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A los monjes de Majere se les ordenaba no tomar partido en ningún conflicto. Quizá el propio dios se negaba a tomar parte en éste. Tal vez las almas de su amado maestro y de sus hermanos se estaban viendo obligadas a luchar solas contra el Dios de la Muerte.

La ira bullía dentro de él, abrasadora, opresiva, amarga. Ira contra su dios, contra sí mismo.

—Tendría que haber estado aquí. Tendría que haber impedido esto.

Había esgrimido como excusa que se encontraba con su dios, pero, para ser sincero, su propio y egoísta deseo de paz y tranquilidad le había impedido hallarse donde hacía falta. Por culpa de Majere y de él, que les habían fallado a quienes tenían puestas sus esperanzas en ellos, ahora había diecinueve personas muertas.

Sostuvo una lucha interna consigo mismo, recriminándose y, al mismo tiempo, luchando contra la rabia que hacía que las manos ansiaran cerrarse en torno al cuello de su hermano asesino y estrangularlo. Estaba tan inmerso en aquella lucha interna que apartó la vista de Lleu.

Su hermano no dudó un momento en aprovechar su descuido. Agarró él pesado cuenco de barro y se lo lanzó con todas sus fuerzas.

El cuenco acertó a darle entre los ojos. El dolor estalló dentro de su cráneo, un dolor abrasador, rojo y llameante como el fuego, tan intenso que no podía pensar. La sangre le corrió por la cara, le entró en los ojos, cegándolo. Se tambaleó y se agarró a la mesa para sostenerse. Tuvo la borrosa sensación de que Lleu se abalanzaba sobre él, y después otra sensación de un cuerpo blanco y negro que pasaba delante de él, en un salto. Rhys saboreó sangre. Se desplomaba y extendió la mano para frenar la caída, tendió la mano hacia el maestro...

Delante de Rhys se erguía un monje de túnica naranja. El semblante del monje le resultaba familiar, aunque nunca lo había visto. Se parecía al maestro y, al mismo tiempo, a todos los hermanos del monasterio. Los ojos del monje denotaban sosiego y calma, una actitud bondadosa.

Rhys supo quién era.

—Majere... —susurró, sobrecogido.

El dios lo miró fijamente, sin responder.

—¡Majere! —Rhys vaciló—. Necesito tu consejo. Dime qué debo hacer.

—Sabes lo que has de hacer, Rhys —contestó el dios, sosegado—. Lo primero es enterrar a los muertos y después has de limpiar esta estancia de muerte para que todo aparezca limpio ante mi vista. Mañana te levantarás con el sol y entonarás tus plegarias, como siempre. Después darás de beber al ganado, y llevarás a las vacas y los caballos a pastar, y apacentarás las ovejas. Las malas hierbas del jardín...

—¿Que te eleve mis preces, maestro? ¿Para qué? ¡Todos han muerto y tú no hiciste nada!

—Rezarás para pedirme lo que siempre me has pedido, Rhys —contestó el dios—. Perfección de cuerpo y de mente. Paz, tranquilidad, serenidad...

—Mientras entierro a mis hermanos y a mis padres, ¡te rezaré para pedirte perfección! —contestó, enfadado.

—Y para aceptar con paciencia y comprensión los caminos de tu dios.

—¡No los acepto! —replicó Rhys, que tenía un nudo de rabia y angustia dentro del pecho—. No los aceptaré. Chemosh ha hecho esto. ¡Hay que detenerlo!

—Otros se encargarán de él —repuso, imperturbable, Majere—. El Señor de la Muerte no te incumbe a ti. Mira en tu interior, Rhys, y busca la oscuridad que hay en tu alma. Sácala a la luz antes de intentar combatir la oscuridad de otros.

—¿Y qué pasa con Lleu? Hay que llevarlo ante la justicia...

—Lleu no mintió al afirmar que Chemosh lo ha hecho invencible. No puedes hacer nada para detenerlo, Rhys. Déjalo ir.

