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Después de eso, una vez por día, la sirena saludaba, siempre sobresaltándola, haciéndola dejar lo que estaba haciendo y mirar hacia el frente de la casa. Pero nunca más volvió a correr como ese primer día. Se dijo a sí misma que su fijación con Eric era sencillamente una reacción por estar otra vez en terreno familiar. Él era parte de su pasado, Door County era parte de su pasado, los dos iban junios. Se dijo que no tenía derecho de pensar en él, de sentir un escalofrío ante la idea de que él estuviera pensando en ella. Se recordó la poca estima que ella siempre les había tenido a las mujeres que perseguían a hombres casados.

Busconas, las llamaba su madre.

– Esa Sally Bruer es una buscona -decía Vera años atrás de una mujer joven a la que Maggie recordaba como pelirroja y llamativa, conversadora, que trabajaba detrás del mostrador de la heladería en la esquina. Siempre era buena con los niños, sin embargo, pues les servía porciones bien cargadas.

Cuando Maggie tenía siete años, oyó a su madre hablar con unas señoras del grupo de costura sobre Sally Bruer.

– Eso es lo que consigues cuando buscas -decía Vera -. Que dar E-Eme-Be-etcétera. Y no se sabe de quién es el bebé porque anda con Fulano, Mengano y Zutano. Pero se dice que es de Curva Rooney. -Curva Rooney era el pitcher del equipo de béisbol local, cuyo sobrenombre se debía a la endemoniada pelota curva que lanzaba. Su bonita esposa asistía a cada partido que se hacía en el pueblo con sus tres hijitos de mejillas rosadas y Maggie los había visto muchas veces cuando iba a los partidos con su padre. A veces jugaba con el mayor de los Rooney bajo las gradas. No fue hasta los doce años que Maggie comprendió lo que significaba E-Eme-Be-etcélera -embarazada- y después de eso siempre sintió pena por los hijos de Curva Rooney y por su bonita esposa.

No, Maggie no quería ser una buscona. Pero la sirena del barco la llamaba todos los días y ella se sentía culpable al verse reaccionar ante el sonido.

A mediados de octubre, hizo una escapada de dos días. Fue en coche hasta Chicago a comprar cosas para la casa. En la tienda Old House compró un lavabo con pedestal, una bañadera con patas en forma de garras y grifería de bronce para el baño nuevo. En Antigüedades Herencia encontró una magnífica cama de roble tallada a mano para uno de los dormitorios y en Bell, Book y Candle, una mesa de caoba con tapa de mármol y un par de botines abotonados, nuevos como el día en que habían sido hechos. Los compró por capricho; un toque de época para uno de los dormitorios de huéspedes, pensó, imaginándolos en el suelo junto a un espejo de pie.

Esa noche invitó a Katy a cenar. Katy eligió el sitio -un pequeño pub en Asbury, frecuentado por la muchachada de la universidad- y se mostró distante durante todo el trayecto hasta allí. Cuando estuvieron sentadas frente a frente ante una mesa, se sumergió de inmediato en el menú.

Maggie dijo:

– ¿Podríamos hablar, Katy?

Katy levantó la vista, arqueando las cejas.

– ¿Hablar de qué?

– De mi mudanza de Seattle. Calculo que eso es lo que te ha mantenido callada desde que te pasé a buscar.

– Preferiría no hacerlo, mamá.

– Sigues enojada.

– ¿Tú no lo estarías?

La conversación comenzó con Katy en posición antagónica y no resolvió nada. Cuando terminó la cena, Maggie sentía una mezcla de culpa y fastidio contenido, ante la negativa de Katy de aprobar su mudanza a Door County. Cuando se despidieron frente al edificio de dormitorios de Katy, Maggie dijo:

– ¿Vendrás a casa para Acción de Gracias, no es así?

– ¿A casa? -repitió Katy con sarcasmo.

– Sí. A casa.

Katy apartó la mirada.

– Supongo que sí. ¿A dónde iría si no?

– Me aseguraré de tenerte un cuarto listo para entonces.

