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Yeager deslizó las manos hacia arriba, por su espalda, frotándolas por encima de la camiseta de ella. Zoe se dio cuenta de que él había notado que no llevaba sujetador. Los dedos de Yeager se quedaron inmóviles y luego levantó la cabeza como si necesitara tomar aliento.

– ¿Zoe?

Ella apoyó la cabeza en el hombro de él, avergonzada. Yeager le acarició la frente con la mejilla y luego buscó de nuevo su boca. La volvió a besar una y otra vez, enardeciendo el fuego que ella sentía en el vientre y haciendo que hormigueantes oleadas de deseo recorrieran sus brazos y sus piernas. Sus dedos se pasearon por los costados de ella y luego se movieron hacia el centro de su cuerpo hasta rodearle los pechos con las manos.

¡Oh! Zoe apartó la cabeza bruscamente y se separó del beso de Yeager. Aparentemente, el tamaño no importaba cuando se trataba de que un hombre disfrutaba de la sensación de tener unos pechos femeninos entre las manos. Y tampoco parecía que a él le importara el escaso escote de ella. Incluso con la fina tela de algodón interponiéndose entre sus cuerpos, daba la impresión de que él estaba fascinado con la forma de sus pechos: acarició una y otra vez aquellas pequeñas protuberancias con las palmas de las manos para a continuación ponerse a trazar círculos alrededor de sus pezones. Estos inmediatamente se pusieron erectos.

Echada de espaldas como estaba, Zoe se quedó quieta, aturdida por otra oleada de excitación. Algo nuevo le estaba pasando. Sentía que los miembros se le deshacían a causa del calor que le provocaban las caricias de Yeager. El aire se le trabó en los pulmones cuando él se deslizó hacia abajo. Y cuando la boca de él localizó uno de sus pezones erectos, ella tuvo que morderse una mano para ahogar un grito.

Por ciego que estuviera, parecía que Yeager sabía exactamente qué tenía que hacer. Primero lo chupó, mojando la tela de su camiseta sobre aquel punto endurecido, y luego se lo metió en la boca. Justo cuando ella creía que se había deshecho completamente a causa del calor que sentía, Yeager succionó con fuerza aquel pezón gimiendo de satisfacción, como si el sabor de lo que tenía en la boca fuera tan delicioso como cualquiera de los platos con los que ella hubiera podido alimentarle.

Zoe no podía dejar de meterle los dedos por el pelo, mientras él localizaba sin demasiados problemas el otro pezón y lo lamía y lo besaba. Ella sintió como si algo se estuviera fraguando dentro de su cuerpo, y notó una especie de tensión en las piernas y en el vientre que la hacían retorcerse sin cesar. Sentía calor por todo el cuerpo: en la cara, en las palmas de las manos, en las nalgas, en las rodillas. Zoe intentó echarse hacia atrás para detener de alguna manera el obvio y descaradamente sexual movimiento de sus caderas.

Puede que Yeager hubiera pensado lo mismo, porque colocó una mano grande y caliente sobre su estómago, y la empujó hacia abajo haciendo que aquella tensión la mortificara todavía más.

Luego tomó de nuevo su boca. Uno de los dos -por supuesto, había sido ella- dejó escapar un ligero gemido cuando Zoe levantó la tela de la camisa de él. Por fin podía disfrutar de aquel pecho parcialmente desnudo, contra el que ahora se frotaban su húmeda camiseta y sus endurecidos pezones.

Zoe gimió de nuevo.

– Chis, chis -dijo él tratando calmarla, pero algo estaba pasando en el interior de Zoe.

Y también en su exterior. Sentía calor por todas partes y un ardiente deseo a causa de las caricias que Yeager le prodigaba.

– Está bien -susurró él contra su boca-. Lo he entendido.

«¿Había entendido? ¿Qué había entendido?» Pero en aquel momento ella no podía pensar nada, porque la lengua de Yeager se hundía de nuevo en su boca y una mano desabrochaba los botones de sus tejanos. Él metió una de sus grandes manos, abierta -y casi tan caliente como la piel de ella-, entre los vaqueros y la satinada tela de las bragas de Zoe.

