Con las piernas extendidas, y las botas cruzadas siguieron comiendo, apoyados cómodamente contra la pared. Elsie Childs salió de la tienda y Eric quitó sus pies del camino cuando ella pasó junto a ellos.
– Hola de nuevo -dijo él.
– Se los ve muy cómodos -comentó ella.
Maggie y Eric respondieron al mismo tiempo.
– Sí.
– El sol está muy lindo.
– Que lo pasen bien. -Elsie siguió camino hacia el correo.
Terminaron los sandwiches mientras la gente del pueblo iba y venía delante de ellos. Bebieron los últimos sorbos de leche y Maggie puso el cartón medio lleno dentro de la bolsa.
– Bueno, tendría que ir para casa.
– Sí, Dutch volverá en cualquier momento. Todavía nos falta colgar seis guirnaldas.
Pero ninguno se movió. Se quedaron con la cabeza apoyada contra la pared, disfrutando del sol como un par de lagartijas sobre una piedra tibia. En un árbol desnudo del otro lado de la calle, cantaban unos pájaros. De tanto en tanto, pasaba un automóvil y los neumáticos susurraban contra la nieve derretida de la calle. El banco de madera debajo de ellos se entibió, al igual que sus rostros bajo el sol.
– ¡Oye, Maggie! -murmuró Eric, sumido en sus pensamientos-. ¿Te puedo decir algo?
– Claro que sí.
Él permaneció en silencio tanto tiempo que Maggie lo miró para ver si se había quedado dormido. Pero sus ojos entrecerrados estaban fijos en algo del otro lado de la calle y tenía las manos cruzabas sobre el estómago.
– Nunca hice nada así con Nancy -dijo Eric por fin, ladeando la cabeza para mirarla-. Jamás se sentaría en un banco helado a comer un sandwich, del mismo modo que no se pondría zapatillas sin medias. Sencillamente, no es su estilo.
Durante varios instantes se miraron; el sol caía con tanta fuerza sobre sus rostros que les blanqueaba las pestañas.
– ¿Hacías esta clase de cosas con tu marido? -preguntó Eric.
– Todo el tiempo. Cosas tontas, espontáneas.
– Te envidio -dijo él, mirando otra vez el sol y cerrando los ojos-. Creo que Ma y el viejo solían escaparse y hacer cosas así, también. Recuerdo cuando a veces salían en el barco por la noche y nunca nos dejaban ir con ellos. -Abrió los ojos y miró los pájaros que cantaban en el árbol. -Cuando volvían a casa, ella tenía el pelo mojado y Mike y yo nos reíamos porque sabíamos que nunca llevaba traje de baño. Ahora creo que es así con Mike y Barb, también. ¿Por qué algunas personas encuentran el secreto y otras no?
Ella se tomó un momento para responder.
– ¿Sabes qué pienso?
– ¿Qué? -Él volvió a mirarla.
Maggie dejó pasar unos segundos antes de dar su opinión.
– Creo que estás permitiendo que algo que no te conforma magnifique todo lo demás. Todos lo hacemos a veces. Estamos molestos con alguien por algo específico y nos hace detenernos a considerar todas las otras cosas insignificantes o molestas que hace la otra persona. Las agrandamos cada vez más. Lo que tienes que hacer cuando algo te tiene mal, es recordar todas las cosas buenas. Nancy tiene montones de virtudes que en este momento te estás permitiendo olvidar. Sé que las tiene.
Él suspiró, se echó hacia adelante, apoyó los codos sobre las rodillas y estudió el suelo entre sus botas.
– Supongo que tienes razón -decidió luego de unos minutos.
– ¿Te puedo hacer una sugerencia?
Todavía echado hacia adelante, él la miró por encima del hombro.
– Por supuesto.
– Invítala. -La mirada de Maggie y su voz se tornaron vehementes. Se echó hacia adelante y quedó hombro con hombro junio a Eric. -Hazle saber que es el tipo de cosa que te encantaría hacer con ella. Toma su abrigo más calentito, envuélvela en él y pídele dos sandwiches a papá, luego llévala a tu lugar preferido y hazle saber que disfrutas tanto por estar allí con ella como por la novedad de hacer un picnic en la nieve.
