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– Bueno, fue un gusto verte. Será mejor que me vaya a buscar la correspondencia y la leche. ¡Adiós!

– ¡Adiós! -Él la observó desde arriba, siguiendo con los ojos su cabeza morena y su chaqueta rosada.

¡Chaqueta rosada!

En ese momento le vino a la mente el hecho de que a ella siempre le había gustado el color rosado. Recordó de pronto cuántas veces le había regalado cosas rosadas. Una vez un osito rosado ganado en una kermés. Una flor rosada de uno de los arbustos de su madre, que le insertó en los agujeros de ventilación de su armario en la escuela. En otra oportunidad, borlas rosadas para los patines de hielo. Pero lo que más recordaba era aquella primavera del último año de la secundaria. Los huertos estaban en flor y él le pidió prestado el coche a Mike para llevarla a un autocine. En el camino, se detuvo en el campo a recoger flores rosadas de manzanos, cantidades y cantidades, y las puso detrás de los visores y en las manijas de las ventanillas, detrás de los ganchos para colgar ropa y hasta en el cenicero. Cuando fue a buscar a Maggie, estacionó a varios metros de distancia de su casa, temiendo que la madre lo viera y lo creyera loco; Vera siempre espiaba por la ventana cuando él pasaba a buscar a Maggie. Cuando Maggie vio las flores, se cubrió la boca con ambas manos y se emocionó. Eric recordó que la había abrazado -o ella a él- en el coche antes de encender el motor, recordó el aroma embriagador de las flores alrededor de ellos, la luz pálida del anochecer de primavera, y la sensación maravillosa de estar enamorado por primera vez en la vida. Esa noche nunca llegaron al autocine. Estacionaron en el huerto de Easley, debajo de los árboles, abrieron las puertas del coche para que el aroma de las flores de adentro se mezclara con el de las ramas que cubrían el techo del automóvil y allí, por primera vez, hicieron el amor.

De pie sobre un camión de seis metros de altura, en un día helado de invierno, Eric vio desaparecer la campera rosada de Maggie dentro del correo y recordó.

Una vez que ella se fue, regresó a su trabajo, distraído, vigilando con un ojo la puerta del correo. Maggie reapareció un instante, revisando la pila de cartas mientras caminaba hacia la tienda que estaba a cincuenta metros de distancia. Cuando estuvo a la altura del camión, saludó con la mano, y él levantó una mano enguantada, en silencio. Maggie desapareció dentro de la tienda y Eric terminó de colgar la campana de plástico, luego se asomó por encima del balde del elevador.

– ¿Eh, Dutch, tienes hambre?

Dutch miró su reloj.

– Cielos, ya son casi las doce. ¿Quieres parar para almorzar?

– Sí, ya estoy listo.

Mientras bajaba en el elevador, Eric mantuvo los ojos fijos en la puerta de la tienda de ramos generales.

La estás persiguiendo, Severson.

¿De qué hablas? Todo el mundo almuerza.

En la tienda había movimiento. Si se tenía en cuenta que eslaban en Fish Creek y era el mes de diciembre. Todo el pueblo sabía que la correspondencia llegaba entre las once y las doce de cada día. Y como no había reparto a domicilio más allá de los límites del pueblo, el mediodía traía una corriente diaria de personas que venían a buscarla y a hacer compras. Si es que existía una hora social en Fish Creek, ésta era la hora de llegada de la correspondencia.

Cuando Maggie entró en la tienda, casi todos los clientes estaban en la parte delantera. En el mostrador de la fiambrería no había nadie. Maggie escudriñó los manjares expuestos en la conservadora.

– ¿Qué está pasando por aquí? -bromeó.

Roy levantó la vista y sonrió.

– Esto es lo mejor que me ha sucedido en el día de hoy. ¿Cómo estás, mi ángel? -Dejó la tabla de picar y se acercó a abrazar a Maggie.

– Mmm… muy bien. -Ella le besó la mejilla. -Pensé que podría comerme uno de tus sandwiches ya que estaba aquí.

– ¿De qué lo quieres?

