Jennifer se apresuró a contestar con una presteza que no pudo menos que extrañar a Steven. Mientras observaba bien su rostro, pudo advertir cómo se apagaba su esperanzada expresión al oír la voz al otro lado de la línea y descubrir que no era David.
– Entiendo -pronunció con tono ligero-. Gracias por decírmelo.
Colgó y permaneció de pie por un momento, como si quisiera reconciliarse consigo misma y asumir el vacío que se había abierto en su interior. Cuando el teléfono sonaba siempre pensaba que era David: y cuando se llevaba la decepción volvía a convertirse en aquella niña que no podía creer que su padre se hubiera marchado para siempre, y que constantemente creía oír su llave en la cerradura de la puerta de casa. Vio que Steven la estaba observando y se las arregló para forzar una sonrisa:
– Era el veterinario otra vez. Todavía está en camino.
– Entiendo.
– ¿Por qué me miras tan fijamente?
– ¿Yo? Perdona. Echemos otro vistazo a la orgullosa madre.
Zarpas había parido un tercer gatito, y estaba a punto de tener el cuarto.
– A estas alturas siempre preparaba un poco de leche caliente -sugirió Steven, recordando su propia experiencia-. Después de tanto esfuerzo, necesita comer algo.
– Leche caliente -musitó Jennifer, y se dirigió apresurada a la cocina.
Para cuando regresó el cuarto gatito ya había nacido, y Zarpas lo estaba lamiendo con energía. Al terminar aceptó la leche, y luego se tumbó con aire satisfecho.
– Creo que esto es todo -dijo Steven-. Pero necesitaremos que el veterinario se asegure de ello.
– Mira -pronunció Jennifer con alegría-. El último tiene el lomo negro y las patas blancas, como su madre.
– Zarpas Dos -comentó Steven con una sonrisa.
– Quizá sea gato. Entonces creo que debería llamarle Steven.
Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, contemplando los cachorrillos con arrobada expresión.
– Quédate aquí -le dijo Steven-. Yo prepararé el café.
Cuando volvió, Jennifer seguía en la misma posición, observando extasiada a la nueva familia. Steven la miró, y de repente lo comprendió todo.
– ¿Es eso lo que realmente deseas hacer, verdad? -inquirió, hablando casi en un murmullo para no molestar a los gatos-. Cuidar a los animales.
– Supongo que sí -respondió, aceptando el café-. Trevor dice que esta casa a veces parece un zoo, pero no puedo tener muchos animales porque me paso la mayor parte del día fuera.
– Ahora te veo tan diferente de la mujer que irrumpió ayer en mi oficina exigiéndole a mi secretaria mi cabeza en una bandeja…
– No me lo recuerdes…
– Pero si me encanta… -repuso Steven-. Alice me comentó que parecías un gran señor medieval diciendo: «Quiero la cabeza de Steven Leary».
– Steven, es terrible. En realidad, aún sigo enfadada contigo por el engaño del que me hiciste víctima la otra noche.
– Asumo mi parte de culpa -declaró sonriendo.
– ¿Pero cómo puedo seguir enfadada contigo cuando acabo de bautizar a un precioso gatito con tu nombre?
– Es un verdadero enigma, ¿verdad? ¿Por qué no le cambias simplemente el nombre? Entonces podremos volver a ser enemigos.
– ¿Quieres ser mi enemigo?
– Puede resultar casi tan interesante como ser tu amante.
– Mi amigo, querrás decir.
– Sé lo que he querido decir -le brillaban los ojos en la oscuridad, pero Jennifer se negó a morder el cebo.
– Después de lo de esta noche, ya nunca volveré a pensar en ti como en un enemigo.
– Creo que todavía no me conoces lo suficiente.
– Supongo que no. Probablemente eso no sucederá nunca.
– ¿Con medio Londres hablando sobre la ardiente pasión que compartimos? -se burló Steven.
– No tardarán en ponerse a hablar de cualquier otra cosa. Los escándalos van y vienen.
