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De nuevo en la camioneta, Maggie gimió y se sujetó el estómago cuando salieron a los tumbos del estacionamiento.

– ¡Ay, despacio, por favor!

– Es que necesitas que se te asiente -bromeó Eric y cambiando de velocidad, apretó el acelerador y avanzó en zigzag por el estacionamiento, haciendo que ambos saltaran como pochoclo en una sartén. Maggie golpeó la cabeza contra el techo y gritó, riendo. Eric forzó el motor, viró en dirección opuesta y ella voló de la puerta contra su hombro y de nuevo hacia la puerta hasta que por fin él se detuvo al acercarse a la carretera.

– ¡S… Severson, estás completamente loco! -Maggie reía tanto que apenas si pudo pronunciar las palabras.

Él también reía.

– A la vieja puta todavía le quedan fuerzas. Tendremos que sacarla algún día a hacer rosquillas sobre el hielo.

En los días de la adolescencia, todos los muchachos hacían "rosquillas" por docenas: sacaban los coches al lago congelado y se deslizaban en círculos controlados, dejando "rosquillas" en la nieve. En aquel entonces, igual que ahora, las muchachas chillaban y disfrutaban de la emoción.

Sentada en la camioneta de Eric, riendo con él mientras esperaban que pasara un vehículo que venía por la izquierda, experimentó una sensación de déjà vu tan fuerte que la sacudió.

Maggie, Maggie, ten cuidado.

Pero Eric se volvió y le sonrió, entonces ella no prestó atención a la voz de advertencia y bromeó:

– ¿Eres fetichista con eso de las rosquillas, sabes?

– ¿Ah, sí? i Y bueno, qué se le va a hacer!

En los días de juventud, ella se hubiera deslizado por el asiento para acurrucarse bajo su brazo, sintiendo el peso sobre su pecho juvenil y hubieran viajado así, sintiendo que el contacto hacía madurar el deseo que sentían el uno por el otro.

Esta vez se mantuvieron separados, unidos sólo por los ojos, sabiendo lo que sucedía y sintiendo que no podían hacer nada para evitarlo. Un coche pasó como flecha desde la izquierda, dejando un sonido de bocina que se apagó enseguida. La sonrisa de Eric disminuyó hasta quedar convertida en una leve curvatura de los labios y, sin dejar de mirar a Maggie, puso lentamente la primera, luego se concentró en la ruta y entró en la carretera a velocidad respetable. Anduvieron así varios minutos, atrapados en un torbellino de sentimientos, preguntándose qué hacer respecto de ellos. Maggie miraba por la ventanilla, escuchando el zumbido de los neumáticos para nieve sobre el asfalto, viendo pasar las malezas y los montículos de nieve en una nebulosa.

– ¿Maggie?

Se volvió para encontrar los ojos de Eric sobre ella mientras avanzaban por la carretera. Él volvió a mirar hacia adelante y dijo:

»Me vino a la mente lo poco que he reído en los últimos años.

Maggie podía haber dado diez respuestas distintas, pero eligió permanecer callada, digiriendo lo que quedaba sin decir entre las palabras dichas. Estaba obteniendo una imagen cada vez más clara del matrimonio de Eric, de la soledad, del cemento que se aflojaba entre los ladrillos de la relación con Nancy. Ya estaba haciendo comparaciones y Maggie era lo suficientemente perceptiva como para comprender lo que eso implicaba.

En Bahía Sturgeon, él encontró la dirección sin problemas y ya que estaban esperando cuando el empleado abrió la puerta principal de una inmensa casa del siglo XIX que daba al Puerto Sawyer. Había sido edificada por un rico constructor de navios casi cien años antes y muchas de las instalaciones originales seguían en la casa. Con la muerte de un heredero reciente, la propiedad había pasado a manos de los restantes familiares, que estaban desparramados por toda Norteamérica y decidieron vender la propiedad con todo lo que había adentro y repartirse el dinero.

Las antigüedades eran eclécticas y estaban bien conservadas. Eric observó a Maggie moverse por las habitaciones, haciendo descubrimientos, exclamando: "¡Mira esto!". Lo tomaba de la manga y lo arrastraba hacia algo que había encontrado. "¡Es arce tallado!" exclamaba, o: "¡Tiene una incrustación de otra madera!" Tocaba, admiraba, examinaba, interrogaba, a veces se ponía de rodillas para mirar debajo de un mueble. En todo momento demostraba un entusiasmo que lo tenía embobado.

Nancy también admiraba las cosas bellas, pero de un modo completamente diferente. Mantenía una cierta reserva que le impedía mostrarse animada respecto de las pequeñas emociones de la vida. En ocasiones, esa reserva bordeaba la altivez.

Y luego Maggie encontró la cama, una magnífica pieza antigua de roble dorado, con una cabecera labrada de dos metros de alto, con hermosos diseños y bajorrelieves.

– Eric, mira -suspiró, tocándola con reverencia, contemplando el trabajo en la madera como hipnotizada-. Mira esto… -Deslizó los dedos sobre el trabajo de la piecera. Desde la puerta, la observó acariciar la madera, y sus pensamientos volaron a muchos años antes, a una noche en el huerto de Easley cuando por primera vez ella lo acarició así. -Es una cama maravillosa. De sólido roble antiguo. ¿Quién crees que habrá hecho todo este trabajo de tallado? Nunca puedo ver una pieza así sin pensar en el artesano que la hizo. Mira, no tiene ni un rasguño.

– Los otros muebles son del mismo estilo -señaló Eric, vagando por la habitación con las manos en los bolsillos.

– ¡Oh, un lavabo y una cómoda con espejo móvil!

– ¿Así se llama? Mi abuela tenía muebles así.

Se detuvo junto a Maggie y la observó abrir puertas y cajones de otros muebles.

– ¿Ves? Los cajones son fortísimos.

– Sí, no se desarmarán por un buen tiempo.

Maggie se arrodilló y metió la cabeza adentro. Su voz sonó hueca, como la nota de un oboe.

– Roble sólido. -Salió y levantó la vista hacia él. -¿Ves?

Eric se agazapó a su lado, exclamando admirado para complacerla, disfrutando más de la presencia de Maggie con cada minuto que pasaba.

– Aquí arriba pondría una jofaina y colgaría toallas de alemanisco de la barra. ¿Te conté que he estado haciendo toallas de alemanisco?

– No, no me lo contaste -respondió él, sonriendo con indulgencia, agazapado a su lado con un codo sobre la rodilla. No tenía idea de lo que era el alemanisco, pero cuando Maggie sonreía al decírselo el hoyuelo en el mentón se acentuaba hasta parecer tallado por el mismo artesano que había hecho el juego de dormitorio.

– Me costó un trabajo loco conseguir modelos. ¿No quedarán preciosas colgando de esa barra? -De rodillas, con los ojos encendidos, se volvió hacia él. -Quiero todo el juego. Busquemos al hombre.

– No averiguaste el precio.

– No es necesario. Lo querría aunque costase diez mil dólares.

– Y no tiene dosel ni es de bronce.

– Es mejor que una cama con dosel o una de bronce. -Lo miró a los ojos. -A veces, cuando sientes que algo es para ti, sencillamente debes tenerlo.

Él no desvió la mirada.

El rubor de las mejillas de Maggie se reflejó en las de Eric. Sus corazones experimentaron un vuelco inquietante. En ese momento de descuido permitieron que sus sensibilidades quedaran a la vista; Eric recuperó el sentido común y dijo:

– De acuerdo. Iré a buscarlo.