– ¿Qué?
– Gracias. Muchas gracias. Creo que nunca tuve tanto miedo en mi vida.
Eric le palmeó las manos enguantadas como respuesta.
– ¡Sujétate! -ordenó, al tiempo que se ponía en movimiento y tomaba hacia la casa de Maggie.
El nombre le martillaba en la mente… Maggie. Maggie. Maggie… Mientras aferraba el acelerador, sintió las manos de la hija de ella alrededor de la cintura. Quizá, si no hubieran tenido tanta suerte en el huerto de Easley, la joven que estaba detrás de él podría haber sido hija de ambos.
Imaginó a Maggie en la cocina de su casa, descorriendo la cortina de encaje de la puerta y mirando la tormenta. Caminando de un lado a otro por la habitación, con un suéter sobre los hombros. Volviendo a mirar por la ventana. Llamando a Chicago para preguntar a qué hora había salido Katy. Preparando té que probablemente quedaría intacto. Llamando a la oficina de patrullas camineras estatales para enterarse de que habían quitado las máquinas de los caminos y tratando de no dejarse vencer por el pánico. Caminando otra vez de un lado a otro sin nadie con quien compartir la carga de preocupación.
Maggie, mi vida, ella está bien. Te la estoy llevando hacia allí, así que ten fe.
El viento era un enemigo que les golpeaba el rostro. Eric se agazapó detrás del parabrisas, atravesando la tormenta con los músculos de las piernas en llamas. Pero no le importaba: iba hacia la casa de Maggie.
La nieve caía cada vez con más fuerza, desorientándolo. Pero él siguió la línea de postes de teléfono, apretó con fuerza el acelerador y s upo que encontraría el camino. Iba hacia la casa de Maggie.
Alejó el frío de su mente, concentrándose en cambio en una cocina cálida con una mesa vieja y rayada, y en una mujer con pelo castaño que esperaba detrás de una cortina de encaje para abrir la puerta y los brazos al verlos llegar. Había jurado mantenerse alejado de Maggie, pero el destino decidió otra cosa, y el corazón de Eric se llenó de un dulce júbilo ante la idea de que volvería a verla.
Maggie creyó que Katy llegaría a eso de las cinco o seis de la tarde, como máximo, a las siete. A las nueve llamó a Chicago. A las diez, a la patrulla caminera. Para cuando llegaron las once, llamó a su padre, que poco pudo hacer para calmar su ansiedad. A medianoche, sola y caminando de un lado a otro, estaba al borde de las lágrimas.
A la una de la madrugada se dio por vencida y se acostó en la habitación de servicio, la que estaba más cerca de la puerta de la cocina. El intento de dormir fue un fracaso y se levantó antes de que transcurriera una hora, se puso una bata acolchada, preparó té y se sentó a la mesa con la cortina levantada. Apoyó los pies sobre una silla y contempló el remolino blanco alrededor de la luz de la galería.
Por favor, que esté bien. No puedo perderla también a ella.
Después de un tiempo, se durmió, con la cabeza apoyada sobre un brazo. Se despertó a la una y veinte al oír un ruido en la lejanía, un zumbido apagado que se acercaba por el camino. ¡Un vehículo para nieve! Pegó la nariz contra la ventana, protegiéndose los ojos con la mano al oír que el sonido se acercaba. La luz de un faro iluminó las siemprevivas, luego el cielo, como un reflector, cuando la máquina pareció trepar al otro lado del camino. De pronto, la luz fue real. Apareció una máquina sobre la nube de nieve, luego descendió en picada directamente hacia la puerta de la cocina.
Maggie estaba de pie y corriendo hacia la puerta antes de que se apagara el motor.
Abrió la puerta en el momento en que alguien bajó del asiento de atrás y una voz ahogada gritó:
– ¡Mamá!
– ¿Katy? -Maggie salió y se hundió hasta las rodillas en nieve. La persona que avanzaba por la nieve hacia ella estaba enfundada en plateado y negro de la cabeza a los pies y tenía el rostro oculto tras un protector plástico, pero la voz era inconfundible.
– ¡Ay, mami, me salvé!
– Katy, tesoro, estaba tan preocupada. -Lágrimas de alivio inundaron los ojos de Maggie cuando las dos se abrazaron torpemente, obstaculizadas por la ropa de Katy.