– ¿Así denominas a lo nuestro? ¿Un escándalo?
– Pasto de cotilleos -declaró convencida-. Ya perderán todo interés.
– ¿Y nosotros?
Jennifer sabía que acababa de entrar en un terreno peligroso, pero le resultaba fascinante estar allí sentada, en la penumbra, contemplando el brillo de sus ojos. Era una extraña forma de pasar la tarde… Y aun así, también era una de las tardes más interesantes que había pasado en toda su vida. Durante toda aquella conversación tan particular, su sensación principal era de alegría, puro gozo. Algo completamente distinto de las peligrosas sensaciones que le había inspirado antes…
Sonó entonces inoportunamente el timbre de la puerta. El veterinario se presentó en la casa, disculpándose sin cesar, y Jennifer le hizo entrar en el salón. Steven ya se había levantado y estaba recogiendo sus cosas. La agradable tarde había tocado a su fin.
– Te veré mañana, en casa de tu abuelo -le dijo Steven mientras se dirigía hacia la puerta-. Estaré deseando que llegue ese momento, aunque dudo que sea tan interesante como la tarde que acabamos de compartir. Buenas noches, Jennifer.
– Buenas noches, Steven. Y gracias.
Capítulo 4
Al día siguiente Jennifer visitó a un cliente después de comer, y cuando volvió a su despacho se encontró con un montón de recados telefónicos.
– David Conner ha llamado cinco veces -la informó su secretaria-. Creo que no me creyó cuando le dije que se encontraba fuera.
Desde la cena de gala Jennifer había pensado mucho en David, preguntándose por lo que habría sentido al verla. Había resistido la tentación de llamarlo con cualquier pretexto, y al fin su paciencia había sido recompensada.
– ¿David? -inquirió cuando alguien contestó a su llamada.
– Gracias por haberte acordado de mí -dijo con tono ligero, que no logró disimular cierta irritación.
– Estaba fuera. Pero ya he vuelto.
– Pensé que tal vez podríamos tomar una copa, en nuestro lugar de costumbre.
Jennifer vaciló. Había quedado con Steven y con su hermana, y no podía retrasarse.
– Tendrá que ser una copa rápida.
– ¿Es que tienes una cita?
Jennifer sintió que el corazón le daba un vuelco: aquello le importaba a David.
– Claro que no. Lo que pasa es que tengo que regresar pronto a casa.
– Entonces quedamos en The Crown.
Una hora después Jennifer entró en The Crown, el elegante bar al que solían ir con frecuencia, pensando que al final lo había logrado: David quería volver con ella. Estaba sentado en la mesa de costumbre, en una esquina, y le sonrió al verla acercarse, con aquella triste mirada suya que siempre la conmovía tanto.
Charlaron durante unos minutos, evitando cualquier referencia a su discusión y a su último encuentro. Al fin David le dijo:
– Gracias por haber venido. Temía que no quisieras hablarme. Aquella vez te dije unas cuantas cosas absolutamente fuera de tono.
– Ya me había olvidado -repuso Jennifer.
– ¿De verdad? ¿No fue por eso por lo que intentaste darme esquinazo hoy?
– David, ya te dije que he estado fuera.
– ¿Seguro que no se trataba de una excusa para evitarme? -le preguntó él con tono suave.
– No tenía nada que ver contigo.
David le lanzó una sonrisa irónica, desconfiada, y por primera vez Jennifer descubrió que podía llegar a irritarse mucho con él. Su vulnerabilidad y necesidad de consuelo podía resultar encantadora, pero aquella vez estaba exagerando. Y en aquel preciso instante recordó lo que le había dicho Steven: «es el clásico idiota egocéntrico que siempre espera que todo le venga dado, a su gusto».
– Supongo que ahora debo de resultarte un estorbo, una vez que ya has encontrado a otro.
Jennifer pensó que estaba celoso; eso quería decir que todavía la amaba.
– Eres tú quien ha encontrado a otra -replicó con tono burlón.