Y Maggie… sola en esa casona con el viento aullando desde el lago y las viejas vigas crujiendo bajo el peso de la nieve. ¿Estaría durmiendo en esa cama que habían entrado juntos? ¿Seguiría echando de menos a su marido en noches como ésa?
Eric habría pasado de largo junto al automóvil si el conductor no hubiera tenido la precaución de atar una bufanda roja a un esquí y clavarlo en un montículo de nieve. El viento hacía llamear la bufanda en ángulo recto con el suelo y ésta y el esquí eran la única pista visible de que un automóvil estaba sumergido por allí. Eric aceleró en esa dirección y se irguió sobre una rodilla, nervioso. La gente moría asfixiada en los coches enterrados por la nieve. O de frío cuando se dejaban ganar por el pánico y los abandonaban. Era imposible distinguir el capó del baúclass="underline" solo se veía un montículo parejo. No se oía el motor, ni se veía una puerta abierta por entre la nieve. Nadie había limpiado la nieve alrededor del caño de escape.
Una vez él socorrió a un niño que se ahogaba en la playa Stalling, y volvió a sentir lo mismo que ese día: terror controlado, miedo de llegar demasiado tarde, la adrenalina oprimiéndole el pecho. Le pareció que se movía a paso de hombre, casi sin avanzar, cuando en realidad cubría la distancia como un ciclón; saltó del vehículo antes de que se hubiera detenido del todo, desató la pala, se hundió hasta la cintura en nieve a la luz de la linterna, luchando contra los elementos con pasión demoníaca.
– ¡Eh! -gritó, mientras sacaba paladas de nieve e introducía la mano para ver si realmente había un coche allí.
Le pareció oír un ahogado "Hola", pero pudo tratarse del viento.
– ¡Espere!!Ya llego! ¡No abra la ventanilla! -Con impaciencia se echó hacia atrás el protector facial, clavó la pala cinco veces, tocó metal, cavó un poco más.
Esta vez oyó la voz con más claridad. Llorando. Angustiada. Sollozando palabras que no distinguía.
La pala dio contra una ventanilla y él volvió a gritar.
– No abra nada todavía! -Con una mano enguantada limpió la nieve de un cuadradito de vidrio y atisbó un rostro borroso y oyó una voz femenina que exclamaba:
– ¡Oh, Dios, me encontraron!
– Muy bien, abra apenas la ventanilla para que entre un poco de aire mientras despejo el resto de la puerta -ordenó Eric.
Segundos más larde, abrió la puerta del coche, se inclinó hacia adentro y encontró a una jovencita presa de pánico, con lágrimas corriéndole por el rostro, vestida con una campera de jean, una mantita cubriéndole la cabeza, un par de medias grises puestas a modo de guantes y varios suéteres y camisas alrededor de las piernas y el cuerpo.
– ¿Estás bien? -Eric se quitó el pasamontañas para que ella pudiera verle el rostro.
La muchacha sollozaba tanto que apenas si podía hablar.
– ¡Ay, Dios mío… es… esta… estaba t… tan asustada!
– ¿Tenías calefacción?
– Hasta q… que… m… me quedé sin c… combustible.
– ¿Cómo están tus pies y tus manos? ¿Puedes mover los dedos? -Se quitó los guantes con la boca, bajó el cierre de un bolsillo de su traje de nieve y extrajo una pequeña bolsa plástica anaranjada.
La abrió con los dientes y sacó un sobrecito de papel blanco. -Toma, esto es un producto químico para calentarte las manos. -Lofrotó entre sus nudillos como si fuera una media sucia. -Hay que agitarlo para que se caliente. -Se arrodilló, buscó la mano de ella, le quitó la media y un liviano guante de lana que tenía debajo, cerró su mano entre las suyas más grandes y se las llevó a los labios para soplarle los dedos. -Mueve los dedos así veo que puedes hacerlo. -Ella obedeció y Eric sonrió dentro de sus ojos llorosos. -Bien. ¿Comienzas a sentir calor? -Ella asintió con aire triste y sorbió los mocos, como una niña, mientras las lágrimas continuaban cayendo por sus mejillas.
