– De nada. ¿Necesitas una camioneta?
– Es posible.
– La vieja puta es algo temperamental, pero está a tu disposición.
– Gracias, quizá me venga bien.
– Disculpen -interrumpió una voz masculina.
Eric levantó la vista.
– Ah… hola, Mark. -Empujó su silla hacia atrás.
– Deduzco que ésta es la nueva dueña de la Casa Harding -dijo el hombre- y como hoy tendré que presentarla, me pareció que antes debía conocerla. -Tendió su mano a Maggie. Ella levantó la vista hacia un rostro largo y delgado de unos cuarenta y tantos años, enmarcado por pelo castaño ondulado. El rostro podría haber sido atractivo, pero a Maggie la distrajo el hecho de que lo acercó demasiado al de ella y el aroma a colonia era tan fuerte y dulce que le hizo sentir cosquillas en la garganta.
– Maggie Stearn, él es Mark Brodie, presidente de la Cámara. Mark… Maggie.
– Bienvenida de regreso a Fish Creek -dijo Mark, estrechándole la mano -. Tengo entendido que se graduó en la escuela secundaria Gibraltar.
– Sí, así es.
Él le sostuvo la mano demasiado tiempo, la apretó con fuerza excesiva y Maggie adivinó en menos de diez segundos que no tenía pareja y que estaba lanzándose al ataque de la mujer nueva del pueblo. En efecto, él monopolizó su atención durante los siguientes cinco minutos, lanzando ondas de interés tan inconfundibles como su colonia dulzona. Durante esos cinco minutos logró confirmar el hecho de que se había divorciado por propia decisión, que era dueño de un restaurante exclusivo llamado Posada Edgewater y que estaría muy interesado en ver a Maggie y su casa en el futuro cercano.
Cuando se alejó para cumplir con sus funciones como jefe del grupo, Maggie se volvió hacia la mesa y bebió un poco de agua para sacarse el sabor a colonia de la boca. Las otras personas de la mesa estaban escuchando a una mujer llamada Norma contar una anécdota sobre su hijo de nueve años. Eric se echó hacia atrás en su silla y miró a Maggie.
– Brodie no pierde el tiempo -comentó.
– Mmm.
– Y está solo.
– Mmm.
– Le va muy bien con su negocio.
– Sí, se aseguró de que lo supiera.
Sus ojos se encontraron y los de Eric permanecieron absolutamente inexpresivos. Estaba reclinado hacia atrás, con un dedo curvado alrededor del asa de la taza de café. Maggie se preguntó a qué vendrían sus comentarios. Llegó la camarera y se interpuso entre ellos para dejar los platos sobre la mesa.
Después del desayuno, Mark Brodie pidió silencio y se encargó de un par de temas comerciales antes de presentar a Maggie.
– Damas y caballeros, tenemos un miembro nuevo con nosotros hoy. Nació y se crió aquí en Fish Creek, se graduó en la escuela secundaria Gibraltar y está de nuevo entre nosotros para abrir nuestra más nueva hostería. -Mark se acercó al micrófono. -Es muy bonita, también, debo agregar. Saludemos lodos a la nueva dueña de la Casa Harding, Maggie Stearn.
Ella se puso de pie, sintiendo que se ruborizaba. ¡Cómo se atrevía Mark Brodie a ponerle su marca delante de lodo el pueblo! ¡Mejor dicho de todo el distrito! Su presentación marcó el final del desayuno y Maggie se vio rodeada de inmediato por miembros que reforzaron la bienvenida oficial de Mark, le desearon lo mejor y la invitaron a llamarlos si necesitaba ayuda o consejos. En el amable coloquio, Maggie quedó separada de Eric y minutos más tarde levantó la vista para verlo con un grupo de personas, poniéndose el abrigo y los guantes cerca de la puerta. Alguien le estaba hablando a ella y alguien le estaba hablando a él, cuando abrió la puerta de vidrio y salió. Justo antes de que la puerta se cerrara, echó una mirada a Maggie, pero su único saludo fue un levísimo retraso en permitir que la puerta se cerrara detrás de él.
