– ¿Sabes qué creo que sucedió?
– ¿Qué?
Eric se volvió para mirar a su hermano.
– Creo que dejamos de dar. -Luego de un profundo silencio prosiguió: -Creo que empezó cuando nos mudamos aquí. Ella no quería por nada del mundo y yo estaba decidido a hacerlo contra viento y marea. Yo deseaba una familia y ella, una carrera, y así se desató la guerra fría entre ambos. En la superficie, todo parece funcionar bien, pero por debajo, el sabor es agrio.
Los gorriones salieron volando. En la distancia, se oyó el chillido de un par de cuervos. En el claro, el silencio bajo el cielo acerado parecía reflejar el estado de ánimo sombrío de Eric.
– Eh, Mike -dijo, al cabo de unos minutos de silencio-, ¿crees que la gente sin hijos se torna egoísta al cabo de un tiempo?
– Bueno, es una generalización un poco amplia.
– Sin embargo, creo que sucede. Cuando tienes niños, te ves obligado a pensar primero en ellos, y a veces, aun a pesar de que estás exhausto, te levantas y vas a relevar al otro. Me refiero a cuando los hijos están enfermos, o lloran o te necesitan para tal o cual cosa. Pero cuando sólo son ustedes dos… bueno, no sé cómo decirlo. -Eric tomó un trozo de corteza y empezó a descascararla con la uña. Al cabo de unos momentos, olvidó su preocupación y miró haría la distancia.
– ¿Recuerdas cómo era con Ma y el viejo? ¿Cómo al final de un día ocupado, después de manejar la oficina y lavar la ropa en ese viejo lavarropas y colgarla en la soga cuando tenía un momento libre entre clientes, y darnos de comer y probablemente hacer de arbitro en una docena de peleas, ella salía y se ponía a ayudarlo a limpiar el cobertizo de los pescados? Y un minuto después los oías reír allá afuera. Me gustaba quedarme en la cama y pensar qué encontraban de gracioso en el cobertizo de los pescados a las diez y media de la noche. Los grillos cantaban y las olas suaves lamían los barcos y yo escuchaba y esa risa me hacía sentir tan bien. Creo que me daba seguridad. Y una vez… lo recuerdo muy bien, como si hubiera sucedido ayer… entré en la cocina tarde a la noche cuando se suponía que todos nosotros estábamos durmiendo y sabes qué estaba haciendo él?
– ¿Qué?
– Le estaba lavando los pies.
Los dos hermanos intercambiaron una mirada larga y silenciosa antes de que Eric siguiera hablando.
– Ma estaba sentada sobre una silla de la cocina y él estaba de rodillas ante ella lavándole los pies. Ma tenía la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados y ninguno decía una palabra. El le sostenía el pie enjabonado sobre el fuentón y se lo masajeaba muy despacio. -Eric se detuvo para pensar. -Jamás lo olvidaré. Esos pies calllosos que siempre le dolían tanto y cómo el viejo se los lavaba con cariño.
Una vez más quedaron en silencio, unidos por los recuerdos. Al cabo de unos momentos, Eric siguió diciendo:
– Ése es el tipo de matrimonio que quiero, y no lo tengo.
Mike apoyó los codos sobre las rodillas.
– Quizás eres demasiado idealista.
– Es posible.
– Los diferentes matrimonios funcionan de distintas maneras.
– Pues el nuestro no funciona para nada, desde que la obligué a mudarse de regreso a Fish Creek. Ahora me doy cuenta de que fue cuando comenzaron nuestros problemas.
– ¿Y qué vas a hacer al respecto?
– No lo sé.
– ¿Vas a dejar la pesca?
– No puedo. Me gusta demasiado.
– ¿Ella va a dejar su empleo?
Eric sacudió la cabeza con desconsuelo. Mike tomó dos ramitas y se puso a cortarlas en palitos.
– ¿Tienes miedo?
– Sí. -Eric miró por encima de su hombro. -Te aterra la primera vez que lo sacas a la luz. -Rió con pesar. -Mientras no admitas que tu matrimonio se está viniendo abajo, crees que no sucede… ¿verdad?
– ¿La quieres?
