Выбрать главу

Se apartó, todavía llorosa.

– Me encanta la casa, mamá. No quería que me gustara, pero no puedo impedirlo.

Maggie sonrió.

– ¿No querías que te gustara?

Secándose los ojos, Katy se quejó:

– Bueno, caramba, ¡odio las antigüedades! ¡Siempre las detesté! Y tú empiezas a escribirme sobre roperos antiguos y camas de bronce, comienza a picarme la curiosidad y ahora aquí estoy, ¡imaginándolo todo y sintiendo entusiasmo!

Riendo, Maggie volvió a abrazarla y las dos se mecieron.

– Eso se llama crecer, mi querida, aprender a aceptar cosas nuevas.

Katy se apartó.

– ¿Y cómo se llama esto? -tiró de la manga de la camisa de Maggie. -¿Mi madre de cuarenta años vestida como una joven a la última moda? ¿Esto también se llama crecer?

Maggie hundió las manos en los bolsillos del overol, enrollado en las pantorrillas y se miró la ropa.

– ¿Te gusta?

– No. Sí. -Katy levantó los brazos. -¡Caray, no lo sé! Ya no te pareces a mi mamá. Pareces una de las chicas de la universidad. ¡Me asusta!

– Sólo porque sea madre no significa que tenga que vestirme como una vieja, ¿no crees? Y, ya que estamos, te aclaro que me gusta tener cuarenta años.

– Ay, mamá… -Katy sonrió y, tomando a Maggie del brazo, la hizo girar hacia la escalera. -Me alegro por ti, de veras. Dudo de que pueda llegar a sentir que esto es mi hogar, pero si te sientes feliz, pienso que debo alegrarme por ti.

Más tarde, cuando estaban instalando a Katy en la Habitación del Mirador, ella comentó:

– La abuela no está muy contenta con que hayas comprado esta casa ¿no?

– ¿Con qué estuvo contenta la abuela alguna vez?

– Con nada que pueda recordar. ¿Cómo saliste tan distinta de ella?

– Haciendo un gran esfuerzo -respondió Maggie-. A veces me da lástima, pero otras veces me pone frenética. Desde que me mudé de allí a esta casa, sólo he ido una vez por semana, y es la única forma de poder llevarnos bien.

– El abuelo es dulce.

– Sí, y lamento no verlo más seguido. Pero viene aquí con frecuencia. A él también le encanta la casa.

– ¿Y a la abuela?

– Todavía no la vio.

– ¿No la invitaste?

– Sí, la invité, pero siempre encuentra una excusa para no venir. Te dije que me ponía frenética ¿no?

– ¿Pero por qué? No entiendo.

– Yo tampoco. Nunca nos llevamos bien. He estado tratando de entenderlo últimamente y es como si no quisiera que los demás fueran felices… no lo sé. Sea lo que fuere que alguien menciona, si lo hace feliz, ella tiene que despreciarlo o retarlo por algo que no tiene nada que ver.

– Me retó no bien entré en la casa porque no tenía puestas las botas.

– Eso es lo que quiero decir. ¿Por qué lo hace? ¿Siente celos? Suena ridículo, pero a veces se comporta como si los tuviera, aunque no sé de qué. En mi caso, quizá sea de mi relación con papá: siempre nos llevamos estupendamente bien. Quizá por el hecho de que puedo ser feliz, a pesar de la muerte de tu padre. Ciertamente, hay algo que le molesta en la compra de esta casa.

– ¿Entonces vamos pasar la cena de Acción de Gracias en su casa?

– Sí.

– ¿Te sientes desilusionada?

Maggie sonrió con optimismo.

– El año que viene cenaremos aquí. ¿Qué te parece?

– Trato hecho. Sin rencores de mi parte.

Maggie apartó a Vera de sus pensamientos.

– Y cuando llegue el verano, si quieres, puedes venir a trabajar aquí limpiando las habitaciones. Tendrías la playa aquí cerca y conozco gente joven que te puedo presentar. ¿Te gustaría la idea?

Katy sonrió.

– Puede ser.

– Bien. ¿Qué te parece si comemos un poco de tarta de manzana?

Katy sonrió de nuevo.

– Me pareció sentir el aroma cuando entré.