»Sujétalo en tu guante y muévelo. En un minuto tendrás las manos tostadas. -Buscó un sobrecito para la otra mano y preguntó: -¿Y cómo van esos pies?
– Y… ya n… no los s… siento.
– También tengo algo para calentártelos.
Se había puesto dos pares de polainas sobre los delgados zapatos sin taco. Eric se los quitó y dijo:
– ¿Y tus botas?
– Las dejé… en la… universidad.
– ¿En Wisconsin, en diciembre?
– Ha… hablas c… como mi abuela -respondió ella, haciendo un débil intento por recuperar el humor.
Eric sonrió, buscó dos sobres más grandes y los agitó para generar el calor químico.
– Bueno, a veces las abuelas saben lo que dicen. -En pocos segundos colocó los calentadores contra los pies de ella y los sujetó con un grueso par de medias de lana. Luego la obligó a beber un buen trago de café con licor, lo que la hizo escupir y toser.
– ¡Puaj, qué asco! -exclamó, secándose la boca.
– Tengo un traje de nieve de repuesto. ¿Puedes ponértelo sola?
– Sí, creo que sí. Tra… trataré.
– Muy bien.
Le trajo el equipo, botas, guantes, pasamontañas y casco, pero ella se movía con tanta lentitud que tuvo que ayudarla.
– Jovencita -la regañó mientras lo hacía-, la próxima vez que salgas a la ruta en la mitad del invierno, espero que lo hagas mejor preparada.
Ella se había recuperado lo suficiente como para ponerse a la defensiva.
– ¿Cómo iba a saber que se iba a poner así? He vivido en Seattle toda mi vida.
– ¿Seattle? -repitió él, mientras le colocaba el pasamontañas y el casco-. ¿Te viniste en coche desde Seattle?
– No, sólo desde Chicago. Voy a la Northwestern. Vengo a pasar la Navidad a mi casa.
– ¿Adonde?
– A Fish Creek. Mi madre tiene una hostería allí.
¿Seattle, Chicago, Fish Creek? De pie junto al automóvil enterrado, con el viento arremolinando la nieve alrededor de ellos, escudriñó lo que quedaba visible del rostro de la joven.
– No lo puedo creer -dijo.
– ¿Qué cosa?
– ¿Por casualidad no eres Katy Stearn?
La sorpresa de ella resultó evidente aun detrás de las antiparras. Sus ojos se abrieron como platos y se quedó mirándolo.
– ¿Me conoces?
– Conozco a tu madre. A propósito, me llamo Eric.
– ¿Eric? ¿Eres Eric Severson?
Fue su turno de sorprenderse al ver que la hija de Maggie sabía su apellido.
– ¡Mamá fue a la fiesta de graduación contigo!
Eric rió.
– Sí, así es.
– Oh… -dijo Katy, abrumada por la coincidencia.
Él volvió a reír y dijo:
– Bien, Katy, es hora de ir a casa.
Cerró la puerta del automóvil de ella, y la guió hacia el vehículo de nieve, marcándole la huella para que pisara con facilidad. Antes de subir, preguntó:
– ¿Alguna vez anduviste en una de estas cosas?
– No.
– Bueno, es un poco más divertido cuando la sensación térmica no es de veinte grados bajo cero, pero llegaremos lo más pronto y lo menos helados que podamos. ¿Tienes hambre?
– Estoy famélica.
– ¿Manzana o barra de chocolate? -preguntó Eric, hurgando dentro de su bolsa de provisiones.
– Chocolate -respondió ella.
Eric sacó la golosina y puso en marcha el motor mientras ella se la comía, luego montó a horcajadas sobre el asiento y ordenó:
– Sube detrás de mí y sujétate de mi cintura. Lo único que debes hacer es inclinarle hacia adentro cuando giramos. De esa forma nos mantendremos sobre los esquís. ¿De acuerdo?
– Sí. -Katy subió y pasó los brazos alrededor de la cintura de Eric.
– i Y no te duermas!
– De acuerdo.
– ¿Lista? -dijo Eric por encima del hombro.
– Lista. ¿Eric?