– ¿Penny? Es mi secretaria. Por cierto, causaste verdadera sensación al presentarte con Steven Leary.
– ¿Lo conocías?
– No… esto es, no lo reconocí aquella noche, pero desde entonces algunas personas me han hablado de él…
Jennifer se quedó asombrada: había estado preguntando por Steven. ¡Cielos!
– Debes de haber intimado mucho con él para haberle regalado esos gemelos… -observó David.
Jennifer había comprado aquellos gemelos porque a David le habían gustado mucho cuando los vio en un escaparate; evidentemente, los había reconocido. Pero no podía explicarle nada sin revelarle que había tenido que contratar a un acompañante. Estaba dudando entre hacerlo o no cuando sonó el teléfono móvil. Era Trevor.
– ¿Dónde estás? -le preguntó.
– Aquí, tomando una copa rápida. Voy ahora mismo.
– Date prisa. Ya sabes que tenemos que ir a casa de Barney con Leary.
Trevor había elevado el volumen de su voz, y al oírlo, David se tensó visiblemente. Jennifer se apresuró a cortar la llamada.
– Comprendo -pronunció David.
– No es lo que piensas. Su hermana y él van a cenar con nosotros esta noche.
– Qué bien.
– Sólo se trata de negocios, David.
– ¿Ah, sí?
– Sí, y ahora debo irme.
David le tomó una mano, y sus miradas se encontraron. Jennifer se dispuso a besarlo, saboreando el cálido y reconfortante contacto de sus labios. ¿Cuántas veces durante las últimas semanas había soñado con volver a sentirlo? Mientras David la besaba, sin embargo, Jennifer experimentó una extraña sensación de pérdida, como de algo que debería haber ocurrido y que no llegó a suceder. Pero era una locura juzgar los besos de David por los de Steven. Ningún hombre besaba igual que otro, y aquel era David, el hombre al que amaba. Se esforzó por recuperarse de su sorpresa.
– Adiós, cariño.
– Adiós. Que pases una agradable velada.
– ¿Sin ti? -preguntó ella con tono ligero-. ¿Cómo podría?
David sonrió antes de depositar un leve beso en el dorso de su mano.Y Jennifer se marchó mucho más animada.
Llegó a la mansión de Barney, situada en las afueras de Londres, con tiempo suficiente para bañarse y vestirse para cenar. El vestido que había escogido era de color verde oliva y discretamente sofisticado. Estaba radiante de felicidad, ya que no sólo había puesto fin a su distanciamiento de David, sino que había descubierto que la quería lo bastante como para ponerse celoso. Mientras se relajaba en el baño, echó un vistazo al periódico local, y lo que vio la dejó asombrada.
Cuando bajó vio a Trevor al pie de las escaleras, elegantemente vestido. Al ver el atuendo de su hermana, no pudo menos que felicitarla por su gusto.
– Me alegro de poder hablar a solas contigo por un momento -le dijo ella, tendiéndole el periódico-. ¿Has visto esto?
– Hombre multado por conducir en estado de embriaguez -leyó Trevor-. ¿Qué es lo que tiene de especial?
– Mira el nombre.
– ¡Fred Wesley! -exclamó asombrado-. El mismo nombre de nuestro padre. Probablemente sólo sea una coincidencia. Tiene que haber un montón de Fred Wesley en el mundo.
– ¿Y si no es una coincidencia?
– Jennifer, hace años que no sabemos nada de él. Ni siquiera sabemos si está vivo. Además, en cualquier caso, no quiero volver a verlo.
– ¿Estás seguro?
– Entonces eras demasiado pequeña para darte cuenta de lo que sucedía, pero no era ninguna maravilla de persona. Según Barney, se relacionó con mamá por interés, dejándola embarazada a propósito. Cuando se casaron, se puso a flirtear con otras mujeres gastándose el dinero que Barney le suministraba; yo solía oír las discusiones que tenía con mamá. ¿Sabes lo que se atrevió a decirme una vez? «Cuando seas mayor, hijo, nunca te olvides de que el mundo está lleno de mujeres». Yo tenía catorce años. Una semana después Barney dejó de darle dinero y le dijo que se buscara un trabajo. Así que se fue a vivir con su última aventura. Créeme, no tengo ninguna gana de volver a verlo.
