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– Como verás… -Él también abrió los brazos. -No soy una visita. Sólo vine a traerte información sobre cómo entrar en la Cámara de Comercio.

– ¡Qué bueno! -Maggie dejó el pincel encima de la lata y con un trapo que sacó del bolsillo trasero se limpió las manos al tiempo que se ponía de pie. -¿Quieres hacer una recorrida, ya que estás aquí? Ahora tengo luz.

Eric avanzó un paso dentro de la habitación y le echó un vistazo, admirado.

– Me encantaría ver toda la casa.

– Es decir, creo que tengo luz. Espera un minuto. -Maggie salió corriendo al pasillo y gritó: -¿Puedo encender las luces, señor Deitz?

– ¡Un momento, ya termino de colgar esto! -respondió este.

Maggie se volvió hacia Eric.

– Tendremos luz en unos instantes. Bien, esta es una habitación de huéspedes… -Hizo un movimiento con los brazos. -Una de las cuatro. Como verás, estoy usando las instalaciones originales porque son de bronce sólido. Descubrí, luego de examinarlas bien, que originariamente eran para luces de gas. ¿Sabías que la electricidad no llegó a este pueblo hasta la década del 30?

– ¿De veras?

– De modo que convertí todo. Me encanta poder usar las instalaciones auténticas. Cuando el señor Deitz conecte la electricidad verás qué bien quedan, aun con luz de día.

Permanecieron debajo del farol, mirando hacia arriba, lo suficientemente cerca el uno del otro como para sentir sus aromas. Él olía a aire fresco y a cuero. Ella, a aguarrás.

– ¿Qué te parece cómo me quedaron los pisos? Espera a que te muestre el de la sala principal.

Eric bajó la vista. Se encontró con los pies descalzos de Maggie bajo los jeans amplios, enrollados hasta la pantorrilla; pies familiares que había visto tantas veces a bordo del Mary Deare aquel verano en que prácticamente vivían en traje de baño.

– Parecen nuevos -dijo, refiriéndose a los pisos, luego echó un vistazo a la habitación vacía. -La decoración me parece un poco austera, te diré.

Maggie rió y hundió las manos en los bolsillos del pantalón.

– Todo a su tiempo.

– Me enteré de que ya estás instalada aquí. ¿Se vendió tu casa de Seattle?

– Sí.

– ¿Dónde están tus cosas?

– En el garaje. Por ahora, sólo saqué los enseres de cocina y una cama para mí.

– La cocina quedó sensacional. Veo que tienes talento.

– Gracias. No veo la hora de terminar con toda la carpintería para poder entrar el resto de los muebles. -Levantó la vista hacia la moldura del cielo raso y Eric se descubrió contemplándole la curva del cuello. -Decidí pintar de blanco todos los zócalos y molduras del piso de arriba y dejar los de abajo color madera. En cuanto los termine, podré comenzar con el empapelado, pero tardo tanto en conseguir las cosas. Tres semanas para que me llegue el papel de Bahía Sturgeon. Cuando termine con la pintura, decidí tomarme un recreo e ir a Chicago. Allí puedo conseguir todo el papel en un día.

– ¿Vas a empapelar las habitaciones tú?

– Sí.

– ¿Quién le enseñó a hacerlo? -preguntó Eric, siguiéndola dentro de otro dormitorio.

– ¿Enseñarme? -Maggie miró hacia atrás y se encogió de hombros. -Aprendí probando y equivocándome, creo. Soy profesora de economía doméstica. ¿Es necesario que le diga cuan poco económico es contratar empapeladores? Además, me divierte y tengo todo el invierno por delante, así que ¿por qué no hacerlo yo misma?

Eric pensó en venir algún día del largo y triste invierno y ayudarla. ¡Qué idea tonta!

– ¿Sabes qué he decidido? -preguntó Maggie.

– ¿Qué?

