– Necesito que me indiques cómo llegar allí.
El levantó la vista, sonrió como un cansado Papá Noel y extendió el brazo para apretar la mano de Katy.
– Bien hecho -dijo.
El camino era curvo y empinado. Ella lo recordaba vagamente de años anteriores cuando en forma ocasional iban a pasar unas vacaciones de verano y subían a la colina para ver las casas veraniegas de "los ricos". El risco, a la izquierda y los árboles, a la derecha, encerraban el camino. No había iluminación, sólo la luz aislada de una galería trasera, y en algunos sitios, hasta éstas se veían oscurecidas por espesos cercos de siemprevivas. Los faros del automóvil iluminaban paredes de piedra cubiertas de nieve y los empinados techos a la inglesa de los garajes, que parecían tener más personalidad que muchas casas modernas.
Divisó con facilidad el automóvil de su madre y estacionó frente a él, junto a una alta pared de siemprevivas. Puso el motor en punto muerto y contempló el coche de su madre cubierto de nieve, el garaje desconocido, la chata superficie blanca de la cancha de tenis y la destartalada glorieta de la que su madre tanto le había hablado en las cartas. Se sentía extrañamente distante, enfrentándose por primera vez con estas cosas que ya significaban algo para su madre. Nuevamente la invadió la tristeza del abandono, pues ella, Katy, no formaba parte de nada de lo que estaba alrededor de ella.
Un vistazo a la derecha reveló el espeso cerco que le impedía ver la casa. De mala gana, Katy apagó los faros y el motor y descendió del automóvil.
Se quedó unos instantes en la cima del sendero entre los arbustos fragantes, mirando la parte trasera de una casa donde la luz de una pequeña galería brillaba en señal de bienvenida. Había una puerta con banderola, y junto a la puerta, otra ventana, larga y estrecha, arrojando una flecha de luz dorada sobre la nieve. Levantó la vista hacia el gran tejado, pero sólo pudo ver la enorme sombra, sin detalle alguno en la oscuridad.
Por fin comenzó a bajar los escalones.
En la galería se detuvo, las manos hundidas en los bolsillos, contemplando el encaje de la ventana y las imágenes borrosas del otro lado. Sentía como si sus propias necesidades, igual que la imagen vista a través del grueso encaje, se hubieran oscurecido. No necesitaba a su madre y, sin embargo, su ausencia le dolía. No necesitaba venir aquí para pasar la fiesta y sin embargo, ir a Seattle sin familia era impensable. Echó una mirada al maíz y a la placa de bronce, dispuesta a repudiar la casa, pero captó en cambio su encanto y calidez.
Golpeó a la puerta y esperó. El corazón se le aceleró de expectativa y temor cuando vio, a través de la cortina, una figura moviéndose en la habitación. La puerta se abrió y allí estaba Maggie, sonriente, vestida con un moderno overol y una camisa rosada diseñada como ropa interior.
– ¡Katy, llegaste!
– Hola, mamá -respondió Katy con displicencia.
– Bueno, pasa. -Al abrazar a Katy, que más o menos se lo permitió, Maggie pensó: ¡Ay, Katy, no seas como mi madre! Por favor, no te pongas como ella. Cuando la soltó, Katy se quedó con las manos en los bolsillos, detrás de una barrera palpable como un muro de acero, dejando a Maggie la tarea de buscar trivialidades que alcanzaran para las dos.
– ¿Cómo estuvo el viaje?
– Bien.
– Pensé que llegarías más temprano.
– Me detuve en casa de los abuelos. Cené con ellos.
– Ah. -Maggie disimuló su desilusión. Había preparado espaguetis con albóndigas, pan de queso y tarta de manzana, todos platos favoritos de Katy. -Bueno, seguro que les diste una gran alegría. Han estado deseando que vinieras.
Katy se quitó la bufanda y comentó:
– Así que ésta es la casa. -Una habitación cálida y llena de hospitalidad, pero tan diferente de la casa en la que se había criado. ¿Dónde estaba la mesa de cocina de siempre? ¿De dónde había salido esa otra mesa? ¿Desde cuándo su madre se vestía como una veinteañera? Tantos cambios. Daban a Katy la impresión de que había estado lejos años en lugar de semanas, que su madre había sido completamente feliz sin ella.