– No, supongo que no -repuso Jennifer. A pesar de que entonces era muy pequeña, ella también había oído las discusiones. Sabía que era morboso pensar de esa manera, pero no pudo resistirse de preguntarle-: ¿Aprendiste alguna vez la lección de papá?
– ¿Sobre qué?
– Sobre que el mundo está lleno de mujeres.
– Tengo trabajo que hacer -pronunció Trevor con frialdad-. Por eso no tengo tiempo para el tipo de relaciones que nuestro padre consideraba normal.
– Sí, es como si hubieras reaccionado a su influencia convirtiéndote en un puritano -comentó maliciosa-. Papá probablemente se sentiría avergonzado de ti.
– Eso espero, porque yo lo estoy de él. Y también espero que no se retrasen nuestros invitados.
– Me pregunto cómo será la hermana del señor Leary…
– Una mujer entregada a sus negocios, según él. Y se llama Maud. Hay algo en ese nombre que me inspira confianza -se atrevió a añadir Trevor en un tono que le resultó extraño a su hermana.
Barney se presentó en aquel preciso momento, luciendo una apariencia magnífica. Alto y fuerte, tenía el cabello blanco y el rostro enjuto, de ojos brillantes y vivarachos. Segundos después sonó el timbre, y Jennifer abrió la puerta para encontrar a Steven en el umbral.
– Buenas tardes, señor Leary.
– Buenas tardes, señorita Norton -su tono era sorprendentemente normal, pero en sus ojos ardía un brillo de humor-. Le presento a mi hermana Maud.
Se hizo a un lado para dejarla pasar, y un profundo silencio reinó en el vestíbulo. De unos veinticinco años, Maud Leary poseía una belleza espectacular. Era casi tan alta como su hermano, un efecto que quedaba destacado por su peinado, con el cabello recogido en una trenza en lo alto de la cabeza. Lucía un vestido largo de estilo griego, ceñido bajo el busto. Trevor se quedó sin habla y, con los ojos brillantes, se adelantó para saludarla:
– ¿Cómo está usted? -le preguntó con voz ronca.
– Muy bien, ¿y usted?
Steven buscó la mirada cómplice de Jennifer y se sonrieron.
– Creo que esta velada va a ser muy especial -le comentó ella en un susurro.
– Y yo creo que ha sido un acierto haber traído a Maud.
– ¿Crees que se aburrirá con él?
– No, me temo que lo que puede ocurrir es que Maud se lo coma vivo. Es su hobby.
– No tienes que preocuparte por Trevor. Es imperturbable. ¿Cómo es que tu hermana tiene esa apariencia tan magnífica?
– Porque dedica su vida a ello. Es modelo.
– Tú le dijiste a Trevor que se dedicaba a los negocios.
– No; le dije que se dedicaba a hacer dinero. Gana una verdadera fortuna.
– Sabes perfectamente que le diste a entender otra cosa.
– No pude evitarlo -sonrió Steven-. Tu hermano tenía un tono tan pomposo que se me ocurrió gastarle esa pequeña broma. Siento haberte ofendido…
– Pues no lo sientas -rió Jennifer.
Pasaron todos al comedor. Barney había colocado a Steven a su izquierda, y a Jennifer a su derecha. Maud tomó asiento al lado de Trevor, y para sorpresa de Jennifer, ambos no tardaron en sumergirse en una animada conversación. Y cuando dejó de observarlos y se concentró en Steven, descubrió que lo mismo le había sucedido a él con Barney.
– Usted no lo sabe, pero ha sido mi mentor -le estaba diciendo Steven-. Cuando estaba estudiando en la universidad, tenía un profesor que había elegido su trayectoria como modelo a estudiar. Conocía cada negocio que usted había hecho, y los fue analizando todos.
Barney se echó a reír, halagado. Se estaba divirtiendo mucho, y Jennifer podía darse cuenta de que habían congeniado bien. La conversación fue adquiriendo entonces un carácter general, y Trevor, contra su costumbre, contó una divertida anécdota sobre los primeros días de Jennifer en la empresa.