– Dar a cada dormitorio el nombre de uno de los hijos de Thaddeus Harding. Ésta será la habitación Franklin, aquélla, la Sarah, y aquella otra, la habitación Victoria. Pondré una placa de bronce en cada puerta. Por suerte para mí, Thaddeus sólo tuvo tres hijos, de modo que esta habitación tendrá el nombre que se merece. -Guió a Eric dentro del cuarto dormitorio. -La Habitación del Mirador. ¿Cómo podría llamarse de otra manera? -Él se detuvo junto a ella y observó la habitación a la luz del día. Luminosa, blanca, amoblada solamente con la cama de Maggie en el centro. No había sido arreglada esa mañana ni demasiado revuelta la noche anterior.

Maggie dormía -notó Eric- mirando hacia la ventana y el agua. En una esquina de la habitación, un par de zapatos abotonados antiguos adornaban el piso con aspecto remilgado.

Eric sonrió, pasó la mirada de los pies descalzos de Maggie a los zapatos y comentó:

– Así que aquí fue donde los perdiste.

Maggie rió y bajó la mirada, al tiempo que pasaba un pie por sobre los tablones de madera reluciente.

– Estos pisos parecen de raso. Me encanta sentirlos contra los pies.

Sus ojos se encontraron y los recuerdos volvieron -para ambos, esta vez- de días de verano a bordo del Mary Deare, descalzos y enamorados.

Maggie fue la primera en apartar la vista. Miró hacia la ventana y exclamó:

– ¡Mira… está nevando!

Afuera habían comenzado a caer grandes copos esponjosos que adornaban las ramas de los árboles y desaparecían al tocar el agua. El cielo estaba incoloro, una enorme extensión de blanco sobre blanco.

– Extrañaba esto -dijo Maggie, dirigiéndose a la ventana-.En Seattle nevaba arriba en las montañas, por supuesto, pero extrañaba ver la nieve cambiando el aspecto del jardín, como ahora, o despertar esa primera mañana en que el dormitorio está tan luminoso que hasta brilla el cielo raso y saber que ha nevado durante la noche.

Eric la siguió y se paró a sus espaldas, contemplando la nieve, deseando poder disfrutar así de la nieve con Nancy. Para Nancy la nieve siempre significaba el comienzo de la temporada de viajes difíciles, de modo que encontraba poco para disfrutar. Ni siquiera apreciaba lo estético del paisaje. Cuando estaba en casa, nunca parecían tomarse tiempo para las cosas serenas como ésa.

¿Qué estás haciendo aquí, Severson, comparando a Maggie con tu mujer? ¡Dale los malditos papeles y vete!

Pero se quedó en la ventana junto a Maggie, viendo cómo los colores oscuros del invierno desaparecían bajo un manto blanco.

– ¿Sabes en qué me hace pensar? -preguntó Maggie.

– No.

– En un mantel blanco de hilo que el mundo se pone para el Día de Acción de Gracias. Ese día tiene que haber nieve, ¿no te parece?

Levantó la vista y lo encontró muy cerca, mirando no la nieve, sino a ella.

– Absolutamente -terció Eric y por un instante olvidaron la vista, la presencia del electricista en el piso de abajo y las razones por las que no debían estar tan cerca el uno del otro.

Maggie se recuperó primero y se apartó discretamente.

– ¿Quieres que bajemos?

Mientras descendían, explicó:

– Encontré esos zapatos antiguos en una tienda de Chicago y no pude resistir. Quedarán pintorescos en uno de los dormitorios ¿no crees?

Su charla sensata acabó con la amenaza que habían sentido arriba y si por un momento se sintieron tentados, y si en ese mismo momento reconocieron que la tentación era mutua, siguieron recorriendo la casa fingiendo que no había sucedido. Ella mantuvo una conversación animada mientras lo guiaba por las habitaciones, mostrándole las paredes y las ventanas y los pisos, en especial los de la sala.

– Descubrí este magnífico trabajo artesanal debajo de una vieja alfombra apolillada. -Se arrodilló y pasó una mano por la estupenda madera. -Es parquet de arce. Mira el diseño. ¿No te parece hermoso cómo está trazado?

Él también se agazapó, con un crujido de rodillas, y tocó la madera.

– Es bellísimo. ¿Ésta es la sala donde piensas poner el bol con caramelos y los licores?