Yeager sintió una punzada de dolor al recordar la conversación que había tenido con Sammy y Flossie durante el desfile. Se pasó la mano por la cicatriz de la mejilla.
– Zoe…
– ¿Hum?
Ella cogió una de las almohadas de la cama, la sacudió, y luego frunció el ceño.
Él tragó saliva mientras se acercaba a la cama.
– Sonríe para mí, cariño.
Zoe se volvió hacia él con las dos cejas levantadas.
– ¿Qué…?
– Sonríe para mí.
Yeager se quitó las gafas y parpadeó para acostumbrar los ojos a la luz de la habitación.
Zoe le sonrió, con una expresión alegre pero tímida. Él estaba empezando a sentirse hechizado por aquellos sorprendentes hoyuelos de sus mejillas.
– Yeager. -Zoe se acercó un paso hacia él y luego se detuvo a la vez que se frotaba nerviosamente los muslos con las manos-. ¿Acaso puedes…?
Él parpadeó una vez más y asintió con la cabeza.
– Y cada hora que pasa un poco mejor.
Yeager vio cómo tragaba saliva y luego reculaba un paso hacia atrás y daba media vuelta. Zoe agarró una almohada y se abrazó a ella colocándosela delante del pecho.
– Bueno -dijo ella-. Vaya, eso es genial.
Pero en su tono de voz no había nada de bueno ni de genial. Ni siquiera se atrevía a mirarlo. Casi parecía sentir aprehensión.
– Zoe, cariño. -Yeager pasó un dedo por la piel desnuda del brazo de ella y ella se estremeció, pero, aun así, no se volvió hacia él. Y entonces él se dio cuenta de lo que pasaba y se tragó su sonrisa-. Zoe, ¿acaso tienes vergüenza, ahora que puedo verte?
Ella apretó la almohada contra su pecho.
– Por supuesto que no.
Pero a Yeager aquello le sonó poco sincero. La agarró por los hombros y la hizo volverse hacia él. Luego le quitó la almohada de las manos y la tiró sobre la cama.
– Sí, tienes vergüenza.
Ella miró hacia un punto en el vacío, a la izquierda de su clavícula.
– Es que soy tan… vulgar.
Yeager se quedó con la boca abierta. Y luego tragó saliva intentando pensar en algo.
– Y me lo has estado ocultando todo este tiempo.
Zoe asintió con la cabeza intentando todavía evitar que sus ojos se cruzaran con los de él.
– Todas las noches que has pasado en mi cama, mientras yo te acariciaba y te tocaba y, sí, también te saboreaba, todo ese tiempo tú me estabas escondiendo to vulgar que eres.
Al oír eso ella levantó la vista.
– No te burles de mí.
Yeager tomó su cara con ambas manos y recorrió con los pulgares el contorno de sus labios.
– Tú no tienes ni idea de lo que es ser vulgar. No es vulgar tu boca, ni tu sonrisa, ni las muchas veces que me has hecho reír o que has conseguido que me sienta menos solo.
Yeager la estrechó contra su cuerpo y ella pareció creerle, porque suspiró y se acurrucó contra él. Teniendo a Zoe tan cerca, sosteniendo entre sus brazos a aquella mujer cálida y fragante, Yeager se daba cuenta de que lo que decía era verdad y se puso a pensar en todo lo que ella había hecho por él. Todo lo que le había sucedido en aquella isla había sido una bendición para él. ¡Demonios, cuánto odiaba tener que abandonarla!
Quizá… Su cabeza se puso en marcha deprisa. ¿Por qué no? ¿Por qué no podría…?
– Zoe -dijo Yeager deprisa levantando su cara hacia él-. Ven conmigo.
Ella sonrió.
– ¿Adónde? -preguntó Zoe-. ¿Adónde quieres ir?
– A Cabo Cañaveral. Me voy mañana. Y tú vendrás conmigo.
La sonrisa desapareció del rostro de Zoe y la luz de alegría que había en sus ojos se esfumó.
– ¿Qué?
– Ya es hora de que regrese -le explicó él-. Ha llegado el momento de que decida qué demonios voy a hacer. Pero antes tengo que presenciar el lanzamiento. Y tú vendrás conmigo. Podemos tomarlo como unas vacaciones. Un par de semanas y luego… -Yeager se encogió de hombros-. Luego ya veremos qué pasará.