—De modo que me quieres escondido aquí, a salvo entre estas paredes, cuidando ovejas y limpiando estiércol del establo mientras Lleu queda libre de cometer más asesinatos en nombre del Señor de la Muerte. ¿Es eso? —inquirió Rhys, sombrío—. No pienso darme media vuelta y dejar que otros carguen con lo que es responsabilidad mía.

—Has pasado quince años conmigo, Rhys —dijo Majere—. Cada día se han cometido asesinatos y cosas peores en el mundo. ¿Intentaste impedir algo de eso? ¿Buscaste justicia para esas víctimas?

—No. Quizá debí hacerlo.

—Mira en tu corazón, Rhys —aconsejó el dios—. ¿Buscas justicia o buscas venganza?

—¡Busco respuestas tuyas! —gritó el monje—. ¿Por qué no protegiste de mi hermano a tus elegidos? ¿Por qué los abandonaste? ¿Por qué sigo vivo yo y ellos no?

—Tengo mis razones, Rhys, y no tengo por qué compartirlas contigo. La fe en mí significa que aceptas las cosas como son.

—Me es imposible.

—Entonces no puedo ayudarte —dijo el dios.

Rhys guardó silencio mientras la encarnizada batalla que sostenía dentro de él cobraba virulencia.

—Que así sea —dijo Rhys bruscamente, y se dio media vuelta.

6

Rhys despertó de un sueño profundamente inquietante en el que negaba a su dios para volver a la realidad de un intenso dolor, una luz titilante y una lengua áspera y húmeda que le lamía la frente. Abrió los ojos. Atta estaba de pie junto a él; la perra gimoteaba y le lamía la herida. La apartó con suavidad e intentó sentarse. Se le revolvió el estómago y vomitó, tras lo cual volvió a tumbarse con un gemido. Las rigurosas prácticas de los monjes a menudo tenían como resultado heridas. Aprender cómo tratar esas heridas y cómo aguantar el dolor se consideraba una parte importante del entrenamiento. Rhys reconoció los síntomas de una fisura en el cráneo. El dolor era muy agudo y sintió la necesidad de rendirse a él, de sumirse en la negrura, donde encontraría alivio. De no ser por Atta seguramente no habría vuelto en sí.

Acarició las orejas a la perra mientras mascullaba algo ininteligible, y volvió a marearse y a vomitar. La cabeza se le aclaró un poco y una oleada de amargos recuerdos acudió a su mente, junto con la conciencia del peligro que él mismo corría.

Se sentó con premura mientras apretaba los dientes para aguantar el dolor, y buscó a su hermano con la mirada.

La estancia se hallaba a oscuras, demasiado para ver nada. La mayoría de las gruesas velas se habían consumido. Quedaban sólo dos encendidas, y las llamas titilaban en la cera derretida.

—Llevo horas inconsciente —murmuró, aturdido—. ¿Dónde está Lleu? Parpadeando a pesar del dolor, tratando de enfocar los ojos, echó una rápida ojeada alrededor de la sala, pero no vio la menor señal de su hermano.

Atta lloriqueó y Rhys le dio unas palmaditas. Intentó recordar qué había pasado, pero de lo último que se acordaba era de la acusación de su hermano contra Majere: «No tiene la voluntad ni el poder de frenar a Chemosh».

Una de las velas chisporroteó y se apagó con un siseo. Sólo quedó encendida una minúscula llama. Rhys acarició las sedosas orejas de la perra y no tuvo que preguntar la razón de que Lleu no lo hubiera asesinado mientras yacía inconsciente.

No tenía que buscar muy lejos a su salvadora. Atta estaba tumbada con la cabeza en su regazo y sus oscuros ojos lo miraban con ansiedad.

Rhys la había visto proteger a las ovejas durante el ataque de un puma, interpuesta entre el rebaño y el felino, al que hacía frente sin miedo, los ojos castaños fijos en los amarillos del puma, con firmeza, hasta que le hizo darse media vuelta y escabullirse.

El monje cerró los suyos, somnoliento, mientras acariciaba a Atta y la imaginaba plantada al lado de su amo, la torva mirada en Lleu, el labio superior recogido de manera que dejaba los dientes a la vista, unos dientes afilados que podría clavarle de un momento a otro.