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Lleu sería invencible como afirmaba, pero todavía sentía dolor. El chillido que había soltado cuando Atta lo mordió había sonado muy convincente. Y podría imaginar sin dificultad lo que sería sentir esos dientes hincados en la garganta.

Lleu debía de haber retrocedido y se habría escapado. Habría huido... a casa...

Atta ladró y se incorporó de un brinco; Rhys se despertó sobresaltado.

—¿Qué pasa? —preguntó al tiempo que se sentaba, asustado y en tensión.

Atta ladró otra vez, y el monje oyó otro ladrido lejano, procedente del aprisco. Era un ladrido intranquilo, pero no de alerta. Los otros perros notaban que algo marchaba mal. Atta siguió ladrando, y Rhys se preguntó, sombrío, qué les estaría contando, cómo describiría aquel horror perpetrado por el hombre contra el hombre.

Se volvió a despertar y se encontró con la perra, que le ladraba.

—Tienes razón, chica. No puedo hacer esto —rezongó—. No puedo dormir. Tengo que mantenerme despierto.

Se obligó a ponerse de pie, usando el banco para apoyarse. Encontró su emmide tirado en el suelo, junto a él, justo antes de que la llamita de la última vela se ahogara en la cera derretida y se apagara, dejándolo a oscuras con la luz de la luna y rodeado de muertos.

Le resultaba difícil pensar con el palpitante dolor de cabeza. Se centró en el dolor y empezó a moldearlo y a darle forma y a presionarlo hasta comprimirlo en una bola pequeña de dolor que guardó en un aparador, dentro de su mente, y cerró la puerta. Conocida como «Bola de Arcilla», ésta era una de las técnicas desarrolladas por los monjes para controlar el dolor.

—Majere —empezó el ritual, sin pensar—. Elevo mi pensamiento hacia las nubes...

Se interrumpió. Las palabras no significaban nada. Sonaban vacías, carentes de sentido. Miró dentro de su corazón, donde el dios había estado siempre, y no lo encontró. Lo que había ahora era feo y horrible. Rhys se contempló largo rato. La fealdad no desapareció, era una mácula en la perfección.

—Que así sea —aceptó tristemente.

Apoyándose en el bastón se dirigió hacia la puerta con pasos inseguros. Atta caminó a su lado.

Lo primero era descubrir qué había sido de Lleu. No descartaba la idea de que su hermano estuviera escondido, al acecho, en algún sitio del monasterio, listo para tenderle una emboscada y así ofrecer la última víctima a Chemosh. La lógica le dictó a Rhys que registrara el establo para comprobar si faltaban los caballos o el carruaje. Se mantuvo bien alerta mientras se acercaba al cobertizo, escudriñando cada sombra, haciendo altos para ver si captaba el ruido de pasos. A menudo miraba a Atta. La perra estaba tensa porque percibía la tensión en su amo, y se mantenía alerta porque él hacía lo mismo. Sin embargo, nada en su conducta indicaba que algo fuera mal.

Rhys entró primero en el establo donde los monjes tenían unas pocas vacas y los caballos de arar. El carruaje en el que habían llegado sus padres seguía allí, estacionado fuera. Entró en el establo con cautela, enarbolando el bastón, casi convencido de que Lleu saldría de la oscuridad para atacarlo.

No vio nada ni oyó nada. Atta hundió el hocico en la paja que cubría el suelo, pero eso se debía seguramente a que casi nunca se le permitía entrar en el establo y los olores le llamaban la atención. Los caballos de tiro de su padre seguían en las cuadras, pero el caballo que cabalgaba Lleu no estaba allí.

En tal caso, Lleu se había marchado. De vuelta a casa. O a alguna otra ciudad o pueblo o granja solitaria. A crear más conversos para Chemosh.

De pie en el establo, Rhys escuchó la profunda respiración de los animales dormidos, el rumor de los murciélagos en las vigas, el ululato de un buho. Oyó los sonidos de la noche y, mucho más fuertes, los sonidos que jamás volvería a escuchar: el golpeteo de su emmide contra el bastón de un hermano; la animada conversación en el cuarto de calentarse en el invierno; el quedo murmullo de voces al elevar una plegaria; el toque de la campana que dividía el día y marcaba su vida con largos y rectos surcos que, hasta hacía sólo unas horas, se extendían en el futuro hasta que Majere se llevara su alma a la siguiente etapa del viaje.

