Rodeado de ruido y festejos, Eric cayó en períodos de frecuente silencio. A veces se quedaba mirando la pantalla de televisión sin registrar las imágenes de los partidos de fútbol. Los otros gritaban y festejaban los tantos, sacudiéndolo de su ensimismamiento y acusándolo de dormitar. Pero no dormitaba, sino que cavilaba. En ocaciones miraba por la ventana la nieve y recordaba a Maggie volviéndose para decir por encima del hombro: "El Día de Acción de Gracias tiene que haber nieve, ¿no te parece?" La imaginó en casa de sus padres cenando y se preguntó si habría hecho las paces con su hija. Recordó la hora pasada en la casa de ella y tomó conciencia de que había sentido más feliz allí ese día que ahora, rodeado de personas a las que quería.
Descubrió a Nancy observándolo desde el otro extremo de la habitación y se recordó el verdadero significado de esa mirada. Siguió el ejemplo de Mike y fijó firmemente los pensamientos en las cosas por las que debía sentirse agradecido: la familia que lo rodeaba, la buena salud de todos, su alegría de vivir, el barco, la casa, una mujer hermosa y trabajadora.
Al llegar a su casa esa noche a las ocho, hizo el propósito de dejar de pensar en Maggie Stearn y de mantenerse alejado de su casa. Mientras Nancy abría la puerta del guardarropa, él se acercó desde atrás y la encerró entre sus brazos, ocultando la cara contra la nuca de ella. El cuello del abrigo de Nancy olía como un jardín florido. La piel de su cuello era suave y tibia. Nancy ladeó la cabeza y cubrió los brazos de Eric con los suyos.
– Te amo -murmuró el, dándole verdadero sentido a sus palabras.
– Y yo a ti.
– Y te pido perdón.
– ¿Por qué?
– Por negarme la última vez que quisiste hacer el amor. Por dejarte afuera estas últimas dos semanas. No debí hacerlo.
– Ay, Eric. -Ella se volvió y se apretó contra él, entrelazando los brazos alrededor de su cuello. -Por favor, no dejes que este asunto del bebé se interponga entre nosotros.
Eso ya sucedió.
Eric la besó y trató de alejar el pensamiento de su cabeza. Pero permaneció allí, y el beso -para Eric- se tornó agrio. Hundió el rostro contra ella, sintiéndose despojado y muy asustado.
– Siento tanta envidia de Mike y Barb.
– Lo sé -dijo Nancy-. Lo vi en tu rostro. -Lo abrazó y le acarició la nuca. -Por favor, no te pongas así. Tengo cuatro días para estar en casa. Hagamos que sean días felices.
Eric se prometió que lo intentaría. Pero reconoció que llevaba algo muy adentro de él, algo nuevo, inquietante y destructivo. Ese algo era la primera semilla de amargura.
Katy Stearn partió de Chicago luego de su clase de la una la víspera de Acción de Gracias. Iba sola, tomándose tiempo para juntar rencor contra su madre y compasión hacia sí misma.
Tendría que estar volando a Seattle con Smitty. Tendría que ir a encontrarme con todos los del grupo en El Faro y ver quién está engordando a fuerza de comer mal en las cafeterías de la universidad, quién se ha enamorado de quién y quién sigue siendo un posma. Tendría que estar pavoneándome con mi buzo de Northwestern y mi nuevo corte de cabello y viendo en qué anda Lenny, averiguar si ya está saliendo con alguien en la Universidad de California o si lo dejé prendado de mí para siempre. Debería estar conduciendo por calles conocidas, esperando la visita de amigos y durmiendo en mi vieja habitación.
Acababa de cumplir dieciocho años, era una muchacha común y no se consideraba egoísta, sino traicionada por la decisión repentina de su madre de mudarse a Door County.
Con toda deliberación había evitado preguntar dónde quedaba la casa nueva de su madre y fue directamente a lo de sus abuelos. Llegó poco antes de las siete.
Vera abrió la puerta.
– ¡Katy, hola!
– Hola, abuela.
Vera aceptó el abrazo mientras echaba una mirada al pórtico vacío.