– Gracias. -No había calidez en la palabra. Katy buscó el picaporte.

– ¿No me abrazas?

Fue un abrazo formal, hasta renuente, y cuando se despidieron, Maggie se alejó sintiendo de nuevo una oscura culpa que sabía perfectamente bien que no debía estar experimentando.

Regresó a Door County al día siguiente para encontrarse con la noticia de que se había vendido su casa de Seattle. Había un mensaje para que llamara a Elliot Tipton de inmediato. Mientras marcaba, supuso que le diría que habría un nuevo retraso mientras los compradores esperaban a que les autorizaran el préstamo. En cambio, Tipton le informó que los compradores tenían dinero en efectivo y que estaban viviendo temporariamente en un hotel, puesto que la compañía los había transferido desde Omaha. Querían cerrar el tra-lo lo antes posible.

Maggie voló a Seattle esa misma semana.

Abandonar la casa le resultó tan poco emotivo como había predicho, en gran medida porque sucedió todo tan rápido. En cuanto llegó, se puso a trabajar en la casa durante dos frenéticos días, arrojando frascos medio llenos de la heladera, deshaciéndose del solvente y los demás combustibles que los mudadores no podían transportar, quitando tierra y plantas secas de las macetas, regalando varios muebles y separando artículos descartados para el Ejército de Salvación. Al tercer día, llegó la empresa mudadora y empezó a empaquetar. El cuarto día, Maggie estampó su firma veinticuatro veces y entregó las llaves de la casa a los nuevos dueños. El quinto día voló de regreso a Door County para descubrir que una notable transformación se había llevado a cabo en la Casa Harding.

Habían terminado de pintar el exterior, y los andamios habían desaparecido. Con su nueva capa de colores Victorianos, la Casa Harding estaba deslumbrante. Maggie dejó la maleta en la acera trasera y dio la vuelta a la casa, sonriendo, a veces tocándose la boca, deseando que alguien estuviera con ella para compartir su entusiasmo y su emoción. Levantó la vista hacia el mirador, contempló los marcos de las ventanas, volvió a levantarla para estudiar los tirantes y a bajarla para admirar el porche delantero. Los pintores se habían visto obligados a cortar los arbustos de corona de novia para llegar a los cimientos, dejando al descubierto el enrejado que envolvía la base del porche. Maggie imaginó un gato deslizándose allí debajo para dormir sobre la tierra fresca en un caluroso día de verano. Retrocedió hasta la orilla del lago para ver la casa por entre los arces semidesnudos, cuyas brillantes hojas rojizas formaban una alfombra crujiente en el suelo. Completó el círculo y entró por la cocina. Los trabajos de albañilería estaban terminados y las paredes, lisas, blancas y vacías aguardaban la llegada de los armarios.

Dejó la maleta en el suelo y escuchó. Desde algún sitio en las profundidades de la casa llegaba el sonido de una radio tocando una canción de George Strait, acompañada por el raspado rítmico de una lija contra la pared. Maggie siguió el sonido por el vestíbulo del frente donde el sol, enriquecido por el paso a través de los vidrios de colores, iluminaba los pisos de la entrada y de la sala de música.

Maggie ladeó la cabeza y gritó por la escalera:

– ¿Hay alguien?

– ¡Aquí! -se oyó una voz de hombre desde arriba-. ¡Estoy aquí arriba!

Maggie lo encontró en uno de los dormitorios más pequeños, cubierto de polvo blanco, de pie sobre un tablón sostenido por dos escaleras, lijando una pared cuyo yeso había sido hecho a nuevo.

– Hola -repitió desde la puerta, sorprendida-. ¿Dónde están los hermanos Lavitsky?

– Fueron a hacer un trabajo corto en otro sitio. Soy Nordvik, el yesero.

– Soy Maggie Stearn, la propietaria.

Él hizo un gesto con la lija.

– La casa está quedando muy bien.

– Sí, tiene razón. Cuando me fui no había calefacción aquí, ni existían las paredes de la cocina. ¡Cielos, ya pusieron el baño y la escalera de incendios!