– ¿Le falta un poco de color, no crees?
– No seas anticuado, tesoro -le había dicho Nancy-. Es elegante.
No quería un árbol elegante. Quería uno como el de Ma, adornado con enormes luces multicolores y guirnaldas que él y sus hermanos habían hecho en la escuela primaria, adornos que habían estado en el árbol de Ma cuando era niña y otros que los amigos les habían regalado con el correr de los años. En cambio, tenía un árbol que lo dejaba tan frío como la fruta de madera que Nancy tenía sobre la mesa de la cocina. De modo que, con frecuencia, las noches de la semana se iba a casa de Ma o de Mike y disfrutaba de sus árboles, comía pochoclo y pescado ahumado y bromeaba con los pequeños; se los sentaba en el regazo con sus pijamas largos, observaba sus rostros iluminados de todos colores por las luces del árbol y los escuchaba hablar con reverencia de Papá Noel.
Al mirar las luces del árbol, Eric pensaba en Maggie y se preguntaba cómo habría sido su Navidad si se hubiera casado con ella en lugar de con Nancy. ¿Tendría hijos propios? ¿Estarían todos juntos ahora alrededor del árbol de Navidad? Imaginó a Maggie en la gran casa con las ventanas salientes, los pisos brillosos y la cocina con la vieja mesa rayada; recordó el día en que él y Deitz tomaron café con ella y la echó de menos terriblemente.
Durante esos mismos días y noches, ella también pensó en él y soportó esa sensación de pérdida, inexplicable como era, pues ¿cómo podía uno perder algo que jamás había tenido? No había perdido nada, salvo la añoranza diaria de Phillip, desaparecido como por arte de magia desde su regreso a Fish Creek. Impactada, Maggie comprendió que era cierto: la sensación de autocompasión y carencia se habían suavizado hasta convertirse en recuerdos aterciopelados de los momentos felices que habían pasado juntos. Sí, la pérdida de Phillip cada vez le dolía menos, pero al que extrañaba ahora era a Eric.
A medida que se acercaban las fiestas, pasó muchas noches agridulces recordando las ocasiones recientes que habían compartido: la primera noche en la oscuridad, recorriendo la casa a la luz de una linterna; el día en que él la encontró pintando en la Habitación del Mirador y comenzó a nevar; el día que habían almorzado sobre el banco de la calle principal; el viaje a Bahía Sturgeon ¿Cuándo había comenzado esta insidiosa colección de recuerdos? ¿Estaría recordando él también? No tenía más que pensar en los últimos momentos que habían pasado juntos para saber con certeza que sí.
Pero Eric Severson no era un hombre libre y Maggie trató de tener eso siempre presente mientras llenaba sus días y se preparaba para Navidad.
Llamó a su padre y Roy vino a ayudarla a entrar los colchones del garaje, a transportar la cama de una plaza a la habitación de servicio, a regocijarse con ella con los muebles nuevos de la Habitación del Mirador y a ponderar sus esfuerzos con el empapelado.
Maggie tendió por primera vez la gran cama tallada a mano con sábanas con puntillas y un espumoso acolchado de plumas, luego se arrojó sobre ella para mirar el cielo raso y extrañar al hombre al que no tenía derecho de extrañar.
Llamó Mark Brodie y la invitó a su club a cenar y ella volvió a rechazar la invitación. El insistió y finalmente, Maggie aceptó.
Mark hizo todo lo que estaba a su alcance para impresionarla. Un compartimiento muy privado en un rincón, camareros discretos y gentiles, mantel de hilo, luz de vela, cristal, champagne, caracoles, ensalada César mezclada junto a la mesa, orejas marinas traídas especialmente para la ocasión, puesto que no figuraban en el menú habitual, y luego Bananas Foster, flambeadas junto a la mesa y servidas en copas altas.
Toda la comida, sin embargo, parecía tener el sabor de su agua de Colonia.