Ahora los surcos eran irregulares y se entrecruzaban, desordenados, sin llevar a ninguna parte.

Lo había perdido todo. No le quedaba nada salvo un cometido. Un deber para consigo mismo y para con sus padres y hermanos asesinados. Una obligación para con el mundo que había rechazado durante quince años y que ahora descargaba su venganza sobre él.

—Venganza —repitió en un susurro al tiempo que volvía a ver la fealdad en su interior.

Encontrar a Lleu.

Rhys salió del establo y se encaminó de vuelta al monasterio. La cabeza le dolía, estaba mareado y con náuseas, y le costaba trabajo enfocar los ojos. Deseaba tumbarse, pero no se atrevió a hacerlo. Debía permanecer despierto. Así se mantendría ocupado, y tenía trabajo que hacer.

Un trabajo lúgubre. Enterrar a los muertos.

—Necesitas ayuda, hermano —dijo una voz junto a su hombro.

Atta saltó al oír la voz. Giró el cuerpo en el aire y cayó sobre las patas, erizado el lomo, con un gruñido que dejaba los dientes a la vista.

Rhys levantó el emmide y giró rápidamente sobre sí mismo para ver quién había hablado.

Detrás de él había una mujer. Tanto por su aspecto como por su vestimenta resultaba extraordinaria. Tenía el cabello blanco como espuma de mar, y en constante movimiento, al igual que sus ropas de color verde que ondeaban sobre su cuerpo y se mecían alrededor de sus pies. Era hermosa, serena y tranquila como el arroyo del monasterio en pleno verano, pero en sus ojos gris verdosos había algo que evocaba violentas inundaciones y hielo negro.

La envolvía una total oscuridad y, sin embargo, Rhys la veía perfectamente por el resplandor propio que irradiaba y que parecía decir: «No necesito la luz de la luna y de las estrellas. Soy mi propia luz o mi propia oscuridad, a mi antojo».

Se encontraba en presencia de una diosa y, por las sartas de conchas que llevaba en el cabello despeinado, Rhys sabía de quién se trataba.

—No necesito ayuda, gracias, Señora del Mar —dijo mientras pensaba lo extraño que era que estuviera conversando con una diosa con tanta tranquilidad como si hablara con una de las lecheras del pueblo.

Contemplando los fragmentos rotos de su mundo que sostenía en las manos pensó de repente que tampoco era tan extraño, después de todo.

—Puedo enterrar a mis muertos.

—No hablo de eso —replicó Zeboim, irritada—. Me refiero a Chemosh. Rhys comprendió entonces por qué había aparecido. Pero no sabía qué contestar.

—Chemosh tiene a tu hermano sojuzgado —siguió la diosa—. Una de las Sumas Sacerdotisas del Dios de la Muerte, una mujer llamada Mina, lanzó un poderoso hechizo sobre él.

—¿Qué clase de hechizo?

—Yo... —Zeboim hizo una pausa, al parecer con dificultades para continuar—. No lo sé —dijo de pronto. Su admisión sonó como si se la hubiesen arrancado a la fuerza—. No he podido descubrirlo. Sea lo que sea lo que Chemosh está haciendo, lo hace con infinitas precauciones para ocultárselo a los otros dioses. Tú podrías descubrirlo, monje, al ser un mortal.

—¿Y cómo voy a descubrir los secretos de Chemosh si los dioses no son capaces de hacerlo? —demandó Rhys. Se llevó la mano a la cabeza. El dolor empezaba a filtrarse por la puerta del aparador.

—Porque eres una pulga, un mosquito, un insecto entre millones de insectos. Puedes mezclarte con la muchedumbre, ir aquí y allí, hacer preguntas. El dios nunca reparará en ti.

—Parece que eres tú quien me necesita a mí, señora, no al contrario —comentó Rhys, cansado—. Atta, vamos. —Se apartó y siguió caminando. La diosa apareció delante de él.