Maggie pasó un brazo alrededor de la cintura de su hija. Habían sido tres meses de antagonismo entre ambas. Quitarse ese peso de los hombros era todo lo que Maggie necesitaba para que su fiesta de Acción de Gracias fuera feliz. Juntas, se dirigieron a la cocina.

Capítulo 9

Soportaron el Día de Acción de Gracias con Vera. Katy se quedó cuatro días y prometió regresar a pasar al menos la mitad de las vacaciones de invierno con su madre; luego planeaba volar a Seattle y quedarse en casa de Smitty.

Llegó diciembre, trayendo más nieve y casi ningún turista hasta después de las fiestas, cuando los esquiadores de fondo y los aficionados a los vehículos de nieve invadirían Door County otra vez. El paisaje cambió de colores: sombras azules sobre tierra blanca; abetos casi negros y aquí y allá las bayas rojas como plumas de fuego sobre la nieve. Los pájaros de otoño se quedaron; el lago comenzó a helarse.

Maggie fue al pueblo un día antes del mediodía para buscar la correspondencia. En las calles ahora había mucho lugar para estacionar, de modo que se detuvo entre el correo y la tienda de Ramos Generales. Estaba subiendo a la acera cuando alguien gritó:

– ¡Maggie! ¡Eh, Maggie!

Ella miró alrededor, pero no vio a nadie.

– ¡Aquí arriba!

Maggie levantó la cabeza y se protegió los ojos contra el fuerte sol del mediodía. Un hombre saludaba con la mano desde el brazo mecánico de un camión muy alto.

– ¡Hola, Maggie!

Tenía puesta una campera y sujetaba una gigantesca campana navideña roja en una mano. El sol se reflejaba sobre los adornos verdes que se descolgaban del camión, enredándose en un poste de luz del otro lado de la calle.

– ¿Eric, eres tú?

– Hola, ¿cómo estás?

– ¡Muy bien! ¿Qué haces allí arriba?

– Coloco decoraciones navideñas. Me ofrezco como voluntario todos los años.

Ella sonrió, encandilada por el sol e inadecuadamente contenta de verlo otra vez.

– Están quedando muy bien. -Echó una mirada a la calle principal, donde gran cantidad de guirnaldas creaban el efecto de un toldo y campanas rojas decoraban los postes hasta llegar a la curva el extremo este de la calle. -¡Cielos! -bromeó-.Tu orgullo cívico me impresiona.

– Tengo tiempo de sobra. Además, me divierte. Me pone de humor festivo.

– ¡A mí también!

Se sonrieron durante varios segundos. Luego Eric dijo:

– ¿Cómo pasaste el día de Acción de Gracias?

– Muy bien, ¿y tú?

– Bien. ¿Vino tu hija?

– Sí.

Desde la acera, junto al camión, un hombre gritó.

– Eh, Severson, ¿vas a colgar esa campana o me tomo la hora para almorzar mientras te decides?

– Uy, lo siento. Oye, Dutch, ¿conoces a Maggie?

El hombre miró a Maggie desde la acera de enfrente.

– Creo que no.

– Ella es Maggie Stearn. Es la que compró la Casa Harding. Maggie, te presento a Dutch Winkler. Es pescador.

– ¡Hola, Dutch! -dijo Maggie y lo saludó con la mano. Dutch hizo lo mismo. En ese momento, un Ford rojo pasó junto a ellos, virando para esquivar el camión que bloqueaba un carril de la calle. El conductor del Ford saludó a Dutch con la mano y tocó la bocina.

Una vez que el vehículo pasó, Maggie estiró el cuello para volver a mirar a Eric.

– ¿No sientes vértigo allí arriba?

– ¿Quién, yo? ¿Un pescador que se pasa el día meciéndose sobre la cubierta?

– Ah, claro. Bueno, me alegra que pongas el pueblo de fiesta para el resto de nosotros.

– Desde aquí arriba ves a todas las chicas lindas y no se dan cuenta de que las observas -bromeó él.

Si él no hubiera estado gritando de manera que todo el que pasara pudiera oírlo, Maggie hubiera dicho que flirteaba. Sintió que se ruborizaba y decidió que había conversado lo suficiente.