Yeager no tenía ni idea de lo que quería decir eso de «ya veremos qué pasará», pero no le importaba. Porque lo que tenía claro era que no podía separarse de ella de un día para otro y marcharse de allí sin más.
Todavía no.
Él le hizo cosquillas debajo de la barbilla.
– ¿Qué me dices?
Ella tragó saliva. Ahora Yeager podía ver los movimientos de su esbelto cuello con detalle.
– No -contestó ella.
Él volvió a hacerle cosquillas debajo de la barquilla.
– Por favor. Lyssa se encargará de todo, sabes que puede hacerlo.
Zoe dio un paso atrás y se cruzó de brazos. Él sonrió, distrayéndose por un momento en la contemplación de su pequeño escote. Le pasó un dedo por el hombro acariciándola.
– ¿Te he dicho ya que estás para comerte?
Ella se estremeció y miró hacia otro lado.
– Me alegro… me alegro de que tu vista esté mucho mejor.
– Entonces vente un par de semanas conmigo para que lo celebremos. Podemos presenciar el lanzamiento y después podemos ir a donde tú quieras. Estoy seguro de que te encantaría ir a Disneyland.
Ella negó con la cabeza lentamente.
– Zoe -dijo él metiendo los dedos entre los mechones de su pelo rubio-. Vamos, cariño. Piensa en lo bien que lo vamos a pasar.
Yeager agachó la cabeza para acercar sus labios a los de Zoe, pero ella le giró la cara.
– No, Yeager.
Él entornó los ojos y la dejó ir.
– No, Yeager, ¿qué? ¿No besos? ¿No vacaciones en Florida? ¿No qué?
Zoe bajó la vista y se quedó mirándose las manos.
– No, yo no quiero irme de la isla.
– Vamos, Zoe -insistió Yeager. Estaba empezando a perder la paciencia. A él tampoco le gustaba la idea de marcharse, pero menos le gustaba la idea de dejarla allí al día siguiente y no volver a verla jamás-. Esto es estúpido. Tú sabes que quieres venir conmigo.
– No importa qué es lo que quiero -dijo ella retorciéndose los dedos.
– ¿Qué quieres decir con eso? Si lo que deseas es venir conmigo, entonces hazlo.
Cuando vio que ella no contestaba, Yeager apretó los dientes y se pasó las manos por el pelo.
Dejó escapar un profundo suspiro y volvió a intentarlo.
– Esto es una estupidez, Zoe. Dime al menos por qué demonios no quieres venir conmigo.
Zoe le contestó con una voz ronca que era casi un susurro.
– Nunca salgo de la isla -dijo ella.
Yeager agitó una mano.
– Razón de más para tomarse unas vacaciones.
Ella se quedó mirándolo con unos ojos enormes y tan profundamente azules que con su color podría pintarse todo el cielo.
– Yo nunca salgo de la isla -repitió Zoe.
Yeager sintió que un escalofrío le recorría la espalda.
– ¿Qué quieres decir con eso de que tú nunca sales de la isla?
La conversación que había tenido durante el desfile le vino otra vez a la memoria: «Hay cosas que tú no sabes».
– Dime, Zoe -le inquirió bruscamente Yeager sintiéndose a la vez atemorizado por la posible respuesta-. Cuéntame.
La voz de Zoe volvió a convertirse en un murmullo tenso y ronco.
– Nunca salgo de la isla -repitió ella. Luego tragó saliva, pero el resto de la frase sonó igual de áspero-. Desde que llegamos aquí hace tres años, yo…, yo nunca he abandonado la isla.
Yeager cerró los ojos, pero como sus oídos funcionaban perfectamente, pudo oír con claridad sus últimas palabras.
– No creo que pueda hacerlo -concluyó Zoe mientras pasaba a su lado y salía por la puerta.
Capítulo 18
Era la hora de la fiesta de medianoche a la luz de la luna llena en la playa de Haven. Zoe intentaba confundirse entre el murmullo de la gente que esperaba con ansiedad, saludando a los amigos y recibiendo muestras de apoyo de los que estaban preparando las hogueras que serían la señal de que los gobios habían llegado.