– De pastrami. Y hazlo grueso, estoy muerta de hambre.

– ¿Con pan blanco?

– No, de centeno. -Roy extrajo un bollo de centeno mientras ella investigaba el contenido de la vitrina de exhibición.

– ¿Qué tienes allí? Mmm, arenque. -Abrió la pesada puerta corrediza, cortó un trozo de arenque con la cuchara y se lo metió en la boca con los dedos. ¡Ahora sí que siento la llegada de Navidad! -masculló con la boca llena.

– ¿Quieres que me echen? ¿Qué haces, sirviéndote con los dedos?

– Están limpios -declaró Maggie, lamiéndose las puntas de los dedos-. Sólo me rasqué la axila una vez.

Roy lanzó una carcajada y agitó un enorme cuchillo.

– Te estás tomando libertades indebidas con mi pan de cada día, jovencita.

Maggie se acercó a él, lo besó en la frente y se apoyó con aire travieso contra el tablón de madera del mostrador.

– Nadie te despediría. Eres demasiado dulce.

Del otro lado de la vitrina, alguien comentó con ironía:

– Bueno, mi intención era pedir un poco de arenque.

Maggie se volvió al oír la voz de Eric.

– Hola, Eric -lo saludó Roy.

– Es difícil mantener las manos de una escandinava fuera del arenque ¿no?

– Le dije que me iba a hacer echar.

– Si está preparando algo, prepare dos -dijo Eric.

– Pastrami con pan de centeno.

– Perfecto.

Maggie fue hasta la conservadora de carnes, dobló un dedo y dijo en un susurro teatral.

– ¡Eh, Eric, ven aquí! -Después de echar una mirada sigilosa hacia el frente del local, robó otro trozo de arenque y se lo alcanzó por encima de la alta y antigua conservadora. -No se lo digas a nadie.

Eric lo comió con placer, echando la cabeza hacia atrás y sonriendo. Luego se lamió los dedos.

– ¡Muy bien, ustedes dos, tomen sus sandwiches y aléjense de mi arenque! -los regañó Roy suavemente justo en el momento que Elsie Childs, la bibliotecaria del pueblo, aparecía desde el frente-. Tengo clientes que atender. -Qué puedo prepararle, Elsie?

– Hola, Elsie -dijeron Maggie y Eric al unísono, al tiempo que tomaban los sandwiches y huían a toda velocidad. Maggie tomó un cartón de leche, pagaron en la parte delantera del negocio y salieron juntos. Una vez afuera, Eric preguntó:

– ¿Dónde tenías pensado comer?

Ella miró el largo banco de madera contra la pared del local, donde, en verano, los turistas se sentaban a tomar helados.

– ¿Qué te parece aquí mismo?

– ¿Puedo acompañarte?

– Por supuesto.

Se sentaron sobre el banco helado, con la espalda contra la pared blanca de madera, mirando al sur, calentándose con el sol radiante que les iluminaba el rostro. Con dedos enfundados en gruesos guantes, desenvolvieron los enormes sandwiches y dieron la primera mordida, tratando de que les entrara en la boca.

– ¡Mmmmm! -dijo Maggie, con la boca llena.

– ¡Mmmmm! -asintió Eric. Ella tragó y preguntó:

– ¿Dónde está Dutch?

– Se fue a su casa a comer con su mujer.

Siguieron comiendo, conversando entre bocados.

– ¿Y? ¿Aclaraste las cosas con tu hija?

– Sí. Le encanta la casa y quiere venir a trabajar conmigo este verano.

– Qué bien.

Maggie buscó dentro de la bolsa de papel el cartón de leche, lo abrió y bebió un trago.

– ¿Quieres un poco? -le ofreció, alcanzándole el envase.

– Gracias. -Eric echó la cabeza atrás y Maggie vio cómo se movía su nuez de Adán mientras bebía. El bajó el cartón y se secó laboca con la mano enguantada. -Está muy rica. -Se sonrieron y Maggie se corrió un poco para que él pudiera colocar el cartón de leche sobre el banco entre ambos.