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– Sí. Podríamos servirnos algo ahora -respondió Maggie alegremente- si tuviera caramelos o licores en la casa. Por desgracia, todavía no los cuento entre mis provisiones. ¿Te conformarías con una taza de café?

Caminando delante de él hacia la cocina, Maggie se desvió por el comedor, donde el electricista trabajaba con un destornillador en un interruptor en la pared. Con la electricidad desconectada y la caída de la noche, la habitación estaba en penumbras.

– ¿Conoces a Patrick Deitz?

– Creo que no.

– Patrick Deitz, él es Eric Severson. Tiene un barco de excursiones de pesca en Gills Rock. Vamos a tomar café. ¿Quiere una taza?

– No me vendría mal, señora Stearn. -Patrick se metió el destornillador en el bolsillo y estrechó la mano de Eric. -Pero espere aquí mientras conecto la luz.

Desapareció momentáneamente, dejando a Maggie y Eric de pie en la tenue luz, mirando una gran ventana saliente. No había peligro esta vez: Deitz estaba cerca y habían superado el momento de arrobamiento. Contemplaron la nieve, unidos por el vacío de la casa y el cambio de estación que sucedía ante sus ojos y por la llegada del crepúsculo.

– Me va a encantar vivir aquí -dijo Maggie.

– Ya veo por qué.

Deitz regresó, hizo pruebas con un interruptor con variador de luminosidad y preguntó:

– ¿Qué le parece así, señora Stearn?

Maggie sonrió hacia la araña que relucía, recién lustrada.

– Perfecto, señor Deitz. Tenía razón respecto de las bombitas que había que usar. Estas con forma de vela le dan el toque justo. Es una araña magnífica. ¿No te parece, Eric?

En realidad, era un pedazo de metal bastante feo, pero cuanto más lo miraba Eric, más le gustaba su encanto antiguo. Primero la nieve, luego el piso, ahora la araña. A pesar de que se había advertido acerca de no hacer comparaciones, era imposible evitarlas, porque descubrió mientras recorría la casa, qué poco tiempo se tomaba Nancy para apreciar las cosas; las cosas pequeñas, sencillas. Maggie, por otra parte, lograba convertir la simple llegada del crepúsculo en una ocasión.

– ¿Bien, qué les parece un café? -dijo Maggie.

Los tres se sentaron a la mesa. Maggie sirvió el café en grandes jarros, se preparó un té para ella y tuvo que llenar dos veces el plato de masitas de canela. Hablaron sobre la temporada de los Empaquetadores de Bahía Green, de cómo ya no se podía conseguir duraznos con pelusa porque la hibridación los había dejado lisos; de cuál era la mejor forma de preparar el salmón; y de la mesa de cocina de Maggie, que ella había encontrado bajo las herramientas en el garaje de su padre. Discutieron animadamente sobre cuáles eran las mejores tiendas de antigüedades de la zona y Maggie oyó numerosas anécdotas sobre sus dueños.

Al cabo de media hora, Patrick Deitz miró su reloj, se palmeó las rodillas y dijo que era hora de empezar a recoger las herramientas pues ya se habían hecho las cinco y media.

En cuanto él se levantó, Eric hizo lo mismo.

– Será mejor que yo también me vaya -dijo, mientras Deitz se dirigía al comedor.

– ¿No vas a mostrarme lo que me trajiste? -preguntó Maggie, señalando los papeles que Eric había dejado sobre una silla.

– ¡Uy, casi me olvido! -Se los alcanzó por encima de la mesa. -Es sólo información sobre cómo registrarte en la Cámara de Comercio. Soy miembro y tratamos de llegar a todas las nuevas empresas lo antes posible. Creo que puedes considerar esto como una invitación formal para unirte a la Cámara.

– ¡Pero muchas gracias! -Maggie echó un vistazo a la revista. La Llave de la Península Door. En la portada había una fotografía del lago en verano. Adentro había información turística de todo tipo, avisos de restaurantes, hoteles y tiendas de toda la zona de Door County.

