Entre cosa y cosa, se preguntaba qué hacer respecto de su matrimonio.
Comía solo, dormía solo, trabajaba solo y se preguntaba cuántos años más pasaría así. ¿Cuántos años más podría tolerar esta vida de soledad?
Fue al poblado a cortarse el pelo antes de que fuera necesario, porque la casa estaba muy silenciosa y siempre había buena compañía en la peluquería masculina.
Llamaba a Ma todos los días y fue a controlarle el tanque de combustible mucho antes de saber que estaba vacío porque sabía que ella lo invitaría a cenar.
Cambió el aceite de la camioneta y trató de arreglar la puerta del lado del pasajero que se atascaba, pero no pudo. Le hizo recordar a Maggie, a él mismo inclinándose sobre las piernas de ella la noche que la había dejado en casa de sus padres. Pensaba en ella con frecuencia. Cómo estaría, cómo iría la casa, si habría encontrado todas esas antigüedades de las que había hablado. Los rumores decían que la pintura de afuera estaba terminada y que la casa estaba estupenda. Fue así que un día decidió pasar por allí con la camioneta, para echar un vistazo.
Solamente para echar un vistazo.
Las hojas se habían caído todas, y se amontonaban a lo largo de Cottage Row mientras subía la colina en la camioneta. Los pinos parecían peludos y negros contra el sol del final de la tarde. Se había puesto frío, el cielo había tomado un color que indicaba que el día siguiente sería más frío aún. La mayoría de las casas de Cottage Row permanecían cerradas; sus adinerados dueños estaban de regreso en las ciudades sureñas donde pasaban el invierno. Al acercarse a la casa de Maggie, vio un Lincoln Town Continental con patente de Washington estacionado junto al garaje. De ella, sin duda. Los cedros del límite de la propiedad no habían sido podados y tapaban gran parte de la casa; Eric condujo lentamente, espiando por entre los árboles hasta obtener un vistazo de la casa de colores alegres. Los rumores tenían razón. Estaba fantástica.
Esa noche, en su casa, encendió el televisor y se quedó delante del aparato durante casi una hora, antes de darse cuenta de que no había oído una sola palabra. Estaba inmóvil, contemplando las figuras en la pantalla, pensando en Maggie.
La segunda vez que pasó delante de la casa de ella, iba provisto de un formulario de solicitud de la Cámara de Comercio y una copia del folleto editado por la Cámara para el turismo de verano. El coche de Maggie estaba estacionado en el mismo sitio y Eric se detuvo junto a los cedros, apagó el motor y contempló el folleto sobre el asiento. Pasó así un minuto, luego encendió el motor y salió como una flecha colina abajo, sin mirar atrás.
La siguiente vez que fue hasta allí, había un camión verde estacionado junto al sendero de entrada, con las puertas traseras abiertas y una escalera de aluminio colgando del costado. De no haber estado allí el camión, habría seguido de largo, pero si había un obrero en la casa, no quedaría mal entrar.
Caía la tarde otra vez, fría, con un viento cortante que hizo revolotear los papeles que llevaba cuando cerró la puerta de la camioneta. Enrollándolos en un cilindro, pasó junto al camión y miró adentro: caños, rollos de alambre, herramientas… que bien, había estado en lo cierto. Bajó los anchos escalones y golpeó a la puerta trasera.
Silbando suavemente entre dientes, esperó, contemplando la galería trasera. Un ramo de maíz atado con cinta anaranjada colgaba de una pared; una placa de bronce oval decía CASA HARDIND; cortinas blancas de encaje cubrían la banderola de una puerta antigua; una baranda nueva, pintada de amarillo y azul; piso nuevo, pintado de gris; una alfombrita trenzada; una vasija en una esquina con colas de zorro y otras hojas secas. Según los rumores, Maggie no escatimaba dinero para embellecer el lugar y, si el exterior se podía tomar como ejemplo, se veía que había estado ocupada. Hasta la pequeña galería tenía encanto.
Eric volvió a golpear, esta vez más fuerte, y una voz masculina gritó:
– ¡Sí, pase!
Entró en la cocina y la encontró vacía, luminosa y transformada. Paseó la mirada por los armarios blancos con puertas de vidrio dividido por tirantes de madera, las mesadas rosadas, los relucientes pisos de madera, una larga y angosta mesa libro de madera gastada, cubierta por una carpeta de encaje y una canasta nudosa llena de piñas con un grueso moño rosado en la manija. Desde otra habitación, una voz dijo:
– Hola, ¿busca a la señora?
Eric siguió el sonido y encontró un electricista que se parecía a Charles Bronson, colgando una araña del cielo raso del comedor vacío.
– Hola. -dijo Eric, deteniéndose en la puerta.
– Hola. -El hombre miró por encima de su hombro, con los brazos levantados.
– Si busca a la señora, está arriba, trabajando. Suba, nomás.
– Gracias. -Eric atravesó el comedor hasta el vestíbulo de entrada. A la luz del día, resultaba impresionante: los pisos restaurados todavía olían a poliuretano y las paredes recién enyesadas acentuaban los amplios espacios blancos entre las extensiones de lustrosa madera. Una baranda maciza caía desde arriba y desde algún lugar del primer piso se oía el sonido de una radio.
Eric subió, se detuvo al llegar arriba y miró por el corredor. Todas las puertas estaban abiertas. Avanzó hacia la música. En la secunda puerta a su izquierda, se detuvo.
Maggie estaba de rodillas en el suelo, pintando la ancha moldura del zócalo en el otro extremo de la habitación. Ella, la radio, y la lata de pintura eran las únicas tres cosas que había allí. Ninguna otra distracción. Sólo Maggie, en cuatro patas, con aspecto refrescantemente sencillo. Eric sonrió al ver la planta de sus pies desnudos, las manchas de pintura en los viejos vaqueros y el faldón de la enorme camisa a punto de meterse dentro de la lata de pintura.
– Hola, Maggie -dijo.
Ella se sobresaltó y gritó como si le hubiera tocado la sirena del barco en el oído.
– Ay, Dios Santo -suspiró, dejándose caer sobre los talones y llevándose una mano al corazón-. Me diste un susto terrible.
– No fue mi intención. El tipo que está abajo me dijo que subiera directamente. -Hizo un movimiento con el rollo de papeles hacia el corredor a sus espaldas.
¿Qué estaba haciendo él aquí? De rodillas, con el corazón todavía latiendo alocadamente, Maggie lo vio en la puerta, vestido con mocasines, jeans y una campera de aviador de cuero negro, con el cuello levantado contra el pelo rubio, como las usaba años atrás. Un poco demasiado atractivo y muy, pero muy bienvenido.
– Puedo volver en otro momento si…
– No, no, está bien… es que… la radio estaba tan fuerte… -Todavía de rodillas, Maggie extendió el brazo y bajó el volumen.
– Justo estaba pensando en ti y de pronto dijiste mi nombre y yo… y estabas…
Estás hablando como una cotorra, Maggie. Ten cuidado.
– Y estoy aquí -terminó él.
Maggie recuperó el control de sí misma y sonrió.
– Bienvenido a la Casa Harding. -Abrió los brazos y bajó la vista hacia su atuendo. -Como podrás ver, estoy vestida para recibir visitas.
A ojos de Eric, estaba totalmente encantadora, manchada con pintura blanca, con el pelo sujetado atrás por un viejo cordón de zapatos. No pudo evitar sonreírle.