Mark Brodie no perdió el tiempo para confirmar la primera impresión que Maggie había tenido de él. La llamó esa noche.
– ¿Señora Stearn? Mark Brodie.
– Oh, hola.
– ¿Disfrutó del desayuno?
– Sí, todos se mostraron muy cordiales.
– Quise hablarle antes de que se marchara, pero estaba rodeada de gente. Me preguntaba si le interesaría ir a un paseo en trineo el domingo por la tarde. Es para el grupo de jóvenes de la iglesia y pidieron voluntarios para ir de chaperones.
¿La estaba invitando a salir o no? Qué astuto de su parte ponerlo de forma tal que ella no pudiera estar segura. Decidió ganar tiempo.
– Un paseo en trineo… ¿quiere decir que hay suficiente nieve como para pasear en trineo?
– Apenas. Si no alcanza, Art Swenson quitará los patines a su aparato y le pondrá los neumáticos. Comienza a las siete y durará unas dos horas. ¿Qué le parece?
Maggie sopesó las posibilidades y decidió que Mark Brodie no era su estilo, tuviera intención de salir con ella o no.
– Lo lamento, pero tengo un compromiso para el domingo a la noche.
– Oh, bueno, quizás entonces en alguna otra oportunidad -respondió él alegremente, sin alterarse en absoluto.
– Quizá.
– Bueno, si puedo ayudarla en algo, no deje de decírmelo.
– Gracias, señor Brodie.
Maggie cortó y se quedó junto al teléfono, recordando el perfume dulzón y sus atenciones cargosas y pensó: No, gracias, señor Brodie.
Volvió a llamarla a la mañana siguiente. Su voz sonó demasiado alegre y resonante a oídos de Maggie.
– Señora Stearn, soy Mark Brodie. ¿Cómo está? -Parecía un vendedor de autos demasiado entusiasta de un comercial de televisión.
– Muy bien -respondió ella en forma automática.
– ¿Tiene algo que hacer el lunes por la noche?
Tomada por sorpresa, Maggie respondió con la verdad.
– No.
– Hay un cine en Bahía Sturgeon. ¿Puedo invitarla a ver una película?
Ella buscó desesperadamente una respuesta.
– Tenía entendido que era dueño de un restaurante. ¿Cómo hace para tener tantas noches libres?
– Está cerrado los domingos y los lunes.
– ¡Ah!
Sin amilanarse por las evasiones de Maggie, él repitió:
– Bien, ¿qué me dice de la película?
– Eh… ¿el lunes? -Ninguna excusa le venía a la mente. ¡Ninguna!
– Podría pasar a buscarla a las seis y media.
– Bueno… -Se sentía avergonzada por la falta de excusas, pero su mente seguía en blanco.
– A las seis y media. Diga que sí.
Maggie soltó una risita nerviosa.
– Si no lo hace, volveré a llamar.
– Señor Brodie, no salgo.
– Muy bien. Apareceré en su puerta con la cena en una bolsa de papel una de estas noches. Eso no será una salida.
– Señor Brod…
– Mark.
– Mark. Dije que no acepto invitaciones.
– Muy bien, páguese su propio boleto de cine, entonces.
– Qué insistente es.
– ¡Sí, señora mía, lo soy! ¿Qué le parece el lunes?
– Gracias, pero no -respondió Maggie con firmeza.
– Muy bien, pero no se sorprenda si vuelve a tener noticias mías.
El hombre tenía suficiente arrogancia como para llenar un granero, pensó Maggie, mientras colgaba.
El teléfono volvió a sonar el miércoles por la tarde y Maggie respondió con una excusa ya lista. Pero, en lugar de Mark Brodie fue Eric el que abrió la conversación sin identificarse.
– ¿Hola, cómo estás?
Maggie sonrió ampliamente.
– Ah, Eric, eres tú.
– ¿A quién esperabas?
– A Mark Brodie. Ya me llamó dos veces.
– Te dije que no perdía el tiempo.
– Es un pesado.
– Es de esperarse eso en un pueblo del tamaño de este que no tiene muchas mujeres solas, y ni hablar si además son ricas y bonitas.