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– Sí. Bueno… cuídate.

– Tú también.

– Nos vemos. -Eric cerró la puerta y dio un paso atrás mientras Maggie introducía la llave en el arranque, luego se quedó en la calle hasta que el automóvil comenzó a moverse y levantó una mano enguantada a modo de saludo.

Esa noche, sola en su cocina, Maggie sacó el cartón de leche para servirse un vaso. Abrió el pico y le vino a la mente la imagen de Eric como lo había visto ese día: con el mentón levantado, el pelo rubio aplastado contra la pared, los ojos entrecerrados y la nuez de Adán marcando cada trago de leche que tomaba. Maggie pasó un dedo por el extremo del pico vertedor.

Con decisión, alejó la imagen de su mente, llenó el vaso y guardó el cartón en la heladera, para cerrar luego la puerta con fuerza.

Es casado.

Y no es feliz.

Estás tratando de justificarte, Maggie, lo sabes.

¿Qué clase de mujer se negaría a darle hijos a su marido?

Estás emitiendo juicios, y sólo has oído una versión de la verdad.

Pero siento compasión por él.

Perfecto. Siente compasión por él. Pero quédate de tu lado de la calle.

La advertencia siguió en su mente mientras contaba los días que faltaban hasta el desayuno de la Cámara de Comercio, volviéndola indecisa respecto de asistir o no. Como mujer, le parecía más prudente evitar más encuentros con Eric Severson mientras que, como empresaria, reconocía la importancia no solamente de unirse a la organización, sino de interesarse por el grupo y conocer a los demás miembros. En un pueblo del tamaño de Fish Creek, las referencias de ellos podrían traerle muchos clientes. Desde el punto de vista social, si iba a vivir aquí, tenía que comenzar a hacerse amistades en alguna parte. ¿Qué mejor sitio que un desayuno así? En cuanto a volver a ver a Eric, ¿qué podía tener de malo para los demás si se encontraban casualmente en un desayuno al que asistían todos los empresarios del distrito?

Ese martes por la mañana se levantó temprano, se bañó y se puso un pantalón de lana verde oscura y un suéter blanco con cuello redondo, bolsillo aplicado y hombreras. Probó de ponerse un collar de perlas, lo cambió por una cadena dorada y reemplazó ésta por un reloj prendedor que colocó sobre el lado izquierdo. Eligió unos pequeños aros dorados en forma de gotas.

Una vez que estuvo peinada y maquillada, se descubrió perfumándose por segunda vez y levantó los ojos con seriedad hacia su imagen en el espejo.

Sabes lo que haces, ¿no es así, Maggie?

Voy a un desayuno de trabajo.

Te estás vistiendo para Eric Severson.

¡Mentira!

¿Cuántas veces te has maquillado los ojos desde que vives en Fish Creek? ¿Y puesto perfume? ¡Y dos veces, para colmo!

Pero no me vestí de rosado ¿no?

¡Vaya, qué gran cosa!

Fastidiada, apagó la luz con violencia y salió del baño.

Condujo hacia el centro, consciente de que ya varias cosas del pueblo le recordaban a Eric Severson. En la mañana gris como el acero, la calle principal parecía tener un techo abovedado iluminado, hecho por Eric. Los escalones frente a la iglesia le traían a la mente el primer análisis sorprendido que habían hecho el uno del otro el día de la boda de Gary Eidelbach. El banco blanco delante del negocio le recordaba ese almuerzo juntos.

La camioneta de Eric estaba estacionada sobre la Calle Principal y Maggie no pudo evitar la reacción de su cuerpo al verla allí: se sonrojó de pies a cabeza y sintió que se le aceleraba el pulso, igual que cuando comenzó a enamorarse de él tantos años antes. Sólo un tonto negaría que se trataba de una advertencia.

