—¿Cuánto tiempo crees que tardaremos? —preguntó Beleño, limpiándose la espuma de los labios.
«Una vida entera», pensó Rhys.
2
Partieron de Flotsam a la mañana siguiente y durante los primeros kilómetros el viaje fue bien. Mina se entretenía y se divertía con los paisajes nuevos tan interesantes. Los granjeros de los distritos más alejados llevaban sus productos al mercado y se intercambiaban amistosos saludos. Una caravana de ricos mercaderes, protegidos por hombres de armas, ocupaba toda la calzada. Los soldados eran muy serios y ponían cara de ocupados, pero los comerciantes saludaban a Mina y, al ver al monje, le pedían que bendijera su viaje y le tiraban unas cuantas monedas. Después pasaron un señor y una dama con su séquito. La dama se detuvo a admirar a Mina y le dio unos dulces, que ella compartió con Beleño y Atta.
También se cruzaron con varios grupos de kenders, que dejaban Flotsam (a la fuerza) o se dirigían hacia allí. Los kenders se paraban a hablar con Beleño y se intercambiaban las noticias y los rumores más recientes. Beleño les preguntaba sobre la calzada que se extendía ante ellos y recibió mucha información, alguna de ella no demasiado fiable.
El encuentro más interesante fue el que tuvieron con un grupo de gnomos que viajaban con una combinación de máquina trilladora, amasadora y cocedora de pan a vapor; pero habían perdido el control y el armatoste estaba desmontado a un lado de la calzada. Aquel encuentro los retrasó bastante, porque Rhys se detuvo a atender a las víctimas.
Todas aquellas novedades ocuparon buena parte del día. Mina estaba contenta y se portaba bien, mientras esperaba ansiosamente encontrarse con más gnomos. Se detuvieron pronto para pasar la noche. Como hacía buen tiempo, acamparon al aire libre y a Mina le pareció muy divertido, aunque ya no pensaba lo mismo alrededor de la medianoche, cuando descubrió que se había acostado sobre un hormiguero.
Como consecuencia, a la mañana siguiente estaba malhumorada y gruñona, y su ánimo no mejoró con el transcurso del día. Cuanto más se alejaban de Flotsam, menos gente se encontraban en el camino, hasta que llegó un momento en que no había nadie más que ellos. El paisaje consistía en franjas de tierra vacía con unos pocos árboles desgarbados. Mina se aburría y empezó a quejarse. Estaba cansada. Quería parar. Las botas le apretaban en los dedos. Tenía una ampolla en el talón. Le dolían las piernas. Tenía hambre. Tenía sed.
—¿Cuánto falta para llegar de una vez? —preguntó a Rhys, caminando cansinamente a su lado y arrastrando los pies por el polvo.
—Me gustaría avanzar unos pocos kilómetros más antes de que oscurezca —dijo Rhys—. Después acamparemos.
—¡No, no al campamento! —protestó Mina—. Me refiero a Morada de los Dioses. Estoy muy cansada de caminar, de verdad. ¿Mañana ya estaremos allí?
Rhys estaba intentando encontrar la forma de explicarle que bien podrían tardar un año antes en llegar a Morada de los Dioses, cuando Atta emitió un ladrido agudo. Con las orejas tiesas, miraba fijamente a la calzada.
—Alguien viene —dijo Beleño.
Hacia ellos se dirigía un jinete en su caballo, corriendo a buen ritmo por cómo resonaban los cascos del animal. Rhys cogió a Mina de la mano y rápidamente tiró de ella hacia un lado de la calzada, para alejarla del camino de los cascos del caballo. Todavía no podía distinguir al jinete, debido a la leve pendiente de la calzada. Atta obedeció a Rhys y se quedó junto a él, pero no dejaba de gruñir. Le temblaba todo el cuerpo y sacaba los colmillos.
—Sea quien sea quien viene, a Atta no le gusta —observó Beleño—, Eso no es muy propio de ella.
Acostumbrada a viajar, Atta solía ser simpática con los desconocidos, aunque mantenía las distancias y sólo se dejaba acariciar si no encontraba la forma de escapar. Sin embargo, estaba advirtiéndolos en contra de aquel extraño, antes incluso de verlo.