Durante varios segundos de silencio, él observó su rostro, ese rostro que comenzaba a gustarle demasiado. Con frecuencia durante la noche, entre que apagaba la luz y se dormía, ese rostro lo visitaba en la oscuridad. Por fin, preguntó:
– ¿Y cómo aprendiste todo esto?
– Leo mucho. Tuve un marido maravilloso que siempre estaba dispuesto a probar cosas conmigo y enseñé una unidad de Vida Familiar en economía doméstica, lo que significa tomar muchas lecciones de psicología.
– Mi madre no leía mucho ni tomaba clases de psicología.
– No. Pero te apuesto a que pasaba por alto muchas pequeñas carencias de tu papá y se esforzaba por llevar su matrimonio adelante.
Él desvió la mirada y su voz se tornó áspera.
– Decir que no quieres hijos es más que una pequeña carencia, Maggie. Es una deficiencia monumental.
– ¿Lo hablaron antes de casarse?
– No.
– ¿Por qué?
– No lo sé. Sencillamente supuse que tendríamos hijos.
– ¿Pero si no lo hablaron, de quién es la culpa de que ahora haya surgido el malentendido?
– Lo sé, lo sé. -Eric se puso de pie de un salto y fue hasta el cordón de la acera, donde se quedó parado sobre los talones, contemplando el terreno vacío del otro lado de la calle. Maggie había puesto el dedo en la llaga que lo había molestado infinidades de vices.
Maggie le miró la espalda, recogió su bolsa con la leche y se puso de pie para quedar detrás de él.
– Creo que necesitas una terapia matrimonial, Eric.
– Lo sugerí. Ella no quiso.
Qué triste se lo veía, aun desde atrás. Maggie nunca se había dado cuenta de lo triste que puede parecer la inmovilidad.
– ¿Tienen algunos amigos con quienes podrían hablar y que los pudieran ayudar? A veces, un intermediario sirve.
– Eso es otra cosa de la que me he dado cuenta últimamente. No tenemos amigos, es decir, no como pareja. ¿Cómo vamos a hacernos de amigos si no tenemos tiempo para nosotros? Yo tengo amigos y puedo hablar con Mike; es más, ya lo hice. Pero Nancy jamás le haría confidencias a él ni a nadie de mi familia. No los conoce lo suficiente, y es probable que ni siquiera le agraden lo suficiente.
– Entonces no sé qué más sugerir.
Él se volvió y la miró.
– ¡Qué mala compañía soy! Cada vez que estamos juntos me las arreglo para deprimirte.
– No seas tonto. Soy muy resistente. Pero… ¿y tú?
– Me las arreglaré. No te preocupes por mí.
– Creo que me preocuparé. Lo mismo me pasaba con mis alumnos cuando me venían a contar algún problema que tenían en su casa.
Caminaron hacia el coche de Maggie.
– Apuesto a que eras una profesora excelente ¿no es así, Maggie?
Ella pensó antes de responder.
– Me interesaba mucho por mis alumnos. Y ellos reaccionaban bien ante eso.
A Eric le gustó la modestia de su respuesta, pero sospechaba que había adivinado. Maggie era inteligente, perceptiva y abierta. Las personas como ella enseñaban a otros sin ni siquiera darse cuenta de que lo hacían.
Llegaron al automóvil y bajaron juntos a la calle.
– Bueno, el almuerzo fue divertido, de todos modos -dijo Eric, tratando de hablar con tono animado.
– Sí, muy divertido.
Él abrió la puerta y Maggie dejó la leche sobre el asiento.
– Y tu padre hace unos sandwiches estupendos. Dile que me encantó el que comí.
– Se lo diré.
Maggie subió al Lincoln y él quedó con las manos entrelazadas sobre el borde superior de la puerta abierta.
Maggie levantó la mirada hacia Eric y por un instante, ninguno qué decir.
Élseguía teniendo los ojos más lindos que ella hubiera visto en un hombre. A ella le seguía quedando estupendamente bien el color rosado.
– Aquí viene Dutch. Vas a tener que seguir trabajando.