La carne del vientre de Zoe se estremeció y luego toda ella empezó a temblar de los pies a la cabeza.

– ¿Yeager?

Yeager paseó la boca por su cuello, dibujando una línea que descendía por su garganta y que era como una copia del recorrido que describía su mano, mientras se dirigía al lugar más caliente y excitado del cuerpo de Zoe.

Todavía con la tela de las bragas formando una barrera entre los dedos de él y la carne de ella, Yeager la tocó allí y Zoe se estremeció.

– Chis, chis -le susurró Yeager de nuevo-. Lo sé, cariño, lo sé.

Zoe sintió el cuerpo de Yeager aplastándose contra el suyo a través de la tela de los tejanos de ambos, y su pene duro frotándose contra su muslo. De alguna manera, dejar que Yeager la acariciara la hacía sentirse bien. Y entonces, mientras la besaba de nuevo, Yeager la rozó con los nudillos en algún lugar que -por debajo de su ropa interior- estaba caliente y mortificantemente húmedo.

Y a Yeager aquello pareció gustarle.

– Oh, cariño -dijo él con reverencia, o así al menos lo entendió ella casi al borde del vértigo.

Y cuando Yeager le lamió el labio inferior y la acarició con la punta del dedo, ella sintió que estallaba de placer. Que estallaba alejándose de aquel lugar en la Colina de Harry, y saliendo de la isla y seguramente del mundo entero. Y luego sintió que caía de nuevo al suelo, convertida en pequeños fragmentos, desparramándose sobre su rincón de la isla favorito y por encima del hombre al que había creído que podría manejar con facilidad.

Al cabo de un instante, Yeager se apartó de ella.

– Zoe -dijo él, pero enseguida se calló-. Yo no… Yo no… -añadió finalmente con una voz ronca.

Zoe sintió que le ardían las mejillas de vergüenza y humillación. Volvió la cara mientras volvía a abrocharse los tejanos y se bajaba la camiseta. Por supuesto, él no había pretendido que aquello llegara tan lejos. Por supuesto, él no la deseaba de verdad. Yeager era Apolo y ella era… alguien a quien él jamás debería haber conocido.

Él solo andaba buscando unos cuantos besos, una diversión para pasar la tarde, y posiblemente coquetear un rato. Y se había visto obligado a tener que satisfacer a una mujer desesperada, que había estallado como un petardo casi con su primera caricia. Otra oleada de vergüenza la hizo enrojecer de nuevo.

Quizá se habría sentido mejor si hubiera intentado satisfacerlo a él, pero por lo rápidamente que Yeager se había apartado de su lado era demasiado obvio que pensaba que Zoe no era suficiente mujer para él.

Ella se puso de pie y se sintió contenta como nunca por el hecho de que él no pudiera verle la cara.

– Será mejor que nos marchemos.

– Sí.

Yeager se quedó de pie mientras ella recogía los restos del almuerzo, doblaba la manta y lo cargaba todo otra vez en la motocicleta. Por suerte había traído también un jersey y se lo puso por encima de la camiseta mojada con aquellos vergonzosos círculos de saliva.

Pasó el casco a Yeager. A la vuelta, él ya no se sentó tan pegado a ella y Zoe sintió escalofríos durante todo el camino de regreso a Haven House.

– Zoe…

– No digas nada, ¿de acuerdo? -le dijo ella secamente-. Hazme solo un favor, déjalo estar.

Lo último que quería ahora Zoe era volver a revivir aquel episodio de indecorosa lujuria. Una lujuria que parecía haberlo dejado a él completamente indiferente.

Yeager asintió la cabeza. Y más tarde, mientras subía por el camino hacia su apartamento, se tropezó. Por primera vez parecía que Yeager fuera realmente ciego.

Zoe entró en la cocina dispuesta a preparar la comida de la tarde y se encontró allí con Lyssa, quien estaba cortando castañas de agua en rodajas. Zoe frunció el entrecejo.

– ¿Qué es esto? Pensé que habíamos quedado en hacer guacamole con tortitas y un plato de galletas saladas y quesos.

Lyssa no apartó los ojos del cuchillo.