Maggie lo siguió, codo a codo.
– ¿Que vas a hacer el día de Acción de Gracias? -preguntó Eric, sintiendo de pronto con certeza que pensaría en ella ese día.
– Viene Katy. Lo pasaremos en casa de mis padres. ¿Y tú?
– Nos reuniremos todos en casa de Mike y Barb. Pero Ma hará el relleno. Tiene pánico de que Barb pueda poner algo de pan comprado y envenenarnos a todos.
Rieron y llegaron a la camioneta. Se detuvieron y se miraron, con nieve entre los pies.
– Será la primera vez que Katy vea la casa.
– Pues será un placer para ella.
– No estoy tan segura. Katy y yo tuvimos una pelea por la venta de la casa de Seattle. -Maggie se encogió de hombros y prosiguió, como fastidiada consigo misma: -La verdad es que desde entonces no ha sido muy cordial conmigo. Me da un poco de temor su llegada. Ella cree que es deber de la madre mantener ardiendo los fuegos del hogar, siempre y cuando sea el hogar donde se criaron los hijos. Fui a Chicago hace un par de semanas y la invité a cenar afuera, pero la atmósfera estuvo un poco fría. -Suspiró. -¡Ay, los hijos…!
– Mi madre siempre decía que todos los hijos pasan por una racha de egoísmo en algún momento entre la pubertad y el sentido común, en la que piensan que sus padres son unos idiotas que no se saben vestir ni saben hablar ni saben pensar. Recuerdo haber pasado por esa etapa.
Maggie agrandó los ojos con aire inocente.
– ¿Yo también la habré pasado?
Él rió.
– No lo sé. ¿Tú qué crees?
– Supongo que sí. No podía esperar a alejarme de mi madre.
– Bueno… ahí tienes.
– ¡Eric Severson, no me compadeces en absoluto! -lo retó con fingida irritación.
Él volvió a reír y luego se puso serio.
– Disfruta de lo que tienes, Maggie -comentó, con voz grave-. Tienes una hija que viene a casa para Acción de Gracias. Daría cualquier cosa por tenerla yo también.
Su confesión provocó un sacudón de sorpresa en Maggie, seguido de la sensación inquietante de haber sido depositaría de una confidencia que no sabía si quería recibir. Algo cambiaba, al saber que había una rajadura en su matrimonio.
– Sabes, Eric, no puedes hacer un comentario así sin dejar una pregunta obvia en la cabeza de la otra persona. No te la voy a hacer, sin embargo, porque no son asuntos que me incumban.
– ¿Te importa si te la respondo directamente? -Al ver que ella no respondía, dijo: -Nancy nunca quiso tener hijos. -Se quedó mirando la distancia luego de hablar.
Después de unos instantes de silencio, Maggie susurró:
– Lo lamento.
Él se movió, inquieto, revolviendo la nieve con el pie.
– Ahh… bueno… No tendría que haber dicho nada. Es mi problema y lamento haberte puesto incómoda sacándolo a la luz.
– No… no… no lo hiciste.
– Sí, fue así y te pido disculpas.
Ella levantó la mirada y contuvo el impulso de tocarle la manga y decirle: Yo soy la que lo siente, recuerdo cuánto deseabas tener hijos. Hacerlo hubiera sido imperdonable, porque a pesar de las diferencias entre Eric y su mujer, el hecho era que él estaba casado. Por unos momentos, sólo habló la nieve, golpeando la tierra alrededor de ellos. Maggie recordó haberlo besado mucho tiempo atrás, en una noche como ésa, en su vehículo para nieve, en la hondonada bajo el risco, saboreando su piel, la nieve y el invierno en su boca. Él había detenido el motor y estaban sentados en el repentino silencio, con los rostros levantados hacia el cielo oscuro de la noche. Luego él se volvió, pasó la pierna por encima del asiento y dijo en voz baja:
Maggie…
– Me voy -dijo Eric en ese momento, abriendo la puerta de la camioneta.
– Me alegra que hayas venido.
Él miró hacia la casa.
– Me gustaría verla algún día con los muebles.
– Por supuesto -respondió ella.
Pero ambos sabían que lo prudente era que jamás volviera a pasar por allí.
