El barco minotauro estaba anclado a bastante distancia de la costa, en mar abierto. Un bote manejado por fornidos tripulantes minotauros los esperaba para llevarlos hasta la embarcación. Otro bote en el que iban Beleño y Atta ya había partido y se deslizaba sobre el agua.
Rhys se sentó al otro lado del capitán, que manejaba la caña del timón. El bote avanzaba a brincos sobre las olas y Rhys estuvo mirando la costa y sus brillantes luces hasta que se perdieron de vista. No maldecía su suerte; se la había buscado él mismo. De una u otra forma, esperaba encontrar el modo de negociar por la vida del kender y de Atta. No era justo que sufrieran por él.
El barco minotauro, cuya silueta se recortaba contra el mar iluminado por las estrellas, era precioso. Con tres mástiles, ostentaba una proa tallada en forma de cabeza de dragón. Los remos de una única hilera se hallaban fuera del agua, levantados. El monje observaba cómo la tripulación bogaba el bote de desembarco y vio marcárseles los músculos en las anchas espaldas. Esclavos a bordo del barco minotauro manejaban los remos y Rhys se preguntó cuánto tiempo sería capaz de aguantar en su lugar, encadenado al banco y moviendo el remo siguiendo el ritmo marcado por el tambor.
Rhys era fuerte; o lo había sido antes de que aquel viaje desgarrador le pasara factura. Mala comida, falta de alimentos, patear los caminos y sentarse en tabernas se habían cobrado un precio tanto en el cuerpo como en el espíritu.
Como para demostrar que estaba en lo cierto, la debilidad lo venció. Se le dobló la cabeza sobre el pecho y de lo siguiente que tuvo conciencia fue de los golpes y zarandeos con los que un tripulante trataba de hacerlo volver en sí a la par que señalaba una escala de cuerda que colgaba por un costado de la embarcación.
El pequeño bote se mecía arriba y abajo, atrás y adelante. La escala también se balanceaba, sólo que el bote y la escala no lo hacían en consonancia. A veces estaban próximos y otras veces se abría un gran abismo entre el bote y el barco, un abismo lleno con agua de mar negra como tinta.
El capitán ya había subido a bordo ascendiendo por la escala con fácil desenvoltura. Los tripulantes minotauros miraban ferozmente a Rhys sin dejar de señalar la escala de forma tajante. Uno de ellos le indicó mediante gestos que si Rhys no saltaba por sí mismo entonces lo lanzaría él.
—No puedo saltar con el bastón —dijo Rhys, que alzó el cayado con la esperanza de que entendiera el gesto si no entendía las palabras.
El minotauro se encogió de hombros e hizo un gesto de arrojar algo. Rhys tuvo la impresión de que lo que el minotauro quería decir era que tirara el bastón al mar, y el monje consideró más que probable que los dos fueran a parar allí al final. Miró el barandal de la nave, que parecía estar muy, muy por encima de él, y luego, sosteniendo el cayado como una lanza, apunto y lo lanzó.
El bastón trazó un grácil arco por encima del barandal y cayó en cubierta. Ahora le tocaba a él.
Se puso de pie en el banco e intentó acompasar el salto con el brusco balanceo del bote. La escala de cuerda se mecía cerca de él y Rhys se lanzó hacia ella, desesperado. La asió con una mano, aunque falló con la otra, y braceó para asirse a algo. Faltó poco para que se le soltara la mano y se zambullera en el mar, pero el minotauro lo impulsó desde abajo y Rhys consiguió trepar por la escala. Otros dos minotauros lo asieron cuando llegó al barandal, lo auparon sobre la borda y lo tiraron a la cubierta.
Todo parecía un caos a bordo, con el capitán bramando órdenes y los marineros corriendo por doquier en respuesta, desplazándose por la cubierta o trepando por las jarcias. Se largaron las velas y se izó el ancla a bordo. Rhys estorbaba a todo el mundo y recibía empellones, empujones, tropezones y maldiciones. Finalmente, un minotauro, siguiendo la orden del capitán, se lo cargó al hombro y lo llevó donde estaban trincadas las cajas que contenían la carga.
El minotauro gruñó algo que Rhys no entendió, aunque dedujo por los golpes secos que le propinó con un dedo que le decía que no se moviera de allí y dejara de estorbar.
