Cuando se disponía a levantarse, Maggie lo sujetó del brazo.
– ¿Pero Eric…? -Frunció el entrecejo. -¿Podrá la vieja puta cargar con todo esto?
El lanzó una carcajada. El apodo grosero era tan inapropiado en boca de Maggie.
– ¿Qué te causa tanta gracia? -quiso saber ella.
– Tú. -Cubrió con su mano la mano que Maggie tenía sobre su brazo y se la apretó. -Eres una dama encantadora, Maggie Stearn.
Maggie compró más cosas de las que cabían en la camioneta. Hicieron los arreglos para que lo que no entraba fuera enviado a casa de ella y llevaron sólo las piezas que Maggie valoraba más. Ella supervisó la carga con un celo que resultaba divertido.
– ¡Cuidado con esa perilla! No apoyes el cajón contra el costado de la camioneta. ¿Estás seguro de que está bien atado?
Eric le dirigió una mirada y sonrió.
– El solo hecho de que tú seas fanática de los veleros y yo de los barcos de motor no significa que no sepa hacer un buen nudo. Yo también navegaba a vela, en los viejos tiempos.
Desde el otro lado de la camioneta, ella asintió burlonamente y respondió:
– Le pido disculpas, señor Severson.
Eric dio un tirón final a la cuerda y dijo:
– Bien, vámonos.
Habían pasado las horas en la vieja casa olvidando alegremente el estado civil de él, pero la siguiente parada sería en Bead & Ricker, y la misión de Eric allí los devolvió a la realidad con un golpe doloroso. Para cuando estacionaron delante de la tienda, un manto sombrío había caído sobre el ánimo de ambos. El puso el motor en punto muerto y se quedó por un instante con las manos sobre el volante. Pareció querer decir algo, pero luego cambió de idea.
– Enseguida vuelvo -dijo, abriendo la puerta-. No me llevará mucho tiempo.
Maggie lo miró alejarse -ese hombre al que no podía tener- admirando su paso, la forma en que el pelo le rozaba el cuello levantado, cómo le quedaba la ropa, los colores que le gustaba usar. Él entró en la joyería y Maggie se quedó con la mirada fija en la vidriera: terciopelo rojo y gemas bajo brillantes luces, adornadas con hojas de acebo. Él había encargado algo a medida para su mujer en Navidad. Ella, Maggie, no tenía por qué sentir tristeza por eso, y sin embargo, la sentía. ¿Qué le habría comprado a Nancy? Una mujer tan hermosa estaba hecha para lucir cosas resplandecientes.
Maggie suspiró y fijó su atención en el otro lado de la calle, en la entrada de una tienda donde dos ancianas conversaban. Una de ellas llevaba una anticuada bufanda de lana y la otra, una bolsa de tela con manijas. Una señaló calle arriba y la otra se volvió para mirar en esa dirección.
Maggie cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. No deberías estar aquí. Levantó la cabeza y vio los guantes negros de cuero de Eric junto a ella sobre el asiento. Guantes… con la forma de sus manos, los dedos curvados, el relleno de lana aplanado en los contornos de las palmas.
Sólo una mujer muy tonta tendría la necesidad de tocarlos, de ponérselos en sus propias manos.
Una mujer muy tonta así lo hizo. Los tomó y se los puso, sumergiendo las manos en el cuero gastado que había cubierto las de él. Sus manos parecían diminutas; cerró los puños, disfrutando del contacto, sintiendo que reemplazaba aquel que le estaba prohibido.
Eric salió de la joyería y Maggie dejó los guantes donde habían estado. Él subió a la camioneta y arrojó una bolsita plateada sobre el asiento. Involuntariamente, Maggie la siguió con los ojos y vio adentro una cajita envuelta en el mismo papel plateado, adornada con un moño rojo. Desvió la vista y miró una rajadura en la ventanilla donde una piedra la había golpeado años antes. Esperó a que el motor se pusiera en marcha. Al ver que eso no sucedía, miró a Eric. Tenía las manos desnudas sobre el volante y miraba hacia adelante. La expresión de su cara se asemejaba a la de un hombre que acaba de oír decir al médico que lo único que se puede hacer es esperar. Permaneció así durante un minuto, inmóvil. Por fin, dijo:
– Le compré un anillo de esmeraldas. Le encantan las esmeraldas.