– Que tengas un lindo día de Acción de Gracias -le deseó él, al tiempo que subía a la camioneta.
– Igualmente. Dale saludos a tu familia.
– Gracias. -Pero comprendió que no podría pasar el mensaje, porque ¿qué motivo podría dar para haber estado en casa de Maggie?
La puerta de la camioneta se cerró de un golpe y Maggie dio un paso atrás. El arranque tosió… tosió… y tosió. Adentro de la cabina oyó un golpe sordo; Eric le estaba dando aliento, probablemente golpeando el puño contra el tablero. Más toses y luego el ruido de la ventanilla al bajar.
– ¡Esta vieja puta del demonio! -dijo Eric afectuosamente.
Mientras Maggie reía, el motor arrancó y rugió. Eric lo aceleró, encendió los limpiaparabrisas y gritó por encima del ruido:
– ¡Adiós, Maggie!
– Adiós. ¡Maneja con cuidado!
Un instante más tarde las huellas de los neumáticos se perdieron en la oscuridad. Maggie se quedó largo rato contemplándolas, sintiéndose turbada e inquieta.
El día de Acción de Gracias, veinte personas se reunieron al rededor de la mesa de los Severson; once de ellas eran nietos de Anna. Mike y Barb estaban presentes con sus cinco hijos. Ruth, la beba de la familia, había venido desde Duluth con su marido Dan y los tres niños. Larry, el penúltimo, y su mujer, Fran, arribaron desde Milwaukee con tres más, uno de los cuales todavía era tan pequeño que necesitaba una silla alta.
Una vez que se afiló el cuchillo de trinchar y el pavo asado estuvo delante de Mike, en la cabecera de la mesa, él hizo callar a todos y dijo:
– Tomémonos de la mano, ahora. -Cuando la ronda de manos estuvo firmemente cerrada, comenzó la plegaria. -Señor Nuestro, te agradecemos por otro año de buena salud y prosperidad. Te agradecemos por esta comida y por permitimos estar todos de nuevo alrededor de la mesa para disfrutarla. Te agradecemos especialmente por tener a Ma, que una vez más, se ha encargado de que ninguno sufra por comer pan comprado. Y por tener a las familias de Ruth y Larry aquí este año, aunque te pedimos que recuerdes a la pequeña Trish cuando ha comido suficiente tarta de zapallo con crema, considerando lo que sucedió el año pasado después de su tercera porción. Y por supuesto, te agradecemos por toda esta banda de niños que después de cenar van a ayudar a sus madres, lavando los platos. Y una cosa más, Señor, de parte de Barb y mía. Lamentamos haber tardado tanto para agradecerle como es debido, pero por fin vimos la luz y comprendimos que quieres lo mejor para nosotros al darnos otro hijo más que cuidar. El año que viene, cuando nos tomemos las manos alrededor de esta mesa otra vez y seamos veintiuno, permítenos estar sanos y felices como hoy. Amén.
Los más pequeños repitieron:
– Amén.
Nancy echó una mirada a Eric.
Los demás miraron a Mike y Barbara.
Nicholas por fin recuperó el habla.
– ¿Otro más?
– Sí -respondió Mike, tomando el cuchillo de trinchar-. Para mayo. Justo a tiempo para tu graduación.
Mientras Mike trinchaba el pavo, todos los ojos se fijaron en Anna. Ella ayudó a su nieto más cercano a aplastar con el tenedor una batata almibarada y comentó:
– Me parece reconfortante haber completado la docena de nietos. Me gustan los números pares. Barbara, ¿vas a comenzar a pasar las papas y la salsa o nos vamos a quedar todos mirando la comida hasta que se enfríe?
La tensión de todos se aflojó en forma visible.
Ese día dejó a Eric callado y melancólico. Estar otra vez con sus hermanos le trajo recuerdos alegres y coloridos de su infancia en una familia de seis: el ruido, las risas, el alboroto. Toda su vida había dado por sentado que recrearía la misma escena con sus hijos. El hecho de aceptar que eso nunca sucedería era un trago amargo que costaba deglutir. Y le quitaba parte de la alegría a la festividad de ese año.