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—¿Por qué no?

—Porque encuentre lo que encuentre, eso inclinará la balanza en un sentido u otro.

—La balanza podría inclinarse a tu favor, monje —sugirió Galdar—. Eso te gustaría, ¿no?

Rhys meneó la cabeza.

—Un hombre que mira demasiado tiempo el sol está tan ciego como aquel que camina en la impenetrable oscuridad.

Los dos se quedaron en silencio, reservando sus últimas fuerzas para subir la pendiente final del valle. Los minotauros que estaban a las órdenes de Galdar los esperaban entre las estribaciones de los Señores de la Muerte. Los soldados estaban muy serios, pues en el mismo sitio esperaban los Fieles. Liderados por la silenciosa Elspeth, habían llegado hasta el valle, aunque demasiado tarde para encontrar a Valthonis.

Galdar miró a los elfos con expresión ceñuda:

—Me disteis vuestra palabra.

—No rompimos nuestra promesa —respondió uno de los elfos—. No intentamos rescatar a Valthonis.

El elfo señaló la capa que cubría el cuerpo del kender.

—¡Eso pertenece a Valthonis! ¿Dónde está? —El elfo miró a Galdar con ferocidad—. ¿Qué le habéis hecho? ¿Lo habéis asesinado vilmente?

—Todo lo contrario. El minotauro salvó la vida a Valthonis —repuso Rhys.

Los elfos fruncían el entrecejo sin acabar de creérselo.

—¿Dudáis de mi palabra? —preguntó Rhys, cansado.

El líder de los Fieles hizo una reverencia.

—No queríamos ofenderte, servidor de Matheri —se disculpó el elfo, utilizando el nombre que los de su raza daban al dios Majere—. Pero tienes que comprender que nos resulte difícil de entender. Un monje de Matheri y un minotauro de Kinthalas salen juntos del Valle del Mal. ¿Qué está pasando? ¿Valthonis está vivo?

—Está vivo y a salvo.

—Entonces, ¿dónde está?

—Ayudando a una niña perdida a encontrar el camino a casa —fue la respuesta de Rhys.

Los elfos se miraron entre sí, confusos, alguno con evidente incredulidad. Entonces la silenciosa Elspeth se adelantó para pararse delante de Galdar. Uno de los elfos quiso detenerla, pero ella lo apartó de un empujón. Alargó la mano hacia el minotauro.

—¿Qué es esto? —preguntó Galdar, malhumorado—. Decidle que se aparte de mí.

Elspeth sonrió para tranquilizarlo. Mientras el minotauro la miraba, tenso y ceñudo, la elfa pasó los dedos por el muñón del brazo con delicadeza.

Galdar parpadeó. La mueca de dolor que le desfiguraba el rostro desapareció. Se llevó la mano al muñón y la miró asombrado. Elspeth pasó junto a él y se arrodilló junto al cuerpo del kender. Dobló la capa alrededor del cuerpo con ternura, como una madre arropa a su pequeño, y después cogió el bulto en brazos. Se quedó de pie, esperando pacientemente el momento de la partida.

Galdar miró a Rhys.

—Ya te dije que la ayuda te encontraría.

Los elfos estaban más confusos que antes, pero obedecieron la orden muda de Elspeth y se dispusieron a partir.

—Espero que nos honres con tu compañía, servidor de Matheri —dijo el líder del grupo a Rhys, quien asintió agradecido.

Galdar alargó la mano izquierda y estrechó la de Rhys en un apretón que casi le rompe todos los huesos.

—Adiós, hermano.

Rhys tomó la mano del minotauro entre sus dos manos.

—Que tu viaje sea rápido y seguro.

—Al menos será rápido —afirmó Galdar sombrío—. Cuanto antes nos alejemos de este lugar maldito, mejor.

Aulló las órdenes pertinentes a sus hombres y éstos obedecieron rápidamente. Los minotauros emprendieron la marcha, tan impacientes por dejar Neraka como su oficial.

Pero Galdar tardó un momento en seguirlos. Se quedó quieto, con la mirada perdida en el oeste, en las entrañas de las montañas.

—Morada de los Dioses —dijo— está en esa dirección.

—Eso he oído —repuso Rhys.