Era atento hasta la exageración, buen conversador, pero le gustaba hablar sobre su propio éxito. Conducía un Buick Park Avenue cuyo interior tenía el mismo aroma que éclass="underline" dulzón y sofocante. Cuando la llevó a su casa, Maggie se bajó con alivio y tragó bocanadas de aire fresco como una persona que ha estado bajo el agua.
En la puerta, la tomó de los hombros y la besó. Con la boca abierta. El beso duró unos odiosos treinta segundos en los que Maggie se puso a prueba, resistiendo el impulso de apartarlo de un empujón, escupir y limpiarse la boca. No era un aprovechador. No era feo, desprolijo, insoportable ni grosero.
Pero no era Eric.
Cuando el beso terminó, Mark dijo:
– Quiero volver a verte.
– Lo siento, Mark, pero creo que no.
– ¿Por qué? -Parecía fastidiado.
– No estoy lista para esto.
– ¿Cuándo lo estarás? Esperaré.
– Mark, por favor… -Maggie se apartó y él la soltó, sin presionarla.
– Si me permites la chabacanería, no soy un cazador de fortunas, Maggie.
– Nunca pensé que lo fueras.
– ¿Entonces por qué no pasar buenos momentos juntos? Estás sola. Yo también. En este pueblo no hay muchos como nosotros.
– Mark, debo entrar. Fue una hermosa cena, tienes un fantásticorestaurante y un futuro brillante, estoy segura. Pero ahora debo entrar…
– Te voy a convencer, Maggie. No me daré por vencido.
– Buenas noches, Mark. Gracias por la cena.
Llamó a Brookie al día siguiente e hicieron una excursión a Bahía Green para comprar cortinas de encaje, regalos de Navidad y almorzar juntas.
Maggie confesó:
– Me siento sola, Brookie. ¿Conoces hombres solteros?
Brookie dijo:
– ¿Y Mark Brodie?
Maggie respondió:
– Anoche permití que me besara.
– ¿Y?
– ¿Alguna vez te comiste un bocado de geranios?
Brookie se atragantó con la sopa y se dobló en dos sobre el platlo, ahogándose de risa, lágrimas y arvejas.
Maggie también terminó por reír. Cuando por fin pudo hablar, Brookie dijo:
– ¿Y bien, entraste después a hacer albóndigas?
– No.
– Entonces quizá deberías pedirle que cambie de agua de Colonia.
Maggie pensó en eso la siguiente vez que la llamó y lo rechazó.
Y la siguiente… y la siguiente.
Katy llamó y dijo que viajaría hacia allí el 20 de diciembre, enseguida después de las clases de la mañana. Maggie puso el árbol en la sala y preparó masitas de fantasía y una torta de frutas con ron, envolvió regalos y se dijo que no importaba que no tuviera un hombre a quien regalarle algo esa Navidad. Estaban su padre y su madre, Katy y Brookie. Cuatro personas que la querían. Debía sentirse agradecida.
Las advertencias climáticas comenzaron el martes, pero los escépticos, al encontrarse en la calle, sonreían y se recordaban unos a otros:
– Dijeron que las dos últimas tormentas de nieve venían haciaaquí, pero apenas si nevó lo suficiente como para cubrir los arbustos.
La nieve comenzó a caer al mediodía, llegando desde Canadá por la Bahía Green, en finas esquirlas que saltaban como insectos vivos sobre los caminos helados y se convirtió en una fuerza salvaje alimentada por temibles vientos de cincuenta kilómetros por hora. Al las dos de la tarde cerraron las escuelas. A las cuatro, las empresas hicieron lo mismo. A las siete, los equipos de mantenimiento abandonaron las calles.
Eric se fue a acostar a las diez de la noche, pero una hora mas tarde despertó al oír el teléfono junto a la cama.
– ¿Hola? -masculló, medio dormido.
– ¿Eric?
– ¿Sí?
– Habla Bruce Thorson, desde la oficina del alguacil de Bahía Sturgeon. Tenemos una situación crítica entre manos, con viajeros atrapados en los caminos de todo el distrito y tuvimos que sacar los equipos. Nos vendrían bien todos los vehículos para nieve y los conductores expertos disponibles.