– Debería quererla. Todavía tiene un montón de cualidades por las que me casé con ella. Es bella, inteligente y trabajadora. Se ha abierto camino ella sola en Orlane.
– ¿Pero la amas?
– Ya no lo sé.
– ¿Las cosas en la cama van bien?
Eric maldijo en voz baja y arrojó el trozo de corteza. Apoyó los codos sobre las rodillas y sacudió la cabeza, mirando el suelo.
– Caray, no lo sé.
– ¿Cómo que no lo sabes? ¿Ella sale con otros?
– No, no creo.
– ¿Y tú?
– No.
– ¿Qué pasa, entonces?
– Todo gira alrededor del mismo y viejo problema. Cuando hacemos el amor… -Era difícil decirlo.
Mike esperó.
»Cuando hacemos el amor, todo va bien hasta que ella se levanta de la cama para ponerse esa maldita espuma anticonceptiva, y yo siento… -Eric frunció los labios y tensó la mandíbula. -Siento deseos de tomar el frasco y arrojarlo contra la pared. Y cuando ella vuelve, me dan ganas de apartarla de mí.
Mike suspiró. Caviló unos momentos antes de aconsejar:
– Tendrían que hablar con alguien… con un médico o un consejero matrimonial.
– ¿Cuándo? Viaja cinco días por semana. Además, ella no sabe cómo me siento respecto de la parte sexual.
– ¿No te parece que deberías decírselo?
– Se moriría.
– Pues a ti también te está matando.
– Sí… -respondió Eric con pesar, contemplando el cielo manchado por entre los esqueletos de los árboles. Se quedó largo rato así, agazapado como un vaquero delante de una fogata. Por fin suspiró, estiró las piernas y se miró las rodillas gastadas de los jeans.
– ¿Qué cosa, no? Tú con más hijos de los que deseas y yo sin ninguno.
– Sí. Qué cosa.
– ¿Ma ya lo sabe? -Eric miró a Mike.
– ¿Que Barb está embarazada? No. Tendrá algo que decir al respecto, no lo dudo.
– Nunca dijo nada acerca de que nosotros no tuviéramos ninguno. Pero habla bastante sobre los viajes de Nancy, de modo que calculo que es lo mismo.
– Bueno, fue criada a la antigua, y puesto que trabajó junto al viejo toda su vida, cree que así debería ser.
Pensaron un rato, pasando revista a sus vidas cómo eran ahora y cómo habían sido cuando eran más jóvenes. Al cabo de unos momentos, Eric dijo:
– ¿Quieres que te diga algo, Mike?
– ¿Qué?
– A veces me pregunto si Ma no tiene razón.
Tres días más tarde, una noche de sábado luego de una cena tardía en la casa, Nancy se echó hacia atrás en su silla, jugueteando con una copa de chablis y terminando la última uva. La atmósfera era íntima, el estado de ánimo, lánguido. Afuera, el viento tironeaba las tejas y movía los cedros contra las canaletas de metal, causando un chillido ahogado que llegaba a través de las paredes. Adentro, la luz de las velas se reflejaba sobre la mesa de madera y enriquecía la textura de los individuales de hilo labrados.
Nancy miró a su marido, complacida. Se había duchado antes de cenar y había venido a la mesa sin peinarse. Con el pelo revuelto, y despeinado, era sumamente atractivo. Se había puesto jeans y un buzo nuevo que ella le había comprado en Neiman Marcus, muy suelto color peltre, con cuello alto e inmensas mangas raglán que le daban aspecto varonil y displicente mientras tomaba, inclinado hacia adelante, café a la irlandesa.
Era buen mozo, no había visto a ningún hombre que fuera más buen mozo que él. En su trabajo se topaba con hombres apuestos en todas las ciudades, en las mejores tiendas, vestidos como figurines de moda y oliendo tan bien que daban ganas de meterlos dentro de un cajón con la ropa íntima. Usaban cortes de pelo de mujer, bufandas de lana sobre las chaquetas y zapatos italianos de cuero exquisitamente fino, sin medias. Algunos eran homosexuales, pero otros eran abiertamente heterosexuales y lo dejaban bien en claro.