Al entrar en The Cookery, lo vio de inmediato entre dos docenas de personas y el corazón le dio un vuelco que le advirtió que debía evitar por todos los medios acercarse a él. Eric estaba del otro lado del salón, hablando con un grupo de hombres y mujeres, vestido con pantalones grises y una chaqueta deportiva azul sobre una camisa blanca con el cuello abierto. Tenía el pelo rubio prolijamente peinado y un papel en la mano, como si hubieran estado hablando de algo escrito en él. Levantó la vista de inmediato, como si la entrada de Maggie hubiera activado algún sensor que le advertía su presencia. Sonrió y fue directamente hacia ella.

– Maggie, ¡me alegro tanto de que hayas venido!

Le estrechó la mano con firmeza, en un gesto absolutamente correcto, sin prolongar el contacto ni un segundo más de lo necesario. No obstante, ella se sintió electrizada.

– Tienes anteojos nuevos -comentó, sonriendo. Le daban un levísimo aire de desconocido y por un momento, Maggie se sumió en la fantasía de que lo veía por primera vez.

– Ah, éstos… -Una fina banda dorada sostenía los lentes sin marco que hacían resaltar los llamativos ojos azules. -Los necesito para leer. Y tú tienes abrigo nuevo -observó, poniéndose detrás de ella mientras se desabotonaba el abrigo blanco.

– No, no es nuevo.

– Esperaba ver la campera rosada -admitió Eric, ayudándola a quitarse el abrigo-. Siempre te quedó sensacional ese color.

Ella le dirigió una mirada por encima del hombro y descubrió que una habitación llena de empresarios no ofrecía ninguna protección, pues sus palabras resucitaban recuerdos que había considerado eran sólo fantasías de ella y contradecían cualquier indiferencia que pudiera haber fingido. No, él no era ningún desconocido. Era la misma persona que le regalaba cosas rosadas cuando eran jóvenes, que una vez dijo que su primer hijo sería niña y que le pintarían la habitación de rosado.

– Pensé que lo habías olvidado.

– No lo recordé hasta el otro día, cuando desde ocho metros de altura te vi entrando en el correo con una campera rosada. Me trajo a la mente muchos recuerdos.

– Eric…

– Voy a colgar tu abrigo y enseguida vuelvo.

Se volvió, dejándola turbada y tratando de disimularlo, aferrada al perfume sutil de su loción para después de afeitarse y admirando su espalda ancha y la línea de su cabeza mientras se alejaba.

Cuando regresó, Eric le tocó el codo.

– Ven, te presentaré.

Si Maggie había esperado demostraciones falsas de indiferencia por parte de él, le había hecho una injusticia, porque con toda transparencia él tenía intención de ser su anfitrión personal. Antes de que se sentaran a la mesa, la hizo circular, le presentó a los miembros, luego la sentó a su lado en una mesa redonda para seis. Le pidió a la camarera que trajera té, sin preguntarle si le gustaba más que el café. Le preguntó si ya había llegado su papel para la pared.

– Tengo algo para ti -dijo y buscó en el bolsillo interno de su chaqueta-. Toma. -Le entregó un recorte del periódico. -Pensé que podría interesarte. Debería de haber muchas antigüedades.

Era un aviso de venta de una propiedad. Al leerlo, los ojos de Maggie se iluminaron de entusiasmo.

– ¡Eric, esto parece estupendo! ¿De dónde lo sacaste? -Lo dio vuelta entre los dedos.

– Del The Advocate.

– ¿Cómo pudo escapárseme?

– No lo sé, pero allí dice que hay una cama de bronce. ¿No es eso lo que quieres para la Habitación del Mirador?

– ¡Y un diván Belter tapizado con bordado francés! -exclamó Maggie, leyendo el aviso -… Y porcelana antigua, y espejos biselados y un par de sillones de madera de palo de rosa… ¡Voy a ir con toda seguridad! -JUEVES DE NUEVE A DIECISIETE HORAS, JAMES STREET 714, BAHÍA STURGEON, decía el aviso. Maggie levantó la vista, sonriente y entusiasmada. -Muchísimas gracias, Eric.