Giró la cabeza y sus ojos se encontraron.
– No le pregunté nada -dijo Maggie en voz baja.
– Lo sé.
En el silencio que siguió, ninguno pudo juntar la fuerza necesaria para desviar la mirada.
Allí estaba la atracción, tan fuerte como antes. Más fuerte. Y estaban caminando por el borde del precipicio.
Eric se volvió a mirar otra vez hacia adelante hasta que el silencio se tornó insoportable, luego, dejando salir el aire por entre los dientes, se dejó caer en un rincón del asiento. Apoyó un codo sobre la ventanilla y se llevó la yema del pulgar contra los labios, dándole la espalda a Maggie. Se quedó allí, contemplando la acera con la muda admisión sonando como una campana entre ellos.
Maggie no sabía qué decir, qué hacer, qué pensar. Mientras ninguno de los dos había hablado de la atracción que sentían ni la había demostrado abiertamente, estuvieron a salvo. Pero ahora ya no lo estaban, a pesar de que ninguna palabra decisiva había sido dicha, ninguna caricia intercambiada.
Finalmente Eric suspiró, se ubicó detrás del volante y puso el motor en marcha.
– Será mejor que te lleve a tu casa -dijo con resignación.
Capítulo 10
Regresaron a Fish Creek sumidos en un tenso silencio.
Maggie lo comprendía con claridad: él sentía enojo consigo mismo, no con ella. Era la imagen de un hombre desgarrado. Condujo los treinta y cinco kilómetros casi sin mover un músculo, con un hombro apoyado contra la puerta, mirando la carretera con expresión ceñuda. No fue hasta que tomaron el atajo que por fin irguió la espalda y se acomodó mejor detrás del volante. Estacionó la camioneta en la cima del sendero, tomó los guantes y bajó sin decir una palabra. Maggie hizo lo mismo y se reunió con él detrás del vehículo, esperando mientras él abría la caja.
– ¿Te importaría ayudarme a llevarlo arriba? -preguntó, quebrando el prolongado silencio.
– Es pesado para una mujer.
– Yo puedo.
– Muy bien, pero si es demasiado pesado, dilo.
Maggie no lo hubiera dicho ni aunque se le hubiera quebrado la espalda, aunque no sabía por qué. Por volver a un trato impersonal con él, quizá. Dos changadores cargando muebles, dejándolos en su lugar con la indiferencia de empleados de United Parcel Service.
Primero cargaron el lavabo, luego la cómoda, marchando de regreso abajo en silencio; cauteloso el de Maggie, sombrío el de él. Maggie supo instintivamente que no volvería a verlo después de ese día. El había tomado la decisión en la camioneta, delante de Bead & Ricker con un anillo de esmeraldas entre ambos. Por último cargaron la cama, la cabecera y la piecera atadas junto a un par de caballetes. Una vez que la dejaron en el suelo, Eric dijo:
– Si tienes herramientas, te la armaré.
– No es necesario. Yo puedo hacerlo.
Él la miró de frente por primera vez desde el comienzo del triste viaje de vuelta.
– ¡Maggie, esa maldita cabecera pesa treinta kilos! Si se cae y se parte puedes despedirte de tu antigüedad para siempre. Ve a traer una pinza y un destornillador.
Ella le consiguió las herramientas, luego se apartó y lo observó hincarse sobre una rodilla y utilizarlas para separar las partes de la cama. Trabajaba con singular intensidad; tenía el cuello de la campera levantado, la cabeza gacha, los hombros encorvados bajo la campera negra de cuero.
Aflojó un par de trabas, fue hasta el otro par y volvió a usar el destornillador.
– Sostén esto o se caerá -ordenó, sin ni siquiera mirarla.
Maggie sujetó las piezas a medida que el las sacaba de los caballetes de apoyo. Eric se puso de pie con un crujir de rodillas, guardó el destornillador en el bolsillo y se movió por la habitación, colocando las maderas laterales en su sitio y regresando luego para tomar la piecera. La transportó unos dos metros antes de volver o ponerse de rodillas para enganchar todas las piezas.