– Es una copia de la revista del verano pasado y la hoja adicional contiene la información de lo que cuesta registrarse. Sería imposible tener una hostería y no hacerlo. Casi todos tus clientes buscarán referencias en la Cámara, de modo que es el mejor dinero que puedes gastar en publicidad.

– Gracias. Lo miraré hoy mismo.

– Calculo que probablemente iremos a imprenta en febrero o marzo con el ejemplar del verano que viene, de modo que tendrás mucho tiempo para planear un aviso. Yo hago el mío en Barker's, en Bahía Sturgeon. Tienen un departamento de artes gráficas muy bueno.

– Lo recordaré, gracias.

Fueron hasta la puerta y se detuvieron.

– Los miembros de la Cámara se reúnen una vez por mes para a desayunar en diferentes restaurantes de la zona. Nada formal, sólo una forma de estar en contacto con los diferentes empresarios. El mes que viene, el día 4, creo, nos reuniremos en The Cookery. Serás bienvenida.

– Es posible que vaya.

Deitz apareció en la cocina con su caja de herramientas.

– Bueno, me voy, señora Stearn. Gracias por el café y las masitas. Estaban deliciosas.

– De nada.

– Fue un gusto conocerlo, Eric. -Deitz hizo un movimiento de cabeza.

– Lo mismo digo.

Deitz pasó entre ellos y Maggie abrió la puerta para que saliera. Una vez que se marchó, ella se quedó afuera en el aire frío, con la puerta todavía abierta.

– Bien, piensa lo del desayuno -la alentó Eric.

– Lo haré.

– Y gracias por la recorrida.

– De nada.

– Me encanta la casa, de veras.

– A mí también. -El aire frío seguía entrando. Maggie cruzó los brazos.

– Bueno… -Eric buscó en un bolsillo los guantes y se los puso, despacio. Hasta luego, entonces.

Ninguno de los dos se movió; sólo lo hicieron sus ojos, para encontrarse. Maggie no quiso decir las palabras, pero éstas brotaron de la nada.

– Deja que busque mi abrigo y te acompañaré hasta la calle.

Eric cerró la puerta y esperó mientras ella desaparecía dentro de la habitación de servicio y regresaba con un par de zapatillas, sin medias y con una gruesa campera rosada. Se arrodilló, se desenrolló los pantalones, luego se irguió para subirse el cierre de la campera.

– ¿Lista?

Ella lo miró y sonrió.

– Aja.

Eric abrió la puerta, la dejó pasar primero a la penumbra de las cinco y media. La nieve que caía suavemente creaba una aureola alrededor de la luz de la galena trasera. El aire olía a fresco, a invierno recién llegado. Avanzaron lado a lado por las huellas de Deitz. -Ten cuidado -le advirtió Eric-. Está muy resbaladizo. -En lugar de tomarla del codo, dejó que su brazo rozara el de ella, un contacto leve entre ropa de abrigo, y sin embargo, a través de dos mangas gruesas, sintieron tanto la presencia del otro como si hubieran estado piel contra piel. En algún sitio colina arriba, Deitz cerró la puerta del camión, puso el motor en marcha y se alejó. Ellos aminoraron el paso, al trepar los escalones que subían al camino.

La nieve caía en grandes copos livianos, verticalmente, en un aire tan silencioso que el contacto del cielo con la tierra podía oírse como el suave golpeteo de miles de escarabajos en una noche de verano. Al llegar al segundo escalón, Maggíe se detuvo.

– Shhh… escucha… -Echó la cabeza hacia atrás.

Eric levantó el rostro hacia el cielo lechoso y escuchó… y escuchó.

– ¿Oyes? -susurró Maggie -. Se oye el ruido de la nieve al caer.

Eric cerró los ojos y escuchó y sintió los copos sobre los párpados y las mejillas, derritiéndose.

Vete ya, Severson, y olvida que estuviste de pie bajo la nieve con Maggie Pearson. Nunca pensaba en ella como Maggie Stearn.

Abrió los ojos y sintió un repentino mareo al ver el movimiento perpetuo encima de él. Un copo le cayó sobre el labio superior. Lo lamió y se obligó a avanzar.