– Sí, ésta es la casa. Ésta fue la primera habitación que renové. Ésa es una vieja mesa del abuelo, los armarios son nuevos, pero el piso es original. ¿Te gustaría ver el resto de la casa?
– Y bueno…
– Bien, vamos; quítate la campera y te mostraré todo.
Mientras recorrían las habitaciones vacías, Katy preguntó:
– ¿Dónde están todos nuestros muebles?
– Guardados en el garaje. Cuando llegaron, no tenía todavía los pisos listos.
Para Katy se hizo evidente, mientras seguía a su madre por la casa, que ella no tenía intención de desenterrar las reliquias del pasado, que amoblaría su nuevo hogar con otras cosas. Volvió a sentir rencor, aunque se vio obligada a admitir que los muebles tradicionales quedarían fuera de lugar en esta casa con cielos rasos altísimos y habitaciones enormes. La estructura exigía piezas grandes, con personalidad y una larga historia.
Llegaron a la Habitación del Mirador y allí, por fin, estaba la familiaridad que tanto había ansiado Katy: su propia cama y su cómoda, diminutas en la habitación inmensa. La cama estaba cubierta con la colcha de margaritas azules de siempre, que parecía gastada y fuera de lugar. Maggie había desenterrado varios muñecos rellenos para poner junto a la cama. Sobre la cómoda había un alhajero que Katy había recibido como regalo de Navidad a los nueve años y una canastita con recuerdos de años recientes: cuentas y frascos de perfume y los pompones de sus patines.
Katy miró alrededor y sintió un nudo en la garganta. ¡Qué infantil parecía todo de pronto!
A sus espaldas, Maggie habló con suavidad.
– No sabía qué te gustaría que pusiera.
Las margaritas azules se tornaron borrosas y el abrumador peso del cambio cayó sobre Katy. Sintió que se le cerraba la garganta.
Quería tener doce años otra vez, estar con su papá y no tener que acostumbrarse a los cambios. Al mismo tiempo, le gustaba estar en la universidad, dar sus primeros pasos en el mundo y verse libre de presiones paternas. En forma abrupta, giró en redondo y se arrojó en brazos de Maggie.
– ¡Ay, mamá… es tan difícil cr… crecer!
El corazón de Maggie se hinchó de amor y comprensión.
– Lo sé, mi tesoro, lo sé. Para mí también.
– Perdóname.
– Tú también a mí.
– Pero es que extraño tanto nuestra casa y Seattle…
– Te comprendo. -Maggie le masajeó la espalda. -Pero eso, y lodos los recuerdos asociados con eso, son parte del pasado. Tuve que dejarlos y hacer lugar para algo nuevo en mi vida, de otro modo me hubiera marchitado ¿me entiendes?
– Sí, te entiendo.
– Marcharme de allí no significa que haya olvidado a tu padre, ni lo que fue para nosotras dos. Lo amaba, Katy, y tuvimos la mejor vida que pude imaginar, la clase de vida que desearía que tuvieras con tu marido algún día. Pero descubrí que, cuando él murió, yo también me quedé como muerta. Me encerré en mí misma y lo lloré y dejé de preocuparme por cosas que es malsano descuidar. Desde que estoy aquí me he sentido tan… ¡tan viva otra vez! Tengo objetivos ¿comprendes? Tengo la casa en que trabajar, la primavera que esperar y ni negocio que encaminar.
Katy lo vio todo, esa faceta nueva de su madre, una mujer de tremenda fortaleza, que podía dejar a un lado los corsés de la viudez y florecer otra vez, sumergida en intereses nuevos. Una mujer de gustos eclécticos, que podía guardar un cargamento de muebles tradicionales y, con gran entusiasmo, lanzarse a la búsqueda de antigüedades. Una empresaria que recibía los desafíos con sorprendente confianza. Una madre que se enfrentaba con una catarsis tan importante como la que la propia Katy sentía. Aceptar esa faceta nueva de Maggie significaba despedirse de la anterior, pero Katy comprendió era necesario hacerlo.