Galdar asintió para sí y siguió con la mirada clavada en aquella dirección, como si quisiera adivinar la figura de Mina. Suspirando, bajó la mirada y meneó la cabeza astada.

—¿Crees que alguna vez descubriremos lo que le pasa, hermano? —preguntó melancólico.

—No lo sé —fue la respuesta de Rhys.

En su corazón, mucho se temía que sí lo descubrirían.

9

Valthonis y Mina caminaban despacio hacia Morada de los Dioses, tomándose su tiempo, porque los dos sabían que no importaba lo que pasara, ni la decisión que Mina tomara, pues aquél sería su último viaje juntos.

Habían hablado de muchas cosas a lo largo de muchas horas, pero después Mina se había quedado callada. Morada de los Dioses no estaba a más de dieciséis kilómetros de Neraka, pero el camino era duro, escarpado, tortuoso y estrecho. Era un sendero inhóspito salpicado de rocas, que se veía obligado a colgarse de las empinadas paredes del cañón, oprimido por extrañas formaciones rocosas que los obligaban a orientar sus pasos hacia direcciones que no querían seguir.

El cielo estaba oscuro y cubierto, ennegrecido aún más por las columnas humeantes que salían de los Señores de la Muerte. El aire apestaba a azufre y era difícil respirar, pues secaba la boca y producía escozor en la nariz.

Mina no tardó en cansarse. No obstante, no se quejaba, sino que seguía caminando. Valthonis le dijo que podía tomarse el tiempo que necesitara. No había prisa.

—¿Quieres decir que tengo toda la eternidad ante mí? —preguntó Mina con una sonrisa atormentada—. Eso es cierto, padre, pero me siento obligada a continuar. Sé quién soy, pero ahora tengo que descubrir por qué. Ya no puedo sentarme a descansar tranquilamente cuando llega la noche.

Llevaba consigo los dos objetos que había cogido en la Sala del Sacrilegio. Los apretaba con fuerza en la mano y no estaba dispuesta a soltarlos, aunque en ocasiones su carga le hacía aún más difícil cruzar los tramos más empinados del camino. Cuando por fin se rindió y se sentó a descansar, desenvolvió los objetos y los miró. Los estudiaba, levantaba cada uno de ellos y los recorría con los dedos, como un ciego que trata de ver con las manos lo que sus ojos no pueden contarle. No dijo nada de lo que pensaba a Valthonis y él no preguntó.

A medida que se acercaban a Morada de los Dioses, parecía que los Señores de la Muerte fueran liberándolos, permitiendo su marcha. El camino iba haciéndose más fácil y descendía en suave pendiente. Una brisa cálida como el aliento de la primavera alejaba las nubes de azufre y el vapor. Las flores silvestres crecían en los márgenes del sendero, asomaban por debajo de las rocas y florecían en las grietas de la pared de piedra.

—¿Qué pasa? —preguntó Valthonis, deteniéndose, cuando se dio cuenta de que Mina había empezado a cojear.

—Tengo una ampolla—respondió ella.

Se sentó en el suelo y se quitó el zapato. Miró con exasperación la herida en carne viva y sangrante.

—Los dioses juegan a ser mortales —dijo—. Chemosh podía hacerme el amor y obtener placer con aquel acto, o eso se decía a sí mismo. Pero en realidad sólo pueden fingir que sienten. Ningún dios tuvo nunca una ampolla en el talón.

Levantó el zapato manchado de sangre para que lo viera.

—¿Así que por qué yo sí tengo una ampolla? Sé que soy una diosa. Sé que este cuerpo no es real. Podría saltar por el precipicio y estrellarme contra las rocas, pero no me haría ningún daño. —Se mordió el labio—. Todo eso lo sé, pero de todos modos me duele el pie. Por mucho que me gustara decir que no es verdad, ¡sí me duele!

—Takhisis tenía que convencerte de que eras humana, Mina —contestó Valthonis—. Te mintió para convertirte en su esclava. Temía que te convirtieras en su rival, si hubieras sabido la verdad: que eres una diosa. Tenía que hacerte creer que eras humana y para eso tenías que sentir dolor. Tenías que conocer la enfermedad y el sufrimiento. Tenías que sentir el amor, la alegría y la tristeza. Se recreó cruelmente mientras te hacía creer que eras mortal. Creía que eso te haría débil.