Aferrado fuertemente al bastón, Rhys contempló el frenético aunque organizado ajetreo con no poco aturdimiento hasta que una voz familiar lo sacó de su estupor.
—¡Ahí estás! Me preguntaba dónde te habías metido. —¿Beleño? —llamó mientras miraba en derredor sin ver a nadie. —Aquí abajo —contestó el kender.
Rhys bajó la vista y localizó a su amigo encerrado dentro de una jaula de madera. Atta, cabizbaja, se hallaba metida en otra jaula. Rhys se acuclilló, metió con dificultad la mano por un hueco entre las tablillas y se las ingenió para acariciar a la perra en el hocico.
—Lo siento, Beleño—se disculpó tristemente—. Intentaré sacarnos de este lío.
—No va a ser nada fácil —repuso el kender, taciturno, fija la mirada en Rhys desde detrás de las tablillas.
Al kender y a Atta los habían puesto junto con el ganado vivo. Al lado del kender había una jaula que contenía un verraco que dormitaba.
—Aquí hay algo que apesta, Rhys, y no me refiero al olor. ¿A ti no te parece raro?
—Sí —admitió el monje, torvo—. Claro que no sé apenas nada sobre los minotauros.
—No me refiero a eso. Para empezar —explicó Beleño—, ¿ves más prisioneros? ¿Qué clase de leva sale para volver sólo con dos personas, una de ellas un kender? Aunque yo sea un kender con cuernos —agregó con bastante orgullo.
»En segundo lugar, la presencia de un barco pirata minotauro anclado cerca de una ciudad como Nuevo Puerto debería haber hecho que la gente pusiera el grito en el cielo, las campanas tocaran la alarma, las mujeres chillaran, los soldados se aprestaran a la lucha y las catapultas arrojaran piedras. En cambio, los minotauros recorrían las calles como si estuvieran en su casa.
—Tienes razón —convino Rhys, pensativo.
—Es como si nadie los viera salvo nosotros —dijo el kender en un susurro.
Se sentó en cuclillas dentro de la jaula y miró fijamente a su amigo.
El barco se había puesto en movimiento y navegaba por el océano, impulsado por una brisa refrescante. A favor del viento, la nave surcaba el agua y las negras olas se rizaban a los costados. La espuma salpicó el rostro de Rhys.
Como los empujaba un fuerte viento, retiraron los remos y los tambores enmudecieron.
La velocidad del barco aumentó, henchidas las velas por la tensión del empuje del viento, que sopló más y más fuerte, tanto que amenazó con tumbar a Rhys, y el monje tuvo que asirse a la batayola para mantenerse de pie. La cubierta cabeceaba, a punto de hundirse bajo las olas en cierto momento, y al siguiente las remontaba y se alzaba sobre las crestas. El agua salada barría la cubierta.
Convencido de que se hundirían sin remedio, Rhys se volvió hacia los minotauros para ver su reacción ante aquella pavorosa travesía.
El capitán se encontraba al timón, hinchado el pecho como las velas. Encarado al viento, lo inhalaba para llenar los pulmones con gratitud. La tripulación, como él, estaba animosa y absorbía el salvaje viento.
Se formó una ola inmensa debajo del barco, que remontó la cresta ascendiendo más y más hasta quedar suspendido en el aire.
La ola rompió con un ensordecedor estruendo por debajo de la quilla, y el barco minotauro abandonó el mar para navegar por las olas de la noche.
Atta aulló aterrorizada, mientras Beleño aporreaba las tablillas de su jaula.
—¡Rhys! ¿Qué pasa? ¡No veo nada! ¡No, espera! Si es algo horrible, no me lo digas, no quiero saberlo.
Beleño esperó una respuesta, pero Rhys permaneció callado.
—Es horrible, ¿verdad? —continuó el kender en tono lastimero, y se dejó caer pesadamente en el suelo de la jaula de madera.
Rhys se aferraba a la batayola con los dedos crispados. El aire batía salvajemente a su alrededor, el océano se hundía más y más, el agua hervía y espumajeaba debajo del barco. Jirones de nubes ondeaban como velas desgarradas en los mástiles.