– El auto se me salió del camino… tenía tanto miedo… peroEric me encontró.
– ¿Eric?
Maggie dio un paso atrás y miró al conductor que había apagado el motor y estaba bajando del vehículo. Estaba enfundado en un enterizo plateado y las antiparras le ocultaban el rostro. Avanzó hacia ellas. Al llegar, se las quitó, dejando al descubierto un pasamontañas negro con tres orificios. Pero los ojos eran inconfundible, esos hermosos ojos azules, y la boca que hacía poco tiempo ella había observado de cerca, bebiendo de un cartón de leche.
– Ella está bien, Maggie. Será mejor que entren.
Maggie contempló la fantasmagórica criatura y sintió que el corazón se le detenía.
– ¿Eric… tú? ¿Pero… por qué… cómo…?
– Vamos, Maggie, entra. Te estás congelando.
Todos entraron y Eric cerró la puerta. Se quitó el casco y el pasamontañas mientras Katy hablaba sin parar.
– La tormenta se puso horrible, no se veía nada y el auto se me fue y caí en la zanja; me quedé allí sentada y sólo me quedaban unas gotas de nafta y… -Mientras hablaba, Katy trató de quitarse el casco, todavía con los gruesos guantes puestos. Por fin se interrumpió y exclamó: -¡Caray! ¿Alguien puede ayudarme a quitarme esto? -Eric se adelantó para ayudar, dejando su propio casco sobre la mesa antes de desabrochar el de ella y quitárselo de la cabeza, junto con el pasamontañas.
El rostro de Katy apareció bajo una mata de pelo aplastado. Tenía los labios llagados por el frío, la nariz enrojecida, los ojos encendidos, ahora que el peligro había pasado. Se arrojó a los brazos de su madre.
– ¡Ay, mamá, le juro que nunca me alegró tanto llegar a casa!
– Katy… -Maggie cerró los ojos y abrazó a su hija con fuerza. -Fue la noche más larga de mi vida. -Abrazadas, se mecieron hasta que Katy dijo:
– ¿Mami?
– ¿Qué?
– Tengo tantas ganas de ir al baño que si no me saco este traje rápido voy a hacer un papelón.
Maggie rió y dio un paso atrás. Ayudó a Katy con los tres cierres relámpago del enterizo. Parecían estar por todos lados, en la parte delantera y en los tobillos.
– Espera, déjame a mí -dijo Eric, haciendo a un lado a Maggie-. Tienes nieve en las pantuflas. Será mejor que te la saques.
Se agazapó sobre una rodilla y ayudó a Katy con los cierres y luego a desatarse las gruesas botas, mientras Maggie iba hasta la pileta y se quitaba la nieve de las pantuflas. Se secó los pies con una toalla de mano mientras Eric ayudaba a Katy a quitarse el incómodo enterizo.
– ¡Rápido! -suplicó Katy, saltando en el lugar. El traje cayó al suelo y ella corrió al baño, descalza.
Eric y Maggie la miraron, divertidos. Al cerrar la puerta, Katy gritó:
– ¡Sí, ríete! ¡A ti no te estuvieron dando café con licor durante la última hora!
Junto a la pileta de la cocina, Maggie se volvió para mirar a Eric. La risa desapareció lentamente para quedar reemplazada por una expresión de cariño. Lo miró con la boca levemente curvada en una sonrisa.
– No vas a decirme que estabas pascando por ahí con esta tormenta.
– No. Me llamaron de la oficina del alguacil porque necesitaban voluntarios para rescates.
– ¿Cuánto tiempo estuviste afuera?
– Un par de horas.
Maggie se acercó a él. Se lo veía del doble de su tamaño, de pie allí junto a la puerta con su traje plateado y las botas forradas con piel. Estaba despeinado, necesitaba afeitarse y tenía las mejillas marcadas por el tejido del pasamontañas. Aun desaliñado, era su ideal. Eric la miró atravesar la habitación hacia él; una madre que había mantenido su vigilia hasta la madrugada, descalza, enfundada en una bata rosada, sin maquillaje, con el pelo lacio y despeinado y pensó: Dios mío, ¿cómo sucedió esto? Estoy enamorado de ella otra vez.