiene que hacer informes de ventas. -Suspiró y agregó con cansancio: -¡Ay, Dios… no sé!

El silencio volvió y con él llegó una peculiar intimidad.

– Maggie, jamás hablé de esto con nadie -admitió Eric.

– Yo tampoco. Salvo con el grupo de terapia.

– Elegí un pésimo momento. Perdóname. Estabas tan contenta y entusiasmada antes de que yo empezara a causar problemas.

– Eric, no seas tonto. ¿Para qué están los amigos? Además, sigo contenta y entusiasmada… por adentro.

– ¡Qué suerte!

Juntos se volvieron y siguieron el haz de luz hacia la puerta de la cocina que daba a la galería. Se detuvieron y Maggie iluminó la hábilación por última vez.

– Me gusta tu casa, Maggie.

– A mí también.

– Me gustaría verla alguna vez cuando esté toda terminada.

En un esfuerzo por levantar los ánimos caídos, Maggie dijo:

– Te invitaré a tomar el té en el salón principal.

Salieron a la galería trasera y Maggie cerró la puerta con llave. Mientras se dirigían a la camioneta, Eric preguntó:

– ¿Mañana estarás aquí?

– Mañana y todos los demás días. Ya empecé a pintar la carpintería del piso superior y después de eso me toca el empapelado y las cortinas.

– Haré sonar la sirena cuando pase con el barco.

– Y yo te saludaré desde el mirador si te oigo.

– Trato hecho.

Viajaron en silencio la corta distancia hasta la casa de los padres de Maggie, conscientes de que había habido un cambio sutil durante la velada. La atracción estaba presente de nuevo. Contenida, pero presente. Se dijeron que no importaba porque esa noche era un punto aislado en el tiempo que no se repetiría. Ella se ocuparía de poner en marcha su hostería y él de seguir con su negocio y si ocasionalmente se encontraban en la calle se saludarían en forma amistosa y ninguno de los dos admitiría qué bueno había sido estar junios una noche de octubre, cuan unidos se sentían festejando juntos la victoria de Maggie afuera del tribunal. Él olvidaría que sin querer la había llamado Maggie Mía y que había admitido que no todo eran rosas en su matrimonio.

Al llegar a casa de los padres de ella, Eric estacionó junto a la acera y puso la camioneta en punto muerto. El asiento vibraba debajo de ellos. Maggie estaba sentada lo más lejos posible de él, con la cadera contra la puerta. En la sala, las cortinas estaban cerradas, pero se veía una luz encendida.

– Muchísimas gracias, Eric.

– Fue un placer -respondió él en voz baja.

Se miraron en la tenue luz del tablero, ella con un maletín contra el costado, él con las manos sobre el volante.

Maggie pensó: ¡Sería tan fácil!

Él pensó: ¡Bájate, Maggie, pronto!

– Adiós -dijo ella.

– Adiós… y mucha suerte.

Maggie bajó la mirada, encontró la manija y tiró, pero la puerta se atrancó, como siempre. Eric se inclinó por encima de las rodillas de ella y por ese brevísimo instante mientras abría la puerta, su hombro rozó el pecho de Maggie.

La puerta se abrió y Eric se enderezó.

– Listo.

– Gracias de nuevo… adiós -masculló Maggie. Bajó y cerró la puerta antes de que él pudiera responder.

La camioneta se alejó de inmediato y ella subió los escalones del porche tocándose la cara ardiente y pensando: ¡Mamá se dará cuenta! ¡mamá se dará cuenta! Estará esperando del otro lado de esta puerta.

Y estaba.

– ¿Y bien? -fue todo lo que dijo Vera.

– Te lo cuento en un minuto, mamá. Primero tengo que ir al baño.

Maggie subió corriendo la escalera, cerró la puerta del baño y se apoyó contra ella con los ojos cerrados. Fue hasta el botiquín con espejo y estudió su imagen. Su color era normal, a pesar de las emociones cargadas que habían llenado la camioneta sólo unos momentos antes.

Es casado, Maggie.

Lo sé.

Así que aquí termina todo.

Lo sé.

Te mantendrás lejos de él.

Sí, lo haré.

Pero en el preciso instante en que hacía la promesa, se dio cuenta de que no debería haber sido necesaria.

Capítulo 7

La sirena del Mary Deare sonó a la tarde siguiente: un bramido ensordecedor digno de una barcaza antediluviana.

Aun desde la distancia, hizo vibrar los pisos y vidrios de las ventanas.

Maggie levantó la cabeza. Se sentó sobre los talones, con un pincel en la mano, alerta y vibrante. Volvió a sonar y ella se puso de pie de un salto y corrió por el corredor del piso superior, cruzó el dormitorio que daba al sudoeste y salió al mirador. Pero los árboles, todavía con hojas, le obstaculizaban la vista del agua. Se quedó en la sombra, apoyada contra la baranda mientras el pulso se le calmaba y la invadía una gran desilusión.

¿Qué estás haciendo, Maggie?

Dio un paso atrás y recuperó la compostura.

¿Qué estás haciendo, corriendo ante el sonido de la sirena de su barco?

Como si alguien la hubiera retado en voz alta, se volvió con dignidad y entró otra vez en la casa.