– ¿Dónde está tu madre?
– Todavía no fui a su casa. Decidí pasar primero por aquí.
Vera se apartó y exclamó:
– ¡Por Dios, hija!, ¿dónde están tus botas de goma? ¿Vas a decirme que te viniste desde Chicago sin botas de goma en el auto? ¡Te pescarías una pulmonía si se te descompusiera el coche y tuvieras que caminar!
– Tengo un coche nuevo, abuela.
– Eso no es excusa. Los coches nuevos también se descomponen. ¡Roy, mira quién está aquí, y sin botas de goma!
– Hola, abuelo.
– ¡Mi pequeña Katy! -Él salió de la cocina y le dio un abrazo de oso. -No puedo creer que ya estés tan grande como para venirte manejando sola desde Chicago. ¿Qué tal la universidad?
Conversaron mientras se dirigían a la cocina. Vera le preguntó había cenado y cuando Katy respondió que no, abrió la heladera y dijo:
– Bueno, tengo un resto de sopa para calentarte. Roy, quita tus cosas de aquí. Las has desparramado por toda la mesa. -Se puso a calentar la sopa mientras Katy y Roy se sentaban a la mesa y él le hacía preguntas sobre Chicago y los estudios.
Cuando Katy hacía sus planes para ir a la universidad, ésa era la escena que había imaginado con su madre cuando regresara a casa. Si hubiera ido primero a lo de Maggie, estaría sucediendo allí. Pero esa casa desconocida en ese pueblito desconocido!¿Cómo podía su madre haberle hecho una cosa así? ¿Cómo? Su madre la acusaba a ella, Katy, de ser egoísta, cuando Katy veía la acción de Maggie como un arrebato de egoísmo.
Vera se acercó con la sopa, gállelas, queso y carne fría y se unió a ellos mientras Katy comía. Luego comenzó a limpiar la mesa y Roy puso su trabajo de nuevo en el centro.
– ¿Qué estás haciendo, abuelo?
– Una aldea victoriana. Todos los años hago un par de edificios. El primer año hice la iglesia, y desde entonces he hecho nueve cosas.
– ¿Y este año, qué haces?
– Una casa. Una replica de la de tu madre, en realidad. -Al verlo unir dos trozos delicados de madera, Katy sintió una mezcla de deseos que no comprendía. Deseos de estar con su madre; de verse libre de ella. De ver la casa; de no verla nunca. De que le encantara; de despreciarla. -Se ha comprado una casa hermosa, sabes.
Vera habló desde la pileta.
– Le dije que era una locura comprar algo tan grande. ¡Y tan viejo, por Dios!, pero no quiso escucharme. Qué puede querer una mujer sola con una casa de ese tamaño es algo que no…
Vera siguió y siguió. Katy contempló la réplica y trató de descifrar sus complejas emociones. Roy desparramó cola sobre un marco de ventana en miniatura y lo aplicó a la casa. ¿Cómo quedaría la casa terminada? ¿La planta superior, el techo?
– …no tiene ni un mueble en la casa, así que no sé dónde vas a dormir si vas allí -terminó Vera, por fin.
El olor de la cola llenaba la habitación. En la pileta, Vera lustraba las canillas. Sin levantar la mirada de su trabajo, Roy dijo a su nieta:
– No me sorprendería que tu madre estuviera esperándote en este mismo momento para mostrártela.
Katy sintió la picazón de lágrimas en los ojos. Las lágrimas nublaron las manos de Roy mientras lo miraba encolar otra pieza y ponerla en su sitio. Katy pensó en Seattle y en la casa que conocía tan bien. Pensó en una casa en el otro extremo del pueblo donde no moraba ni un solo recuerdo. Tenía que ir a ese sitio que le inspiraba rencor, a ver a esa madre con la que se había peleado, a la que extrañaba tanto que se le oprimía el pecho.
Esperó hasta que Vera subió al baño.
En la cocina silenciosa, Roy continuaba armando su maqueta.
– ¿Abuelo? -preguntó Katy en voz baja.
– ¿Hmm? -respondió él, dando la impresión de que su única preocupación era completar otra casa de su aldea victoriana.