Caballo y jinete llegaron al alto de la cuesta y, al verlos, apuraron el paso y bajaron la pendiente al galope. El jinete iba tapado en una capa negra. Su larga cabellera se agitaba al viento en su espalda.
Beleño lo miraba boquiabierto.
—¡Rhys! ¡Es Chemosh! ¿Qué hacemos?
—No podemos hacer nada —contestó Rhys.
El Señor de la Muerte tiró de las riendas del caballo cuando ya estaba más cerca. Beleño miró en derredor, desesperado por encontrar un sitio donde esconderse, pero estaban atrapados en la llanura. Ni un árbol ni una hondonada a la vista.
Rhys ordenó a Atta que se quedara callada y ella le obedeció lo mejor que pudo, aunque de vez en cuando se le escapaba un gruñido. El monje atrajo a Mina hacia sí y sostuvo el cayado delante de ella, mientras ponía la otra mano sobre el hombro de la niña, en un gesto protector. Beleño se mantuvo imperturbable al lado de su amigo. Recordándose a sí mismo que era un kender con cuernos, adoptó una expresión fiera.
—¿Quién es ese hombre? —preguntó Mina, mirando al jinete de negro con curiosidad. Volvió la cabeza hacia Rhys—. ¿Lo conoces?
—Lo conozco —contestó Rhys—. ¿Tú lo conoces, Mina?
—¿Yo? —Mina estaba sorprendida. Negó con la cabeza—. Nunca antes lo había visto.
Chemosh desmontó y empezó a caminar hacia ellos. El caballo se quedó inmóvil donde lo había dejado, como si se hubiera convertido en piedra. Beleño se acercó un poco más a Rhys.
—Kender con cuernos —repetía Beleño para sí con el fin de darse valor—, Kender con cuernos.
Atta gruñó y Rhys le hizo callar.
Chemosh hizo caso omiso de la perra y del kender. Lanzó una mirada a Rhys, sin demasiado interés. Toda la atención del señor se centraba en Mina. Tenía una expresión tensa, lívida de rabia. Sus ojos oscuros eran gélidos.
Mina observaba a Chemosh desde detrás de la barricada formada por el cayado del monje y Rhys sintió que temblaba. La sujetó con más fuerza para que se sintiera segura.
—No me gusta ese hombre —declaró Mina con voz temblorosa—. Dile que se vaya.
Chemosh se detuvo y lanzó una mirada furibunda a la niña pelirroja que se protegía en los brazos de Rhys.
—Ya puedes poner fin a este jueguecito tuyo, Mina —dijo Chemosh—. Me has hecho quedar como un tonto. Ya te has reído bastante. Ahora vuelve a casa conmigo.
—No voy a ir a ningún sitio contigo —repuso Mina—, Ni siquiera te conozco. Y Goldmoon me dijo que nunca hablara con desconocidos.
—Mina, deja ya esta estupidez... —empezó a decir Chemosh, enfadado, y alargó la mano para cogerla.
Mina le propinó una patada en la espinilla al Señor de la Muerte.
Beleño tomó aire, cerró los ojos y esperó el fin del mundo. Como el mundo seguía su curso, Beleño abrió un poco los ojos y vio que Rhys había empujado a Mina detrás de él para protegerla con su cuerpo. Chemosh tenía un aspecto indescriptiblemente lúgubre.
—Estás montando un espectáculo magnífico, Mina, pero no tengo tiempo para tonterías —dijo con impaciencia—. Vendrás conmigo y traerás los objetos que vilmente robaste de la Sala del Sacrilegio. O de lo contrario, pronto veré a tus amigos en el Abismo...
Una lluvia torrencial ahogó el resto de la amenaza de Chemosh. El cielo se volvió tan negro como la capa del dios. Las nubes de tormenta se agolparon y agitaron. Zeboim llegó en una ráfaga de viento y un golpe de granizo.
La diosa se inclinó y ofreció la mejilla a Mina.
—Dale un beso a tu tía Zee, bonita —dijo con dulzura.
Mina escondió la cara en la túnica de Rhys.